Especial lecturas navideñas (III): novelas

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Tercer capítulo de nuestro «Especial de lecturas navideñas», esta vez ocupándonos del formato literario por excelencia, la novela —más una pequeña excepción—. Diez libros para todo tipo de paladar, que a buen seguro podréis disfrutar estas fiestas. Como no queremos robaros más tiempo —aquí lo importante son las lecturas— os recordamos que nos queda otro artículo pendiente, así que nos vayáis muy lejos… En cualquier caso, ¡a leer! 

El blues del hombre muerto, Ray Celestin (Alianza, 2019)
Ficción policíaca basada en hechos reales y a ritmo de jazz. Eso es lo que propone el escritor y guionista de cine y televisión británico Ray Celestin en El blues del hombre muerto, un viaje al Chicago del verano de 1928, epítome de ciudad corrupta, segregada y contradictoria, dominada por Al Capone —aunque la banda de Bugs Moran promete encarnizada batalla— y Louis Armstrong. En esa tórrida e hipertensa «Ciudad del viento» acontecen tres sucesos tan luctuosos y comprometedores como ¿aparentemente inconexos?: un envenenamiento múltiple de la alta sociedad, la desaparición de la heredera de una acaudalada familia, y la aparición del cadáver mutilado de un gánster. Celestin cruza inteligentemente los casos, permitiéndose jugar con los diversos personajes encargados de resolver los distintos hechos —los detectives privados Ida Davis y Michael Talbot, el sicario Dante, y el fotógrafo forense Jacob Russo—, lo que dota de frescura y ritmo al libro, pese a su notable extensión. Pero, sobre todo, brilla en la reconstrucción, minuciosa sin perder la tensión y la intriga que el género demanda, de esa ciudad explosiva asolada de mafiosos y guerras de bandas, ley seca constantemente violada, heroína, prostitución, racismo y corrupción rampante. Una inmersión en la historia para dar con un material de primera y facturar una novela negra impecable, de entretenimiento asegurado. 

Frankenstein en Bagdad, Ahmed Saadawi (Libros del Asteroide, 2019)   
Aclamada y multipremiada como una de las mejores novelas árabes de la última década, Frankenstein en Bagdad lleva la fábula al territorio de la sátira mordaz, trasladando a la mítica criatura de Mary Shelley a Oriente Medio. Reemplazando el romanticismo gótico por un realismo descarnado rebosante de negrísimo humor, Ahmed Saadawi sitúa a su engendro en un Bagdad destrozado por la guerra, con Sadam Hussein decapitado, los estadounidenses «ayudando» a los «hermanos iraquíes» a gobernarse, facciones islámicas enfrentadas entre sí y miles y miles de muertos. En este contexto de miseria, desesperación, violencia, polvo y soledad tampoco hay espacio para un doctor Frankenstein, sino para un trapero, Hadi, que, tras la muerte de su mejor amigo a causa de la enésima bomba, decide juntar trozos de cadáveres —las calles de la capital iraquí no admiten eufemismos— para darle sepultura. Sin saber por qué, éste amorfo ser cobrará vida, pasando a ser conocido como el «Como-se-llame». Novela como mecanismo de expiación de las propias penas, Saadawi pone de manifiesto no sólo el caos provocado por la conflagración, sino también la ruptura, que venía de mucho antes, de la sociedad iraquí, marcada por las corruptelas y los conflictos perennes —y eso que la obra antecede a la guerra contra el ISIS—, y en donde incluso la magia es vengativa, igual que la supuesta justicia. Porque los monstruos no nacen, se hacen… 

La última juerga, José Ángel Mañas (Algaida, 2019)
Publicada en 1994, Historias del Kronen fue un fenómeno más allá de lo literario —gracias a la película de Montxo Armendáriz y las canciones de Australian Blonde—. La movida después de la movida. Era casi una lectura obligatoria, que tenía el valor de enganchar poderosamente al lector a la vez que retrataba con ferocidad a una juventud odiosa, pija y —diría que premeditadamente— estúpidamente vacía. Pues ahora José Ángel Mañas regresa a la obra que le hizo célebre, rescatando a dos de sus personajes, Carlos y Pedro, ya casi cincuentones, en una suerte de road movie desesperada —el primero, aún un Peter Pan insufrible, está médicamente sentenciado, el segundo, su antagonista, es un hipócrita conservador—, directa a la colisión definitiva, la fiesta final. A través de estos dos indeseables personajes y su kamikaze aventura, Mañas nos está hablando de la des y repolitización, del hedonismo y las adicciones —sustituidas, quizás, por otras más respetables, en principio—, de caracteres que han quedado fuera de juego, cuasi anacrónicos —o puede que votantes de Vox actualmente—… En definitiva, de tiempos pasados que nunca vuelven. Su gran virtud es diseccionar ese mundo pretérito, exánime, a través de una novela que es todo frescura, irreverencia y dinamismo narrativo. El Kronen en el siglo XXI.

