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The Shifting Sands, Cosmic Radio Station (Fishrider Records, 2015)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

The Shifting Sands

A tenor de lo que pasó el domingo — y de que las forzosas negociaciones pueden suponer cuatro años más de plasma con la inestimable ayuda de su anaranjada versión 2.0., o el regreso al poder del partido de los EREs, no quiero ni pensarlo—, algunos volveremos a pensar en el exilio forzoso. Bien lejos. Yo tengo muy claro que mi primera elección sería Dunedin, Nueva Zelanda, la actual capital del indiepop. Y con discos como el que os traigo hoy, cortesía de nuestros amigos de Fishrider Records, aún más. Se trata de Cosmic Radio Station, segundo disco de The Shifting Sands, convertidos ya en una banda con todas las de la ley e innegable “pedigrí”. Si me permitís el pequeño inciso, resumo rápidamente. La banda nació en 2010, en realidad como el proyecto en solitario de Mike McLeod, ex frontman de Alpha State, cuyas primeras canciones se convirtieron en su álbum de debut dos años después, Feel, gracias a la colaboración —atentos al aparato— del gran David KilgourThe Clean—, Robbie YeatsThe Verlaines—o Robert ScottThe Clean y The Bats—. Pero además de los nombres ilustres, en esas primeras grabaciones McLeod también encontraría a los otros dos miembros de su banda, Tom Bell —bajista del propio Kilgour— y Jake Langley en la batería. Una especie de relevo generacional, en el que algunos de los mitos de Flying Nun pasan el testigo a nuevos y audaces artistas, con magistrales resultados. ¡Encendamos ya la radio cósmica!

La mejor psicodelia pop, en estado puro —sólo echad un vistazo a la portada— y bañada al sol, es lo que nos vamos a encontrar en este trabajo, que se abre con una de sus joyas más perfectas, la inmensa Waiting for the Sun y su coloreada combinación de guitarras envueltas en reverb, voces aullando desde la distancia, el simpático punteo del teclado antes del envite final. El océano jugando con la playa. Roger McQuinn sonriendo al nuevo milenio en el rompeolas…

Más reposados son los dos temas siguientes. En primer lugar, la preciosa y casi barroca All the Stars, incluida en el recopilatorio de la nueva escena de Dunedin Temporary —del que dimos buena cuenta en Indienauta—, y que gracias a su suntuosa quietud, su delicadeza y el violín de Alex Vaastra es sin duda una de las piezas más arrebatadoras de Cosmic Radio Station. Y en segundo, We All Fall Down, lánguida y crepuscular, de apesadumbrados aires folkies. Todo viaje psicodélico que se precie tiene sus bajones…

…Y entonces llega la tormenta. Making It Through, enrabietada y ahogando a las guitarras que lanzan espirales de ruido blanco mientras McLeod invoca vocalmente a J.Mascis, en lo que parece un lamento frente al Pacífico restallando sin resuello contra las rocas, engullendo todo a su paso, como un agujero negro. Acongojante minuto final

Pero hasta la peor tormenta pasa y cede su lugar a la calma, que en Cosmic Radio Station adquiere la forma de un instrumental titulado Whareakeake, evocador momento pastoral, de nuevo con el violín de Vaatstra añadiendo deliciosas florituras sónicas al breve respiro con el que cerramos la primera parte del disco.

De nuevo echando mano del feedback, abrimos la Cara B con Should Be Better, otra composición corta —deja con ganas de más— que sirve de preludio para la tremenda Dreaming to Keep Awake, donde el shoegaze asoma, con McLeod agudizando su voz hasta transmutarse en una joven y más melódica encarnación del Neil Young más eléctrico y épico.

En cambio, más liviana y abiertamente pop es Coming Back, donde la guitarra de David Kilgour atraviesa el muro de ruido blanco y McLeod permite a su voz ganar claridad. Vuelve a salir el sol y, aunque Abstract Objects pueda sonar como una hermana menos amarga que Dreaming to Keep Awake, tras la aparente crudeza guitarrera y su apoteósico cierre en tromba ya no encontramos la desesperada melancolía anterior, sino la desnuda fuerza de los elementos —repito, ese glorioso minuto y medio final—. Tras semejante colisión telúrico-oceánica llega el último remanso de paz en forma de otro instrumental, Rapid Silence, donde de nuevo se le cede el protagonismo a Kilgour, cuyos acordes suenan flotantes y, sin embargo, cálidos, alejándose hacia rincones ignotos en tranquila armonía.

Lo dicho, si resulta que la hemos vuelto a fastidiar en las urnas —van unas cuantas elecciones ya, a ver si aprendemos de una vez—, siempre nos quedará la posibilidad de retirarnos a nuestras queridas antípodas. O, al menos, siempre nos podremos refugiar en su extraordinaria música. La de The Shifting Sands será una excelente opción para empezar.

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