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The New Raemon, Oh, Rompehielos (BCore, 2015)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

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Parece que ha pasado mucho tiempo, pero sólo hace seis años que Ramón Rodríguez emprendió la aventura de The New Raemon, un alter ego bajo, al menos para quien escribe, se han escrito algunas de las páginas más brillantes del indie nacional en los últimos años –Garfunkels u otras dimensiones no pueden olvidarse fácilmente–. De hecho, el mérito de Rodríguez estriba en haber sido capaz de crear un “universo New Raemon” en el que uno se ha reconocido muchas –¿demasiadas?– veces sin haber tenido que inventar la pólvora: ¿cuántos de nosotros sabemos que significa esa maldita cafetera?, ¿a cuántos se nos ha atragantado el arroz?, ¿cuántas veces hemos dado valor a lo superfluo?, ¿cuántos hemos encontrado sólo sucedáneos? En definitiva ¿cuántas veces una canción de este barbudo parece que te hablaba a tí? Por eso, que el hiperactivo músico –proyectos paralelos, cómics, libros, radio…– regrese ahora a su formato más confesional con su quinto disco, Oh, Rompehielos, que también supone el retorno a BCore, es un pequeño acontecimiento para todo aquél que piense que la música tiene que tocarte, sacudirte, removerte algo ahí dentro.

El propio músico de Cabrils ha definido Oh, Rompehielos como un disco que resume su discografía Raemoniana hasta la fecha, sus dos etapas, la más “cantautora”, aunque prefiero calificarla como más sencilla, seguida de la eléctrica y oscura, más compleja. Pero eso no significa que no haya novedades o evolución, o que no predomine una sensación de recogimiento, sin llegar a los extremos glaciales del título del álbum, y reflexión a lo largo del trabajo. Lo desgranamos a continuación.

A lomos de una guitarra clásica el viaje –¿a ninguna parte?– se inicia con Una Historia Real, donde Rodríguez logra su primera diana. La canción, increíblemente delicada y llena de sutilezas, logra que su esencia, un lamento acústico, nunca sea engullido por los momentos de grandiosidad del tema, que evoca océanos, soledad y huidas, entre lágrimas.

Seguimos a bordo del barco con la canción que da nombre al disco, Oh, Rompehielos, que en sus estrofas parece más intrascendente y repetitiva, pero sin embargo esconde la primera gran letra del disco, revelando tanto los “delitos” como los miedos de nuestro singular tripulante. Nuevamente, la labor entre la forma –los restallidos de guitarra, como si el temporal se avecinara, o esos efectos de eco en la voz– y el fondo es sublime. –“Llévame a puerto/échame un cable”– concluye Raemon, y el oyente sabe que no es sólo un medio de transporte, sino un fin en sí mismo.

Seleccionada como adelanto del disco, Reina del Amazonas asoma a continuación, más enérgica, directa, apostándolo todo a un estribillo inflamable de pegada inmediata. La risa, embriagadora, resuena en el temporal. Un instante de luz antes de la desolación de El Yeti, primer puñal “marca de la casa”, asestado en un estribillo colosal, entre demoledores –“es mejor no volver a verse”– y furia eléctrica, tras permanecer escondido en lo que parecía una tranquila tonada de indie-folk de manual. Las estocadas de un siniestro total. Grande.

Tras la sombría embestida del hombre de las nieves Mientras Sea un Intruso aparca el drama momentáneamente, en un corte que casi podríamos calificar de optimista, ya que aunque el protagonista habla del fracaso sentimental –“no puedo ganar/lo que pudo haber sido reducido a un chiste”– no domina aquí el dolor sino la madurez del que asume el final con sensatez –”pupilas prendidas de honestidad y respeto/prometo conservar un gran recuerdo”–. Aunque es una pieza pop-rock sin cortapisas, antes de que la épica se le vaya de las manos The New Raemon sumerge la canción en el agua, dejando al oyente en una suerte de coitus interruptus… el mar en calma antes de que venga la oscuridad.

Las dos siguientes canciones demuestran mi teoría que Rodríguez tiene dos tipos de canciones. Las que disparan y las que disparan con bala, con frecuencia agazapadas en temas que parecen más sencillos, menos grandilocuentes. En primer lugar tenemos Quimera, liderada por los ritmos marciales en la batería y una melodía más sinuosa y esquiva que va a desembocar en otro de los memorables estribillos del disco –”Tus idas y venidas me ponen enfermo”–. Y después es el turno de Desencuentros, actualmente mi preferida del disco. Desnuda, con la voz de Rodríguez susurrante, a flor de piel, arropada por una percusión palpitante, coros que imitan el viento ondulante y preciosos, tenues aderezos. Sobre ese mullido colchón sonoro se desarrolla una letanía de condicionales y supuestos para los que el narrador sólo tiene una única respuesta, imposible de no corear, –”suerte con eso”–. Esos ya no son mis problemas.

Entramos en el último tramo del álbum, que se abre con la algo más obvia Al Margen, incidiendo en la idea de la desazón y malestar anteriores –”Me sacan de quicio tus lamentos”– pero con el protagonista anunciando, ahora sí, el punto final, el fin de ciclo. Tampoco se aleja demasiado del tono apesadumbrado predominante Los Hechos, que seguramente hubiera sido el cierre del álbum, una conclusión de claro regusto amargo, en otros momentos de la carrera de The New Raemon. Y es que tenemos a un protagonista ya alejado del lugar del naufragio y que asimiló la tragedia, pero a quién aún le queda el resquemor de las habladurías. Dos minutos para avisar y pasar cuentas. El latigazo final –“Siempre escuchas a los mediocres/siempre escuchas a los que no cuentan“– duele.

En cambio, en Oh Rompehielos, Rodríguez prefiere acabar con un voto en favor de la confianza –”abrazamos el riesgo de confiar”– en la adormecida y evocadora Moneypenny, un momento de cálida y reposada reflexión. Un nuevo capítulo. Una nueva, incierta claro, oportunidad. Y un nuevo triunfo de The New Raemon. En realidad nunca te habías ido, pero que bueno es tenerte de vuelta.

 

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