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Stephen Malkmus & The Jicks, “Wig Out at Jagbags” (Matador, 2014)

Autor:  | Google+ | @curtillo

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Quizá no deberíamos de tener como referencia a Pavement cuando escuchamos un disco de Stephen Malkmus & The Jicks, pero es inevitable. Además, no hace tanto que terminó la gira de reunión del grupo que le dio a conocer. Su anterior trabajo, el gran “Mirror Traffic”, tenía mucho de Pavement: era un disco directo en el que volvió a los hits de indie-rock que tan bien se le daban con su banda. Canciones como Tigers o Stick Figures In Love nos hicieron olvidar al Malkmus más serio, y nos recordaron que hubo un tiempo en el que era un genio de la música. Ahora parece que prefiere, una vez más, olvidar el pasado y centrarse en un estilo más personal, que muchos de sus seguidores no se tomarán muy bien.

En “Wig Out at Jagbags” falla a la hora de componer esas canciones que nos recuerdan a los primeros noventa, esos temas directos con un estribillo chispeante. Hay alguna canción, como Lariat, que se acerca a ese tipo de composición, pero en general es un disco mucho más denso, en el que cuesta meterse. Malkmus está mucho más americano que de costumbre, e incluso tiene algún coqueteo con el soul. Y está bien que intente cambiar o evolucionar (si no, acabaría resultando muy aburrido), pero tampoco es que haya conseguido un sonido realmente interesante y novedoso. Donde sí vuelve a estar afilado es en las letras, que, como casi siempre, desprenden ironía y sentido del humor.

Tras unas cuantas escuchas, comprobamos que hay unos cuantos momentos brillantes que hacen que el disco termine mereciendo la pena. Ahí está esa Lariat que comentaba antes, y que huele a clásico a la primera escucha; el toque soul y festivo de Chartjunk; la dejadez conocida de Cinnamon and Lesbians; o los arrebatos indie-rock de Rumble at the Rainbow y Shibboleth (uno de los mejores estribillos del disco). Si nos centramos en su parte menos directa, hay que mencionar J Smoov, una bonita balada que termina en un arrebato psicodélico en el que las guitarras y las trompetas se fusionan de una forma envidiable. Tampoco está nada mal esa montaña rusa llamada Surreal Teenagers, con la que cierra el álbum a base de cambios imposibles de ritmo (algo muy característico de su música, pero que aquí explota demasiado –Houston Hades, por ejemplo, empieza como un auténtico hit noventero con buenas dosis de distorsión, y se acaba convirtiendo en una inofensiva canción con aires totalmente yankees).

En definitiva, estamos ante un disco de Malkmus que se disfruta, pero que está muy lejos de sus mejores momentos en solitario (y más lejos de sus grandes años con Pavement).

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