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Phoenix “Bankrupt!” (Atlantic 2013)

Autor: | @sergiomiro

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Algo hay en Phoenix y en la historia de su triunfo improbable (franceses haciendo pop en inglés que, después de haber reinado como banda de relativo culto durante más de una década, acaban conquistando a lo grande al público sajón y encabezando festivales por todo el mundo) que nos hace pensar que lo suyo es producto de una serie de casualidades. Ellos mismos a veces actúan como si fueran conscientes de haber invitados a una lujosa fiesta en la que realmente no deberían de estar. Eso se acaba notando en sus canciones, donde cada giro melódico parece extraído con fórceps de la mente de sus creadores, en un esfuerzo evidente por revestir lujosamente la más pequeña de las ocurrencias a ver si así el mundo no se da cuenta de que, en el fondo, no son tan, tan buenos.

Y no es tan solo una sospecha. En una atípica muestra de strip tease artístico, la edición extra de Bakrupt! incluye un disco adicional en el que podemos escuchar las maquetas de hasta 71 fragmentos en los que iban probando las diferentes combinaciones rítmicas y de teclados con las que las canciones van moviéndose de estrofa en estrofa. Una ventana abierta a un proceso creativo que tiene mucho de laborioso y casi nada de natural.

Thomas Mars intenta acoplarse con dignidad a su papel de estrella pop de la era smartphone. Seguramente que no le duelen prendas al moverse por las fiestas más exclusivas del mundo celebrity hollywoodiense de la mano de su esposa, Sophia Coppola, pero para que no se lo echen en cara, él lo disfraza de ironía postmoderna en unas letras que dejan entrever el supuesto agobio de tener que estar siempre en la cresta de la ola (los títulos lo dicen todo: S.O.S in Bel Air, Trying to be cool, The real thing…).

Lo que sí tienen estos treintailargueros, es una buena canción. Es sólo una, pero es muy buena. En este disco, esa canción se llama Entertainment, o Don´t, o Drakkar Noir; en el celebrado Wolfgang Amadeus Phoenix (2009) se llamaba Litztomania o 1901, y en pasadas obras la encontrábamos bajo títulos como Consolation prizes o la inevitable Too young.

Todo lo que se salga del esquema de “la canción” corre el riesgo de desconcertar (como es el caso que el tema que da nombre al disco que nos ocupa, ocho minutos mayormente instrumentales que a veces parecen una demo para vender algún sintetizador último modelo) o de aburrir (Chloroform es involuntariamente fiel a su título). Pero a la vuelta de la esquina siempre nos espera alguna variante más o menos ligera de lo que en realidad saben hacer bien, con lo que el entusiasmo del oyente por este Bankrupt! va a depender de la predisposición que tenga de disfrutar una y otra vez de lo mismo.

 

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