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Sleater-Kinney, No Cities to Love (Sub Pop, 2015)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

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Que complicado es hacer una reseña con alguna pretensión de objetividad —aceptando que al hablar de crítica musical esa idea es casi un oxímoron— cuando tienes que escribir sobre una banda a la que admiras profundamente. Podéis llamarme iluso, pero aunque el cinismo es lo que se lleve y cada vez haya menos espacio para todo aquello que no sea efímero, digerible, entretenido, sigo pensando que la música es importante. Podéis llamarme trasnochado o anticuado, pero —voy a usar la palabra tabú— creo que lo que vale la pena buscar en un grupo aún es la autenticidad, sea en el estilo que sea, en el que cada línea de guitarra —o el instrumento que queráis—, cada inflexión o desgarro vocal, cada palabra amplificada desde un micro, es de verdad. Fondo, forma, actitud, canciones. No se me ocurren muchos grupos que ejemplifiquen mejor lo que quiero decir que Sleater-Kinney.

Diez años han pasado ya desde que Corin Tucker, Carrie Brownstein y Janet Weiss decidieran hacer un alto en su minoritaria pero celebradísima carrera. Mi compañero de redacción Fernando Curto escribía que le sorprendía el tremendo hype organizado alrededor de su retorno. Tiene toda la razón en que hay una sobredimensión, que incluso puede ser algo contraproducente a tenor de los méritos de su octavo trabajo, No Cities to Love. Personalmente, creo que tiene un evidente reverso triste: el vacío que dejó su parón no ha sido reemplazado. La música ahora es de consumo, no de combate. Pero prefiero quedarme con la parte positiva. Hay que alegrarse que, al menos por una vez, se ponga el foco en una banda con algo, mucho, que decir. Entremos en materia.

No Cities to Love se abre con la sinuosa Price Tag, una especie de espiral hacia la locura que estalla alrededor del tercer minuto para convertirse en una bestia de varias cabezas, furiosa e indómita. Es toda una declaración de intenciones que un disco de regreso tras diez años se inicie con una canción abiertamente proletaria, que habla de la apremiante situación económica de la clase trabajadora, atrapada entre la patraña de trabajos de mierda, responsabilidades y los cebos de los precios bajos. No, el capitalista sueño americano nunca ha sido el mejor amigo de las sabias chicas, ahora mujeres —Tucker incluso con hijos— de Olympia.

Dominada por la pulsión de la batería de Weiss, casi bailable, y las guitarras percutiendo como ráfagas de ametralladora post-punk sobre una línea de sintetizador aturdidora, Fangless incide en la intención espídica del corte inicial pero refinando su sonido, dejándonos un momento de respiro tras el que llega la andanada final, en el que las voces de Tucker y Brownstein se entrelazan deparando el primer instante de genuina emoción para el oyente.

Y ya a la tercera canción, uno se ve obligado a bajar la guardia y sacar la bandera blanca. Surface Envy es una fuerza de la naturaleza, una amalgama de electricidad y palabras que retumban en las paredes —a la espera de perder la cabeza cuando ruja en el Fórum— y devuelven su carga estática, atacando tu sistema nervioso. Tucker aúlla y cuando Brownstein se le suma en el colosal, revelador, estribillo —“We win, we lose, only together do we break the rules”—, el tema se convierte en el perfecto resumen de qué quiere decir Sleater-Kinney, qué las hace únicas. Piérdete en su fuerza, rueda en esa bola de nieve de apenas tres minutos creada a partir de tres instrumentos bramando, desaparece en el ímpetu de sus voces rebelándose —“The guilt holds me down, won’t let me be myself”—. Si esto no es un himno, a mí no me gusta la música.

