Iggy Pop «Zombie Birdhouse» (Caroline 2019)

Reedición de uno de los discos olvidados de La Iguana

Free nos ha dado la sorpresa de mantener viva la discografía de Iggy Pop, con un tono oscuro y reflexivo que suena más a epitafio que su anterior y supuestamente último álbum, el excelente Post Pop Depression (2016). Sin embargo, tenemos que irnos haciendo a la idea de que en algún momento dejaremos de recibir nuevas grabaciones de La Iguana, con lo cual no podemos permitirnos el lujo de dejar arrinconados algunos de esos discos suyos que, por circunstancias del momento, pasaron a ser considerados tropezones o encantadores fracasos. Es el caso de Zombie Birdhouse (1982), un disco que está lejos de situarse entre lo más recordado o plausible de la carrera de Iggy, pero que con la perspectiva del tiempo, y con el plus icónico que ya se ha ganado de sobra nuestro protagonista, bien merece esta reedición.

Aquí nos remontamos a un Iggy Pop que no ha conseguido asentar su carrera en solitario después de los triunfos artísticos y comerciales que le proporcionó su alianza con Bowie en The Idiot y en Lust For Life (ambos de 1977).  El especialmente fallido Party (1981) era un indicativo de que el camino no estaba en el rock eufórico y accesible, así que tocaba un cambio de perspectiva. Es aquí donde entra Chris Stein, encumbrado como arquitecto sonoro de los candentes Blondie, quien de paso  suma a la aventura al también Blondie Clem Burke, uno de los grandes bateristas de la época. Juntos elaboraron para Iggy un sonido que tenía algo del New Wave y el post-punk tan en boga por entonces, aunque la producción extremadamente limpia y afilada pusiese unas riendas excesivas al tipo de fiera que Iggy quería lanzar con sus letras y sus entregadas interpretaciones (lo cual a veces le deja un poco fuera de contexto en algunos momentos del disco).

Como nuevo aliado creativo se alistó a Rob duPrey, quien se encargó de componer las músicas y de la gran mayoría de las guitarras y de los teclados. Aunque ciertamente duPrey no llega a la altura de Bowie, sí que aportó más de un riff a caballo entre lo siniestro y lo contundente en el que Iggy se encontraba muy a gusto, lo que nos deja con clásicos menores como Angry HillsThe VillagersEat Or Be Eaten (con sus memorables “yum yum yum”) o la terrorífica Bulldozer.

La recta final baja un poco ritmo al tirar por la ventana cualquier pretensión de coherencia y dejar que reine el Iggy más psicótico, que se limita a entretenernos con sus pensamientos en formato “spoken word” en Watching The News o directamente a desmelenarse sin control en Street Crazies. Afortunadamente, esta reedición nos deja con una nota más estimulante con la inclusión de una versión inédita de Pain And Suffering, con la mismísima Debbie Harry a los coros, una pieza que, aunque también tiene su cuota de desmadre, acaba siendo superior a muchos de los números incluidos en este extraño y sin embargo disfrutable trabajo.