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The Low Anthem, Eyeland (Washington Square 2016)

Autor: | @sergiomiro

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Cuando medio mundo seguía buscando superlativos con los que describir el impacto de OK Computer (1997), Radiohead declararon que en su próximo trabajo iban a buscar nuevas vías sonoras y melódicas para la voz de Thom, ya que estaban cansados de que todo lo que cantase se convirtiese en algo intenso, bello y emocional (bendito problema, diría uno). Cualquier seguidor del trabajo de la banda de Kid A (2000) en adelante sabrá de sobras lo que dio y sigue dando de sí ese afán exploratorio hacia el lado menos accesible de las cosas.

Algo parecido ha sucedido con The Low Anthem. La belleza parece surgirles de manera bastante natural, algo que explotaron con éxito en su debut internacional Oh My God, Charlie Darwin (2009), y en menor medida en el muy folkie Smart Flesh (2011), pero incluso en esos trabajos, algún momento poco convencional aparecía de manera ocasional para aclarar que ellos no querían ser simplemente “otra plácida banda de Americana”.

Cinco años después de sus últimas señales de vida como banda, han terminado por romper la baraja con este Eyeland, un atrevido viaje sónico donde lo convencional y lo marciano van de la mano sin que importe si es pertinente o no.

Hay que tener en cuenta que parte del tiempo transcurrido desde el anterior trabajo fue invertido en adquirir un vetusto teatro, que la banda ha acabado convirtiendo en exitosa sala de conciertos y en estudio de grabación abierto a todo tipo de experimentaciones.

Así, Ozzie sabotea todo su potencial como divertida pieza de punk folk (con metales y frenético groove incluidos), al ver su tempo y su tonalidad constantemente alterados en un macabro jugueteo con el pitch.

Le sucede Waved the Neon Seaweed, que a lo largo de sus cinco minutos va mutando lentamente de plácido interludio ambiental, a irritante collage de sonidos industriales.

Con todo, el premio a frikismo sonoro del año va para la impronunciable Wzgddrmtnwrdz, donde efectos de sonidos inconexos (desde una máquina de escribir hasta pájaros tropicales) son interrumpidos por un silbido colectivo al más puro estilo “Río Kwai”, pero con la melodía de… Yellow Submarine (¡?!?)

Toca aplaudir la originalidad y la intrepidez de estas piezas, si bien me cuesta imaginar que alguien las pueda escuchar más de una vez por placer. Por suerte para todos los implicados, la banda va compensando nuestra paciencia con composiciones tan delicadas y bellas como en un tiempo se pudo esperar de ellos, ya sea vestidas de modo tradicional (The Pepsi Moon o la balada de piano Dream Killer, muy en la onda de los R.E.M. más frágiles), o siguiendo de una forma más moderada con el uso creativo del estudio de grabación (In Eyeland, Behind the Airport Mirror).

Valoración: 6,8

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