El viento, Dorothy Scarborough (Errata Naturae, 2019)

Elviento_indienauta

¿Listos para otro viaje literario? Errata Naturae nos propone viajar al «Estado de la Estrella Solitaria» —nunca más apropiado el calificativo— con El viento de Dorothy Scarborough. Un clásico a descubrir de la —mal— llamada «literatura regional» norteamericana, con trazos de novela gótica y de terror psicológico específicamente femenino, embebida en los mitos fundacionales y el folklore americano… 

Nacida en Mount Carmel, Texas, en 1878, Dorothy Scarborough estudió en las universidades de Chicago y Oxford, para luego trasladarse a Nueva York, donde ejerció de profesora de literatura en la Universidad de Columbia a partir de 1916, dirigiendo además varios prestigiosos talleres de escritura creativa, en los que contó con estudiantes tan ilustres como —nada menos— Carson McCullers. Su novela más celebrada, El viento, fue publicada originalmente de forma anónima en 1925, con notable éxito y polémica, —parece que a los actores económicos de la zona no les sentó demasiado bien el durísimo retrato de las condiciones de vida al Oeste de Texas— siendo adaptada al cine en 1928 por Victor Sjöström, con Lillian Gish en el papel protagonista. Scarborough falleció en Nueva York en 1935.

Situada alrededor de 1880, El viento nos habla de la joven Letty, oriunda de Virginia, a la que las circunstancias vitales —el fallecimiento de su madre, la quiebra familiar— la llevan a instalarse junto a su primo Bev y familia en su rancho próximo a Sweetwater, un pequeño pueblo más que remoto en el oeste de Texas —en el que la propia Scarborough vivió durante su infancia—. Y muy pronto el lector entiende que está frente a una novela que revisa la historia de la entonces frontera del Viejo Oeste, los pioneros y cowboys, puro mito americano, para desprenderle de un plumazo el heroísmo y situarnos, en cambio, frente a un relato sobre la llamada «locura de la planicie» cercano al terror psicológico, y en el que además se vislumbra una tenue vindicación del rol de la mujer en ese territorio extremadamente hostil.

El viento se torna entonces en una obra de extraña aspereza, algo así como si Pioneros o Mi Antonia de la gran Willa Cather virasen decididamente hacia el suspense. O como si la cineasta Kelly Reichardt hubiera filmado la segunda parte de su interesantísima Meek’s Cutoff —los personajes de la novela serían la siguiente generación a la representada en el filme— poniendo el acento en la psique de su protagonista. Y eso que, de buenas a primeras, El viento no promete demasiada carga de profundidad, con Scarborough armando la obra en base a los contrastes entre la fértil Virginia donde Letty llevaba una vida jovial e inocente, y la árida, pavorosamente aislada existencia en una Texas asolada por la pobreza, la perenne sequía… y el omnipresente, enloquecedor viento.

Y es que, si bien la escritura de Scarborough es prístina y directa —aquí favorecida por la traducción de Sara Álvarez Pérez—, permitiendo al lector entrar inmediatamente en la historia, también resulta algo ramplona y reiterativa, en una primera parte de El viento que, sobre todo, busca incidir en el mencionado contraste entre el pasado recién abandonado por Letty y su triste realidad tejana, subrayando las penosas condiciones de ese Sweetwater cuyo nombre parece un mal chiste. Sin embargo, mientras la trama avanza, igualmente va permeándose un ambiente malsano, insidioso, de lo más logrado. El agua no llega, los famélicos animales perecen, los ganaderos malviven y saben que no hay futuro… ¿y la mujer tiene que vivir esa dramática situación en soledad, de brazos cruzados, viendo reducido su papel al de leal y abnegada esposa al cuidado de la casa? El infierno está en Texas y lo regenta el ululante dios Eolo… 

Es en el ecuador de la novela, entre los cruciales capítulos séptimo y octavo, en la que la tensión hasta ese momento latente —mención especial a la relación entre Cora, esposa de Bev y Letty— estalla, transformando a El viento en una espiral hacia el desastre en la que confluyen el fantasma de la depresión y la demencia, junto al pavor patológico a la soledad, la naturaleza implacable, terrorífica, y la doble vida —desesperado recuerdo versus cruda realidad— de una joven que parece abocada a la sumisión: al medio, a la falta de recursos, al hombre. Asfixia, en definitiva. Pura y tristemente identificable aún hoy en día asfixia. Como si el encierro de El papel pintado amarillo de Charlotte Perkins Gilman en vez de en una tenebrosa habitación, tuviese lugar en el más vasto espacio abierto imaginable: las inmensas, interminables, desoladoras llanuras.  

Es ahí, en el tránsito hacia una novela de terror pseudo-gótica, en la que Dorothy Scarborough logra engancharnos irremisiblemente al relato, más ágil y ominosamente certero, incluso apuntando una cierta lectura protofeminista, —muy amarga, claro—, ciertamente avanzada a su tiempo. La angustia, la obsesión y el miedo se acrecentan y aceleran, propulsados por las inclemencias del tiempo y las brutales circunstancias, conduciéndonos a un desenlace turbiamente soberbio. El viento nunca desiste…