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Richard Reed Parry, “Quiet River of Dust Vol. 1” (Anti, 2018)

Autor: | @sergiomiro

Quien haya visto a Richard Reed Parry revolcarse hasta el paroxismo sobre los muchos instrumentos que maneja en cualquier concierto de Arcade Fire se sorprenderá al conocer su vida paralela como respetable compositor, hasta ahora desarrollada en grabaciones de música neoclásica para el sello Deutsche Grammaphon (junto a almas afines que también compaginan el indie de primera división con partituras más sesudas y complejas como Asaron Dessner o Nico Muhly).

Lo que ahora nos ocupa sigue estando en el lado opuesto a la ampulosidad y la euforia festivalera con la que Parry se gana los cuartos en su banda principal, y al mismo tiempo es una aventura mucho más asimilable y, digamos, pop. Y es que, con el fichaje por el sello ANTI-, Parry se lanza a su primer disco en solitario de canciones, aunque ni mucho menos estemos ante piezas sencillas de estrofas y estribillos fácilmente identificables. Se trata de una obra poliédrica que en realidad es la primera parte de un proyecto que se completará con el volumen 2 cuando llegue la primavera.

La idea de estas composiciones surgió justamente en un retiro espiritual que Perry realizó en Japón aprovechando el final de la primera gira de Arcade Fire por ese país. Para quitarse de la cabeza los aullidos de las miles de personas que noche tras noche coreaban con todas sus fuerzas el ‘Wake Up’ y demás himnos, Parry se refugió en un monasterio donde encontró “el silencio más grande jamás escuchado”. Ya fuera por el misticismo que le rodeaba, por su estado mental en ese momento, o porque de verdad los espíritus nos rondan para susurrarnos cosas cuando menos lo esperamos, en uno de sus paseos por el bosque anexo al templo escuchó voces y sonidos fantasmales que le sonaban sorprendentemente idénticas a la banda folk de su padre ya fallecido, Friends of Fiddler´s Green.

Con todo esto en mente, Parry ideó una versión vaporosa y ensoñadora del folk que recordaba, pero también de psicodelia, de música experimental y de ligeras influencias orientales. En su acumulación de coros, suaves melodías y guitarras acústicas, el disco a veces parece una colaboración entre Panda Bear y el Sufjan Stevens más introspectivo, aunque conserva un carácter único que lo hace especialmente inclasificable.

El disco se mueve con unos tiempos ajenos a cualquier condición. Son siete canciones en casi cuarenta minutos, con piezas como el single ‘I Was in The World (Was The World in Me)’, que distribuye sus diez minutos de duración entre un preciosista comienzo acústico y una cúspide cacofónica que tarda cuatro minutos en apagarse, como si fuera un motor que ha sido forzado hasta su máxima potencia, y que da paso al relajante cantar de los insectos y los pájaros. Ese momento casi zen tan sólo se ve interrumpido en el tramo final del disco por los cantos tribales de ‘Farewell Ceremony’ que nos dejan ya casi sin aliento y preguntándonos cómo demonios va a dar continuidad a esto Parry en el volumen 2. La respuesta, en unas pocas semanas.

Valoración: 7

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