Hasta siempre, hijo mío

Tragedia de un país

Ambiciosa, inmensa, Hasta siempre, hijo mío es un drama familiar insertado en la historia reciente de China. El relato comienza en los años 80, con el matrimonio interpretado por Wang Jingchun y Yong Mei -ambos se llevaron premio en el Festival de Berlín- sufriendo la peor tragedia, la más difícil de sobrellevar: la muerte de su hijo. Este hecho bastaría para marcar a cualquiera, pero en la China de esos años estaba vigente la llama política de hijo único – ¡Hasta 2015! -, que penaba con multas o con la pérdida del empleo, el nacimiento de un segundo vástago.

Ese contexto histórico, político, geográfico define la vida de nuestros héroes que, muertos en vida, manifiestan en un momento del film que el tiempo se ha detenido para ellos y que ya solo les queda envejecer. Una afirmación que la propia película se encarga de desmentir, ya que el abultado metraje de más de 3 horas nos hace testigos del paso de tres décadas en la vida de la pareja, de su entorno y del país.

Otro matrimonio, encarnado por Li Hayan y Zhang XinJian, funciona como reflejo de la otra cara de la sociedad china. Son los que gozaron de una situación privilegiada durante el comunismo más cerrado -en lo que se suponía debía ser una sociedad igualitaria- y que se han adaptado bien a la apertura capitalista -y sospechamos, se aprovechan de la especulación inmobiliaria-. Una fortuna, sin embargo, empañada por la culpa y la mala conciencia hacia los que no han tenido tanta suerte.

Película sobre el paso del tiempo y por tanto una reflexión sobre la vida misma, Hasta siempre, hijo mío, puede ser un visionado exigente por su extenso metraje y por el rigor de la puesta en escena del director Wang Xiaoshuai, que desordena el relato cronológico -hay que estar atentos- para hacernos descubrir paulatinamente el alcance de la tragedia que sufren los protagonistas. Un esfuerzo recompensado por los emocionantes minutos finales de reencuentros y despedidas entre unos personajes que han envejecido milagrosamente ante nuestros ojos.