Tras el arranque abrumador, llega un pequeño respiro con la canción titular del álbum, No Cities to Love. Melódica y aparentemente sencilla, dejándonos la oportunidad de detenernos en su letra, cantada por Brownstein, en la que la “atomic tourist” viaja por ciudades en busca de aquello que da sentido a nuestra existencia. ¿Es el tiempo? ¿Es el no hacer nada? No, es la gente, empezando por uno mismo. Tras la pausa en que la protagonista asume su error —“I’ve grown afraid of everything that I love”— y reinterpreta su búsqueda, el tema entra en tromba en un minuto final apoteósico.

Volvemos al ritmo abrasador del inicio del disco, pero sin perder el olfato melódico y accesible del anterior tema con la crepitante A New Wave, una potente carta de amor a la música —“Let’s destroy a room with this love”— y una nada ambigua autodefinición que se transforma en un precioso llamamiento a las armas y la unión, ahora sólo musical —”No outline will ever hold us/ It’s not a new wave, it’s just you and me”—. Al estilo del trío, rugiente y a pleno pulmón, y cantado a dos voces por Carrie y Corin, es uno de los momentos más sobrecogedores de No Cities to Love. Sleater-Kinney, máquina de matar impostores.

Alcanzamos la segunda cara del disco, en el que la banda no alcanza a igualar la inspiración de su primera mitad aunque, a cambio, aún nos tiene un par de joyas preparadas. En primer lugar tenemos No Anthems, uno de los cortes más duros de todo el disco. Afiladas estrofas habladas, flirteando con el post-hardcore, con sucias guitarras sonando como lacerantes latigazos. En medio de la atmósfera opresiva surge otro estribillo imparable, pero sabe a demasiado poco tras tres minutos de asfixia. Tampoco acaba de cuajar la breve Gimme Love, apenas por encima de los dos minutos, y para quien escribe, con diferencia la más floja del álbum por repetitiva, siendo en realidad, poco más que un machacón estribillo en falsete —¿glam?—.

Afortunadamente, al rescate acude rauda Bury Our Friends, el primer sencillo que escuchamos en 2014 como entonces sorpresivo anticipo de lo que se nos venía encima. Como si fuéramos el sparring a punto de recibir una sonora paliza en un desigual combate de boxeo, la canción se mueve con la cadencia del púgil experto —”We’re wild and weary /But we won’t give in”— que revolotea sobre su débil contrincante. Los puñetazos van cayendo en forma de picotazos, para acelerar el paso en otro magnífico estribillo, en el que la guitarra suena como un toque de campana. Hay una pausa, en la que descansamos desde la esquina, sabedores que no aguantaremos la acometida final, en la que caemos redondos. Por supuesto, es un KO sin paliativos.

No le anda a la zaga Hey Darling, el tema, junto al que da nombre al disco, quizá más ligero, donde incluso se permiten acabar con un despreocupado “dadada” que acompaña al riff de guitarra. Como la pieza anterior, algo que se repite durante buena parte del disco, parece que la banda habla tanto del estado actual del panorama musical como de ellas mismas como conjunto con esa demoledora frase —”It seems to me the only thing/ That comes from fame is mediocrity”— coronando la lapidaria coda de “Sometimes the heat of the crowd/Feels a little to close/ Sometimes the shout of the room/ Makes me feel so alone“. La insostenible vida en la carrera. La insatisfactoria vida doméstica de quién alberga una pasión incontenible y singular en su interior.

No Cities to Love se cierra con Fade, el tema más lento y abiertamente rockero del LP. Tucker vuelve a usar el falsete para reforzar otra canción en que la atmósfera gana a la inmediatez, pero a diferencia de No Anthems, el resultado es más atractivo. Los pantanosos terrenos sónicos del Seattle de los noventa dándose la mano con el hard-rock setentero —en realidad nunca demasiado distantes— para confluir en un canto del cisne ominoso, épico y algo sombrío.

¿Es un disco perfecto? No, pero sí más que notable. Otra muesca más, nueva y fascinante, en una carrera increíble, que nos ha regalado una inesperada segunda parte que, de momento, tiene ya un gran capítulo inicial. Esperemos que vengan muchos más. Bienvenidas de nuevo.

 

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