El nacimiento del ruido, Ian S. Port (Neo Person, 2020)

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Hemos leído y visto esta historia miles de veces. Woodstock. Jimmy Hendrix. Los Beatles y los Rolling Stones. Elvis. El blues… Los orígenes y la explosión del rock. Pero nunca nos la habían contado desde el punto de vista de su instrumento más icónico —absurdamente agraviado hoy por «hipsterlandia»—, la guitarra eléctrica, y sus dos creadores más relevantes, Leo Fender y Les Paul. Ese es el original enfoque de El nacimiento del ruido del escritor y crítico musical californiano Ian S. Port —ex editor de música del San Francisco Weekly y colaborador de Rolling Stone o Village Voice, entre otros—, publicado por la ya imprescindible Neo Person

Parecería difícil que las vihuelas eléctricas pudieran dar para tanto, pero Port logra descubrirnos un relato de lo más singular y fascinante. Y es que en El nacimiento del ruido tenemos comprimidos treinta años de los Estados Unidos, de la Segunda Guerra Mundial hasta la resaca post-Woodstock. Economía, cambios culturales, transformaciones tecnológicas y su relación indisociable con la música. Y, por supuesto, el trayecto de sus dos pioneros, Leo Fender (California, 1909-1991) y Les Paul (Wisconsin, 1915- Nueva York, 2009). El inventor bicho raro e introspectivo versus el ególatra manitas. El luthier ajeno a los escenarios contra el músico virtuoso acostumbrado a los focos.   

Hay un momento en el que El nacimiento del ruido parece una versión guitarrera de El truco final de Christopher Nolan. Aunque, en realidad Fender y Paul intercambiaron conocimientos en los titubeantes inicios, a comienzos de los 40, la competición, aún desde la distancia y con idiosincrasias extremadamente diferentes, fue feroz. Ian S. Port no esconde las «zonas grises», la sombra de posibles plagios o apropiaciones —mucho antes del moderno espionaje industrial— planeando con frecuencia. Así, Les Paul, más que un gran inventor —su papel en el uso de la grabación multipista, Bing Crosby mediante, no es baladí— fue un extraordinario relaciones públicas una vez conoció la fama junto a su esposa Mary Ford —bravo por Port reivindicando su figura—, el mejor vendedor de la marca Gibson. O que Leo Fender tendría mucho que agradecerle al countryman Merle Travis y al artesano creador del vibrato Paul Bigsby

Sin embargo, hacer justicia no significa minusvalorar a sus protagonistas principales, capitales para entender del rock. Del primigenio «Tronco» de Les —un tosco madero de pino con mástil, cuerdas y una pastilla— a sus primeras guitarras eléctricas de cuerpo sólido, encargadas de sustituir a esos instrumentos, huecos y más que problemáticos —flojo sonido, feedback, incomodidades— herederos de las acústicas, hasta la creación de las por siempre legendarias Les Paul Gibson, Fender Telecaster y Fender Stratocaster, sin olvidar el revolucionario Fender Precision Bass o los amplificadores Fender, quizás las creaciones más genuinas de Leo, ellos fueron los otros genios del rock. 

Les Paul y Leo Fender con sus respectivas guitarras.

La prosa de Port es viva —y la traducción de Ainhoa Segura Alcalde así lo refleja—, y pese a que puede encallar en algún momento demasiado centrado en la producción, las idas y venidas de la empresa Fender o los detalles técnicos —los cuales, por otra parte, encantarán a los más versados— alrededor de las creaciones de los insignes lauderos protagonistas, El nacimiento del ruido avanza diligentemente. En mi opinión, ello es gracias a la sabia contextualización del trabajo de los inventores musicales en el advenimiento del rock y el pop, introduciendo a las megaestrellas de la música, haciendo avanzar el relato y posicionándose en la rivalidad Fender-Les Paul con sus preferencias.  

En ese sentido, El nacimiento del ruido es un verdadero festín. Port nos desgrana el fin de las Big bands —atención al componente económico, harto revelador— y la necesidad de los nuevos, más reducidos y agresivos combos de hacerse oír mediante amplificadores e instrumentos más potentes. Nos revela cómo la música popular realiza un «giro copernicano» con Muddy Waters, Buddy Holly y, adecuadamente blanqueado, Elvis. Con ellos, el rock pasará a ser un movimiento de masas y, sobre todo, el de la juventud. Estética y diseño se convierten en factores, con adjetivos sensoriales como respetabilidad, ostentación frente a modernidad en el debate, pero también cuestiones como la portabilidad y el precio —Les Paul era más pesada y cara que su rival— hablan de un «cambio de guardia» en la música.   

Pero la historia no se detiene. Los Beatles —tremenda la contienda «entre bastidores» de las marcas para hacerse con sus servicios—, Beach Boys y los Stones cristalizarán el pop, la inmediatez, la comezón de la adolescencia —y el negocio, claro—… Pero también la reivindicación de un cierto purismo y virtuosismo guitarrero —los albores del rock duro—, con Eric Clapton como su Dios, lo que parecía desequilibrar la balanza hacia las Gibson, hasta que llegó la pirotecnia de la Fender de Hendrix. Por distintas razones, empresariales y personales, Leo Fender y Les Paul se apartaron de la disputa —aunque el segundo viviría un inesperado resurgimiento tardío—. Pero incluso la ironía final, que ambos denostaban la rudeza sónica hacia donde se estaba dirigiendo la música y los convirtió en millonarios, resulta fascinante. En definitiva, los elementos de interés de El nacimiento del ruido son legión.  

Completo sin dejar de resultar llevadero —apenas la excepción de los mencionados pasajes más para entendidos de las seis, ocho, doce o demás cuerdas, plus adicional si eres un fetichista del instrumento en cambio—, es imposible que haya un lector que no encuentre su motivación con este libro. Benditas sean las guitarras eléctricas, la música que se hace con ellas, y los tipos que las idearon y fabricaron.