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The Libertines, Anthems for the doomed youth (Harvest 2015)

Autor: | @sergiomiro

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Ya en los días de gloria y juventud de The Libertines, Pete Doherty citaba a los Sex Pistols como ejemplo de la fama inmediata y la rápida autocombustión que vaticinaba para su grupo. En eso, se puede decir que la clavó. No ha habido formación guitarrera inglesa en el post-Britpop que hayan contado con mayores favores de crítica y público, pero al mismo tiempo, nadie como ellos (con permiso de la malograda Amy Winehouse) acumuló mayor número de comportamientos cafres y serias amenazas para su salud la de los que les rodeaban.

Tanto Doherty como Carl Barât continuaron dando ligeras señales de vida creativa tras la separación de The Libertines en 2004, aunque sus carreras más bien parecían pequeñas bromas macabras a costa del casi incontestable legado que The Libertines consiguieron dejar en apenas dos discos y un puñado de singles.

De ahí que no quisiéramos arriesgarnos a malgastar un solo gramo de entusiasmo ante la perspectiva de un retorno que, el año pasado, Doherty calificó de mero trámite monetario. Seguro que el dinero fue lo que hizo que la banda dejara atrás sus rencillas (recordemos que uno de los episodios más patéticos fue la entrada de Doherty a robar en el domicilio de Barât, con los consiguientes denuncia y arresto), pero cabe imaginar que, a poco que nuestros protagonistas se reunieron en estado de limpieza post-rehabilitación, descubrieron ese algo especial que les unió, no solo como engrasado dúo compositor, sino como eternos camaradas de esos que trascienden los tópicos de la amistad entre dos hombres heterosexuales.

Reunidos en Tailandia, los reformados Libertines se enfrentaron al difícil reto de restablecer esa magia, y vaya si lo han logrado. En cuanto a lo que recientes y sorpresivas reuniones se refiere, podríamos decir que se han “marcado un Suede”, emulando sus mejores momentos y haciéndonos olvidar gran parte de los desproósidots de los últimos 10 o 12 años.

El óxido y los precedentes tóicos no eran los únicos factores para temer que esto podría haber salido muy mal. La elección del productor también se antojaba muy peligrosa. No olvidemos que ese papel en el pasado le correspondió ni más ni menos que al ex-Clash Mick Jones, toda una señal de credibilidad y de afinidad estilística de The Libertines con los autores de London Calling. Ahora, por el contrario, contaban con Jake Gosling, un hombre cuyos mayores méritos eran haber trabajado con One Direction y haber colaborado en la composición de uno de los súper hits de Ed Sheeran.

Hete aquí que Gosling se revela como una pieza fundamental en el engranaje de este Anthems for the doomed youth, encargándose de profesionalizar el a los chicos, a base de orden y condundentes sonidos, sin que por ello perdiesen esa urgencia tan punk y ese encanto al borde del desafine.

John Hassall (bajo)y Gary Powell (batería) son personajes secundarios en la gran tragicomedia de Doherty y Barât, pero no en este disco, donde reivindican su condición de “mejores músicos” de la banda, y se benefician de la mentada labor de producción para sujetar con firmeza y creatividad las canciones.

Al ser una banda que siempre se deleitó en los mitos reales o imaginados de una Gran Bretaña en la que vicios y sueños formaban parte de una misma forma de vida (lo que ellos llamaban Albion), en esta nueva etapa han mirado bastante hacia sus propios mitos, no sin sentido del humor y cierta autocrítica. Fame and fortune es un himno garrulo y cockney que casi quiere ejercer de biografía apócrifa de la banda; mientras que la maravillosa Heart of the matter combina acertadamente los mejores ingredientes de la banda al tiempo que sirve de recapitulación de errores y de propósito de enmienda (“Con todo el machaque que ha recibido, estoy sorprendido de que todavía funcione” dice el estribillo, casi como comentario sobre la salud de nuestros protagonistas).

Entre los muchos aciertos (los fallos son pocos, y se limitan a un par de canciones que pretenden esconder a base de energía desmadrada la poca chicha real que tienen) también hemos de destacar el single Gunga Din, apropiándose torpe y encantadormente del reggae como solo las mejores bandas de punk británico saben hacer; o la recuperación de My Waterloo, una vieja composición que aquí toma forma de majestuosa balada (hooligan, pero balada al fin y al cabo) de piano y cuerdas.

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