Historia de un matrimonio

Tras enamorarse y formar una pareja, separarse, es una tontería. A cierta edad, todos sabemos que nada permanece. Son los hijos los que lo complican todo, porque ellos sí que son un vínculo permanente. Historia de un matrimonio debería llamarse, quizás, historia de una familia. Nos cuentan que se ha roto una pareja, sin duda, pero el verdadero conflicto está en dejar de formar parte de un vínculo bastante más fuerte que el amor. El que se queda fuera, el que no acuesta a sus hijos cada noche, el que, de un día para otro, retrocede 10 o 15 años para volver a tener ‘vida de soltero’, ese es el que acaba jodido. Cuando no vives bajo el mismo techo que tus hijos, siempre los echas de menos. 

Desde esa perspectiva creo que escribe y dirige Noah Baumbach, para contarnos cómo una pareja puede olvidar todo lo bueno que tiene el otro. Scarlett Johansson se revela como una actriz estupenda, quizás en su primer papel de madurez, en el que encarna a un ser humano, a una mujer que busca su identidad, que había estado anulada por la fuerza creativa de su pareja y que, en realidad, no sabe muy bien qué es lo que quiere. A Johansson nunca la habíamos visto como en ese plano secuencia en el que resume los inicios de su relación sentimental.

Que Adam Driver esté bien en un papel ya no debería sorprender a nadie, es un actor estupendo, original, algo peculiar, frágil, inseguro, torpe, siempre a un gesto de hacernos reír -la escena de la canción en el bar- pero aquí, consigue emocionar como pocas veces lo ha hecho en su carrera.

Baumbach sabe meternos en la vida de estas personas, hacerlos reales y con defectos, cercanos a pesar de sus vidas privilegiadas. Y nos dice que cualquier divorcio se va a la mierda en cuanto alguien llama a un abogado. Si esta historia comienza con una pareja recordando todo lo bueno que tiene el otro, los abogados de esta película -fantásticos Laura Dern y Ray Liotta, auténticos villanos de la función- aparecen para sacar todos los trapos sucios. Quizás por eso, el entrañable abogado que interpreta el veterano Alan Alda, tiene el despacho más cutre, porque Baumbach plantea que el dinero, lo económico, puede parecer un juego -como cuando echamos una partida al Monopoly- pero en realidad lo estropea todo, lo deshumaniza todo.

En las películas de Baumbach siempre hay algo del cine americano de los 70 –Kramer contra Kramer (1979)- de Woody Allen –Maridos y mujeres (1992)- mucho de la Nouvelle Vague –Domicilio conyugal (1970)- y aquí un poco de Bergman –Secretos de un matrimonio (1973), claro-, pero creo que en esta cinta hay más experiencia de vida y menos cinefilia.

Hay mucho dolor, bien compensado con los buenos momentos que aparecen incluso en las peores circunstancias. Baumbach no juzga, ni busca culpables, porque en la vida real, mucho más compleja de lo que nos gustaría, nadie tiene la razón. Es por eso que un juicio jamás podrá resolver una separación, porque nadie gana -en contra de lo que afirma la antipática abogada a la que da vida Dern-, y, de hecho, ganar ni siquiera es deseable. Lo único que se puede hacer es recoger los trozos de lo que se ha roto y seguir adelante de la mejor forma posible.