La última vez que fue ayer, Agustín Márquez (Candaya, 2019)
Y de una secuela de una popularísima novela generacional a otra que, sin embargo, supone el debut de alguien con manifiesto buen gusto y cariño por los libros —es uno de los editores de La Navaja Suiza, no digo más— que se revela como un más que prometedor autor. Escueta y al pie, La última vez que fue ayer es una crónica particular con vocación universal de la vida de barrio, esa que Airbnb se empeña en demoler y que, pese a la era de la homogeneización digital hipercapitalista en la que vivimos, resiste —a duras penas—, en las periferias de las grandes ciudades. Márquez tiene que lidiar no pocas batallas en varias trincheras, siendo la sombra de la nostalgia y lo manido del territorio bildungsroman teñido de costumbrismo las más notables. Sin embargo, el madrileño aguanta el envite gracias a una saludable inquietud estilística dentro de la obra —más fragmentaria y bulliciosa de lo que el uso de la primera persona podía sugerir—, junto a una férrea voluntad de convertir a su narrador en observador, no en juez y parte, de las transformaciones —también la suya— que el lugar y sus convecinos afrontan. Aquí hay dureza, así como también una causticidad soterrada, muy lejos del embellecimiento orgulloso de la verdadera «patria chica» y el pasado. Reconocible… hasta la punzada.   

La brigada de luz, Kameron Hurley (Alianza Editorial, 2019)
Como dijo Thomas Mann, todo es política. Incluso si, como en la sugerente trama de La brigada de luz, ésta se desarrolla en el plano de la ciencia ficción. En un futuro lejano, las guerras se libran fuera de la Tierra y es necesario transportar a los soldados en «haces de luz» —si os preocupa el cómo, pensad que el cuerpo humano está formado por átomos…— y enviarlos a los rojizos valles de Marte para luchar contra un enemigo abominable que pone en riesgo la supervivencia humana. Pero ¿qué nos ha llevado a la aniquilación total? Es en esta cuestión donde la multipremiada escritora Kameron Hurley basa el peso de su novela. Porque su ficción distópica quizás no lo sea tanto viendo el panorama actual, y su mundo gobernado por seis corporaciones privadas, asfixiantemente opresor, con clases sociales tan estratificadas que la base de la pirámide, los «despojos», no tienen derecho a nada hasta que eligen luchar —lo que les otorga la ciudadanía— tristemente no suena tan descabellado. Es un relato claramente político —los hallazgos de la soldado Dietz, protagonista de la historia, hablan por sí mismos— y altamente reivindicativo, aproximando un remoto mañana devastador hasta nuestros días. Adictiva y urgente, esperemos que los presagios de la afilada pluma de Hurley no acaben por realizarse…   

La sala Marte, Rachel Kushner (Alfaguara, 2019)
Si el futuro resulta poco alentador, el presente no le anda a la zaga, al menos para la privilegiada pluma de Rachel Kushner. Porque hay personas que parecen condenadas al fracaso ya desde sus más tiernos inicios, a quienes todo lo que les sucede, rodea y vapulea rema en esa dirección. Es el caso de nuestra protagonista Romy, condenada a dos cadenas perpetuas en la prisión de Stanville. A través de una historia repleta de saltos temporales y múltiples puntos de vista —exparejas, compañeras de celda, trabajadores del presidio…— la de Eugene nos sumerge en el retorcido entramado penal estadounidense, plasmando con todo lujo de detalles y un punto de vista femenino, la violencia explícita, latente y estructural, del sistema penitenciario. Y es que Kushner no deja títere con cabeza —nadie es del todo inocente dentro o fuera de los barrotes, tampoco Romy—. De hecho, uno diría que sus personajes se asemejan a marionetas de un engranaje que engulle, deshumaniza, destruye y escupe —ni hablamos de rehabilitación— todo lo que toca. Literatura apabullante con un claro trasfondo sociológico, rayano en lo microscópico —ningún detalle pasa desapercibido para la lupa de KushnerLa Sala Marte describe el kafkianamente estandarizado día a día de unos personajes ficcionales escalofríantemente reales. Y vosotros, ¿cuánto podríais pagar por un abogado?  

El embalse 13, Jon McGregor (Libros del Asteroide, 2019)
Salto de continente, pero sin abandonar la temática criminal, con El embalse 13, la crónica de la desaparición de una adolescente en un pequeño pueblo de la campiña inglesa, narrada de una forma poderosamente distinta, situando el foco en los vecinos y el inexorable paso del tiempo tras el lamentable suceso. Y es que Jon McGregor describe el esperable, pertinente proceso: la búsqueda, la investigación, las pistas, los posibles sospechosos, la alteración de las vidas de los habitantes del lugar… Pero eso dura tan solo unas semanas, unos meses, un capítulo, a lo sumo. Y la vida, a la fuerza, sigue. Entonces, casi como si hubiese otra novela agazapada en el interior del libro, va tejiéndose una historia de sombras y acertijos, contada por múltiples voces bajo el omnipresente y metódicamente cambiante paisaje. La tragedia de Rebecca, Becky, Bex —hasta los nombres se desdibujan— se difumina, aunque continúa ahí, ligada a las vidas de los vecinos que se cruzan y entrecruzan a lo largo de trece navidades —otros tantos capítulos, uno por año—, apareciendo detalles significativos, no revelados en su momento, y nuevos indicios entre la aparentemente nimia observación de la cotidianidad rural. Una pieza más, acaso la más relevante y compleja de encajar, de ese puzle irresoluble que es la memoria colectiva, en una audaz obra, a dos velocidades, que explora los límites de la novela realista. 

