Intemperie

Duelo al sol

Con aires de polvoriento western, Benito Zambrano adapta la novela de Jesús Carrasco en Intemperie, relato de personajes de pocas palabras y por tanto, de sugerencias.

El escenario de la España de 1946 -siete años después de la Guerra Civil- es apocalíptico, una tierra sin agua ni alimentos, castigada por un sol inclemente, un paisaje sin fin -fotografiado por Pau Esteve Birba– que es, en realidad, el verdadero enemigo de un puñado de personajes que luchan por sobrevivir. Hay enfrentamientos entre ellos, a pesar de haber sido despojados del escenario -ideológico- de sus viejas batallas.

El capataz es el villano de esta función, muy bien interpretado por Luis Callejo, que con tono contenido esconde una violencia tremenda, esa voluntad de oprimir a los otros que es la definición del fascismo con todas sus sombras inconfesables. Su víctima es el niño, fantástico Jaime López, que apunta a prodigio precoz dando vida a un personaje muy puro, que no puede ser otra cosa que la búsqueda de la libertad, el deseo de escapar de una situación sin salida.

Por último, el hombre sin nombre, el pastor, el ‘moro’, un siempre eficiente Luis Tosar como un héroe de antiguas batallas, metamorfoseado en ermitaño, el único capaz de realizar hazañas. Un Ulises que nunca pudo volver a Ítaca. Decía Sergio Leone que el primero en hacer westerns fue Homero. Estos seres perdidos le sirven a Zambrano para hablar del odio. Un rencor que permanece incluso cuando ya no queda nada por lo que luchar, cuando lo construido es ruina, la esperanza es hambre, la humanidad es barbarie y los ideales, polvo.

A pesar de las buenas intenciones, quizás le falta a Intemperie algo de brío en la travesía por el desierto de los personajes, algo de tragedia en sus enfrentamientos, y quizás, un poco más de inspiración para conmovernos con sus destinos demasiado anunciados.