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Sr. Chinarro, Perspectiva Caballera (VEEMMM 2014)

Autor: | @sergiomiro

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Es inútil que intentemos reconciliar a los bandos formados en torno a Sr. Chinarro. Una brecha se abrió a partir de El fuego amigo (2005), y desde entonces Antonio Luque –y junto a él, cualquier lector habitual de blogs y foros indies- ha tenido que soportar la matraquilla de que ya no es tan molón como en sus primeros discos.

Peor le han ido las cosas recientemente, con la “calamarización” del político y apresurado ¡Menos Samba! (2012) y con su incomprendido Enhorabuena a los cuatro (2013), que nació con vocación de dar cobijo a sus estribillos más populares y acabó espantando a los fieles “chinarristas”.

De la encrucijada artística y comercial en la que se encontraba tan solo podía salvarle un disco como este Perspectiva caballera que ahora nos ocupa, una perfecta licuación de los mejores Luques.

Si no supiéramos que el espíritu del Sr. Chinarro sigue siendo libre y caprichoso, hasta sostendríamos que la receta aquí empleada ha sido cuidadosamente meditada; no faltan unas letras tan evocadoras y crípticas como las de sus comienzos (y cuando se ponen algo más específicas lo hacen con gracia e ingenio, como en la contagiosa El gato de S, donde imaginamos a un Luque recorriendo Madrid Río con los Red House Painters sonando en los cascos y mezclando referencias intelectuales con observaciones urbanas); ni una música que combina pop de guitarras con el poder emocional de unos austeros arreglos de cuerda, dejando atrás por esta vez su discutida apropiación de diversos palos de la canción popular española.

Cada canción que se va sucediendo en una excusa más para seguir enganchados a la perspectiva desde la que Luque nos vigila. Nod es un baladón que se las arregla para tocarnos la fibra sin perder acidez; Mi sapo y Famélicos famosos logran por sí solitas a llegar a donde su anterior disco pretendió sin éxito; luego está el trío virtuoso formado por Mudas y escamas, El viaje astral y Ácido fórmico, canciones chinarras en toda regla, repletas de imágenes certeras que hablan de nada y de todo a la vez; el momento más discutido llega con Los conejos, de música lúgubre y repetitiva, pero con una oscura carga poética en su letra macabra; y para finalizar, La canción de amor de turno, que lejos de limitarse a ser lo que anuncia, se convierte en un monólogo interno sobre el proceso compositivo.

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