El ingenuo salvaje, David Storey (Impedimenta, 2019)
Pero si hablamos de realismo británico no hay mejor opción —ni editorial— que este clásico literario y cinematográfico de los 60 sobre rugby en plena posguerra. Espera, ¿una novela de rugby? Sí y no. Sí, porque aún se la reverencia como una de las grandes obras literarias deportivas, y las escenas relativas a los partidos son electrizantes incluso para los neófitos —se nota que Storey fue profesional—. Y no, porque El ingenuo salvaje utiliza el imprevisible balón ovalado para hablarnos de cosas más trascendentes: fama, amor y lucha de clases. La historia de Arthur Machin podría resultar edificante. Un joven obrero, de origen humilde —igual que el autor—, que aprovecha sus aptitudes y su oportunidad para abrirse paso hasta el primer equipo de una de las mejores escuadras de la región de Yorkshire. Pero Storey la emponzoña con una mirada furibunda al malestar producido por el eterno conflicto entre quiénes somos y quiénes anhelamos ser. La fábrica versus los flirteos con la élite del lugar —dueños del club y el puesto de trabajo—. Las perversas dinámicas de poder —contactos, favores, posicionamientos—. La fama y el nuevo nivel de vida frente a los cotilleos y la imagen proyectada de simio de pocas luces. Y, por encima de todo, la imposibilidad de obtener lo que el balón y el dinero no garantizan. El amor de la señora Hammond, que convierte a Machin en una especie de Gatsby pueblerino e iracundo, enfrascado en un kitchen-sink drama en la que el barro no lo produce la refriega en el campo, sino las propias incapacidades. Triunfo absoluto.

El hueco de las estrellas, Joe Wilkins (Errata Naturae, 2019)
De vuelta a Estados Unidos, concretamente a las desafiantes Bull Mountains de Montana, con una cruda historia de la América rural —de esas que tanto defiende uno en esta sección—, sobre personajes marcados por su pasado y destinados a encontrarse. En ese terreno tan plagado de leyendas como de miseria malvive Wendell Newman, ranchero veinteañero sin rancho y endeudado hasta las cejas, cuya frágil existencia se ve aún más amenazada al verse obligado a cuidar de un niño mudo, hijo de una prima lejana encerrada en la cárcel. A este dúo, ya de por sí en apuros, se le suma el papel de una joven profesora que hace lo imposible para que sus alumnos de la escuela pública tengan un futuro. Historia que muestra de primera mano —Joe Wilkins es oriundo de la zona— la dureza del medio agrícola, la dificultad de huir de esa marginalidad y alcanzar el «sueño americano» cuando no tienes las mismas oportunidades y, además, heredas la pobreza, lo que provoca más sufrimiento, junto a una sensación de desamparo y fatalidad a la que se abonan los extremismos. La lucha contra el destino preestablecido y las contradicciones propias, en un relato plenamente vigente, que pone de manifiesto la rabia y desesperación de la «América vacía».  

Sobre el fuego, Larry Brown (Dirty Works, 2019)
Vale, ya sé que, si nos ponemos quisquillosos, Sobre el fuego no es una novela. Pero si se trata de Larry Brown, me da totalmente igual. Cualquier excusa es buena para hablar de sus libros. Además, estas técnicamente memorias —su primera obra de no ficción— de sus dieciséis años como bombero en Oxford, Mississippi, poseen el mismo estilo ágil, franco, rotundo, que hace que sus relatos y novelas sean tan poderosos e intensos. Pura literatura sin adulterar, de lo que en definitiva trata esta tercera parte del «Especial». Así, la crónica de sus años de servicio —lo dejó en 1990 para escribir a tiempo completo—, fragmentada en breves capítulos sin enumerar, posee ese registro tan característico, certero, sin almibaramientos, alejándose de la heroicidad con la que suele retratarse al Cuerpo. Eso no quiere decir que no haya colosales incendios o terribles accidentes que exigen portentosas demostraciones de coraje. Sino que la pluma de Brown sabe distanciarse de edulcoramientos e hipérboles, humanizando a tipos de carne y hueso que trabajan enfrentándose a la muerte, pero que también se aburren mortalmente a la espera del próximo subidón de adrenalina y nunca olvidan el dolor o el miedo. Además, el norteamericano abre la puerta a un tono menos tremebundo que en sus obras de ficción, intercalando deliciosos pasajes domésticos y familiares —también problemas, broncas, incluso separaciones conyugales, memorable episodio—, con abundancia de animales, bares, y una cotidianidad que nos muestra a una persona satisfecha con su vida. Y a un escritor formidable.