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The School, “Wasting Away and Wondering” (Elefant 2015)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

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Se abre el telón. Escena. Local musical (también conocido como recinto de conciertos para minorías). Barcelona, últimos coletazos del verano. Un redactor de corazón poppie y su jefe. La conversación va así:

Jefe ultra-majo (JUM): —Oye,¿te encargas tú de la crítica del nuevo de The School?”— suelta de improviso mientras apura su colorida bebida.
Humilde redactor (HR): —¡Claro!— tras una sonrisa inicial de oreja a oreja, cambio a una expresión solemne y grave. —Pero ya sabes que con ellos no puedo ser imparcial. Me va a salir una crítica no apta para diabéticos de la cantidad de azúcar que va a tener. Por t!!anto, no sé si soy la persona ind…—
JUM: Estupendo, estupendo—cortando el soliloquio del HR sobre la imparcialidad del periodista. —Pues te encargas tú. Voy a pedir otra—.
HR: ¿Puedo decir que es una maravilla doce veces? ¿Y ya? —insiste con ironía HR, buscando la reacción de su JUM.
JUM: Estupendo, estupendo —apostilla, ya exclusivamente centrado en su opípara copa—.
HR: ¿? —gesto universalmente reconocido con los brazos tipo ¿qué más puedo hacer?.
Fin de la escena. Se cierra el telón.

En fin, todos tenemos debilidades ¿no? Afortunadamente, el tercer álbum la banda galesa no necesita a nadie que lo defienda. Wasting away and wondering está a la altura de su inmaculado debut Loveless unbeliever. Una colección de temas brillantes e inmediatos que beben del indiepop añejo, el pop sixties de los grupos femeninos spectorianos y una cada vez mayor presencia del soul, que les sienta como un guante.

Abre el disco la jovial, sencilla pero muy cuidada Every day, con Liz Hunt reclamando toda tu atención —vale, lo tiene fácil con esa voz—y una pizpireta melodía donde el violín y el teclado se cuelan con sutileza y en la que el parón-acometida de la percusión a mitad del tema nos saca la primera sonrisa de las muchas por llegar. En God Help the Girl no había tantas canciones a esta altura…

El teclado al estilo órgano de iglesia parece anunciar otra cosa, pero Love is anywhere you find it es el primer arreón soul, radiante y glorioso, que vamos a encontrarnos en el disco. Percusión y guitarras trotonas, Liz derritiendo corazones y un saxo para dar la estocada final. ¿Para qué más?

El primer estribillo inolvidable nos aguarda en All I want from you is everything, melancólica pero sin necesidad de llegar a la balada gracias a las palmas y la percusión. El último minuto es memorable. Tampoco le anda a la zaga Til you belong to me, puro sonido Motown, contagiosa de principio a fin, con su sección de viento a toda mecha. Un tercio del álbum y ya nos hemos enamorado. Otra vez.

¿Gales? ¿De verdad esto no fue compuesto en la fría Detroit? El espíritu de Las Supremes o, incluso más claramente, The Shirelles y el Will you still love me tomorrow es invocado y recreado en Don’t worry baby (I don’t love you any more). Vals pop orquestado y almibarado —esos coros finales— para arrullar a Liz en su venenosa letra, en las antípodas del estereotipo de mujer sumisa o frágil. Faltaría más.

Tras el interludio de My heart’s beating overtime, apenas cuarenta segundos de pieza acústica con voces chico-chica, llega el tema titular del álbum, Wasting away and wondering, donde las trompetas y el ritmo desenfadado ponen el contrapunto a una letra bastante amarga, que se oculta, agazapada, en otro estribillo que vale un potosí. Pero el siguiente pelotazo del álbum viene en forma de lo que los anglosajones llaman un stomper —algo no del todo traducible pero que implica gastar suela en la pista de baile—. Do I love you? es todo ritmo, northern soul en estado puro. Saxo, percusión, coros, teclados remando en la misma dirección: hacerte sudar. Maravilla.

Desaceleramos por un instante con He’s gonna break your heart one day, brumas pop de regusto francés y color sepia, con teclados punzantes y sensación de suntuosa gravedad que refrena su estallido. Sin embargo, el tono sombrío se desvanece rápidamente con Put your hand in mine, donde tanto la voz de Liz Hunt y la, ahora sí, omnipresente sección de cuerdas alcanzan extremos de dulzura a todas luces excesivos para cualquier ser humano con sangre en las venas.

Pero “no se vayan todavía, que aún hay más”. Mucho más. Y es que The School se ha guardado dos joyas más para el final. Primero, la preciosa I will see you soon, otro ritmo alegre para uno de los temas más claramente indiepop del disco, con una melodía colosal y que camufla una letra agridulce —eufemismo, es dolorosa, triste, como todos los lunes de un año juntos—. Y para cerrar, My arms, the feel like nothing. De nuevo, al galope y en compañía de una armada pop —ocho galeses, nada menos— que ataca una canción que es todo estribillo, cantada a coro y en tromba. Me pongo de pie, ¡que canción!

El pop, el buen, necesario, indispensable pop, es una melodía, normalmente condensada en un estribillo inmortal, que se convierte en un soniquete feliz para tu cerebro —cuando el pop es horrible lo usan los ejércitos para torturar a los prisioneros de guerra, no es coña—. Lo notarás porque se te olvidan todas las preocupaciones que asolan tu pobre cabeza. Te pesará menos. La gente pensará que pones cara de bobo. Pero te va a dar completamente igual. Y seguirás sonriendo. En Wasting away and wondering tienes doce ejemplos absolutamente formidables. Escucha a The School y luego me cuentas…

 

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