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Hasta siempre, Lou

Autor:  | Google+ | @curtillo

Desde ayer por la tarde no he parado de leer artículos sobre lo grande que era Lou Reed. Los medios se han volcado con un artista que nunca fue una estrella en el sentido comercial del término, y al que las nuevas generaciones ni siquiera conocían (decenas de tuiteros preguntaban ayer quién era ese tal Lou Reed y por qué era trending topic mundial). Pero el neoyorquino era uno de los grandes, y eso los medios lo sabían. No hemos parado de oír y leer frases como “el padrino del rock independiente” o “el poeta del rock”. Ambas expresiones son muy ciertas, pero él era mucho más que eso: era un icono de la música y de la contracultura –otro de los geniales artistas que pasó por la factoría de Warhol–. Lou Reed hacía lo que le daba la gana, sin importarle lo que pensaran los demás. Ejemplos hay mil, como su casi inaudible “Metal Machine Music”, o el más reciente “Lulu”, con Metallica.

Lou Reed fue un ejemplo y una gran influencia para todas las corrientes independientes que surgieron después de él, desde el punk hasta la new-wave, pasando por el noise o el indie-rock. Grupos como Sonic Youth, Talking Heads, Television o Galaxie 500 le deben casi todo. Por eso mismo, los medios se han preocupado en recuperar aquella frase de Brian Eno que resumía perfectamente lo que supuso el primer disco de la Velvet Underground: “el primer disco de la Velvet solo vendió 30.000 copias en sus primeros cinco años, pero todo el que adquirió una formó una banda de rock”. Y por eso, hoy estamos todos apesadumbrados por la muerte de este genio.

Por supuesto, Lou Reed no fue solo la Velvet. Es más, su carrera en solitario fue la que le dio a conocer al gran público. “Transfomer” es una auténtica obra maestra y tiene algunas de las mejores canciones de la historia (Sweet Jane, Walk On The Walk Side, Vicious y, por supuesto, Perfect Day). Fue en esa época cuando se convirtió en el cronista de su ciudad, una ciudad llena de drogadictos, de chaperos, de violencia. El Nueva York de los setenta no hubiera sido el mismo sin Lou Reed, que se encargó de retratar las miserias que veía, y padecía, día tras día. Quizá por eso, en los ochenta, cuando empezó su rehabilitación, también dio comienzo la etapa menos creativa de su carrera. Pero los grandes siempre renacen, y ahí estaba “New York” esperándole. Fue el disco que le devolvió al rock áspero y, una vez más, se anticipó a todo lo que vendría después.

En los últimos años no estuvo muy prolífico musicalmente. Prefirió dedicar sus fuerzas a otros proyectos como la poesía o la fotografía. Pero sí que hizo muchas giras, y por España pasó un buen número de veces. Un servidor tuvo la suerte de ver sus dos caras con apenas un mes de diferencia. Fue en 2004, año en el que actuó en Santiago de Compostela sustituyendo a su amigo David Bowie  y, unas semanas después, participó en el décimo aniversario del FIB. Por aquellos días corría el rumor de que Reed cobraba dos cachés, y dependiendo de lo que le pagaran, hacía un concierto u otro. Así, vimos su faceta más áspera y cruda en Santiago, y la de artista mítico en el FIB (un concierto que llegó a sacar en DVD).

Hace un año pude verle en persona en El Matadero de Madrid y, ciertamente, se notaba que estaba muy enfermo. Uno nunca está preparado para las malas noticias, incluso aunque sabíamos que hacía muy poco le habían hecho un trasplante de hígado (de los que más complicaciones tienen). Pero sus declaraciones diciendo que había sido un éxito nos dieron ánimos a todos sus seguidores. Lamentablemente, tan solo fue un espejismo, y un “Sunday Morning” nos quedamos sin una pieza fundamental del siglo XX.

Hasta siempre, Lou.

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