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Les Sueques, Cremeu les perles (El Genio Equivocado, 2013)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

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A la espera de que alguien muy avispado/a capitalice el momento socio-político -más lo segundo que lo primero- y no nos quede más que correr al refugio subatómico para proteger nuestros oídos -no habrá escapatoria-, el indie en catalán sigue sonando, en su aplastante mayoría a ese inocuo folk-pop que sirve de envoltorio a insoportables anuncios veraniegos… El panorama sería desolador sino fuera por “oasis en el desierto” como este Cremeu les Perles, debut de Les Sueques, lanzado por El Genio Equivocado. Una bofetada de pop heterodoxo con múltiples aristas -indiepop, rrriot girl, pasajes folk-. Avisamos, todas pinchan.

Beix, destartalada y directa, es la carta de presentación perfecta del álbum. Una melodía aparentemente inofensiva -atentos a la demoledora disección de la vida en pareja-, hasta que el estribillo, corrosivo pop-punk, aparece. Un trallazo de canción que en directo es incontestable, palabra.

Cambio de ritmo para la sinuosa y amenazadora Ningú, retorcida y terrible -la deprimente letra es como un martillo pilón- y el primer ejemplo de la poderosa atracción que Les Sueques puede ejercer en el oyente, ya sea por esos sonidos y ambientes singulares, sus textos o la manera de cantar de Blanca Lamar. Siempre a un paso de estallar, la suma de elementos hacen del tema un imposible himno. Apuesto a que el “ningú, ningú” les va a perseguir allá donde vayan.

Cerrando el trío inicial llega Monstre, dos minutos y medio de irresistible pop con una conseguida atmósfera de película de terror de los 50, con solo de theremin y guitarra incluido, que esconde -patrón habitual en Cremeu les Perles– poderosas imágenes sobre la depresión.

El tramo más lento del disco, y a su vez el menos destacable, se abre con la que podríamos calificar como la balada del disco. Balada made in Sueques claro: narcoléptica, lánguida y con punto malévolo en esa falsa épica final en los coros. Como los llantos de Són De Mi antes del ataque final a lomos de guitarras y batería. Más surrealista si cabe -diría daliniana si no estuviera el idioma alemán por en medio- se presenta Geboren, algo así como apuñalar la canción -al menos el verso más conocido- de -uugh- Sopa de Cabra. Venganza -me gusta-.

Pasado el melancólico ecuador del disco llegamos al que podríamos denominar como sección “venenosa”. Ramon enmascara un mala uva tremenda bajo un formato de indiepop saltarín, adaptando el Gone Daddy Gone de Violent Femmes en otro estribillo para coleccionar “Son, son, son, son, son, em fas venir son”. Pobre chico, pero nada comparado con lo que Les Sueques tienen reservado para la “Santa Familia” en S.F. Veneno en dosis industriales. Y muy ponzoñoso, con una letra absolutamente desoladora “No m’agrada veure que sou com jo sóc”. Uno de los temas del disco más certeros, crudo y abrasivo.

“Ah, un respiro”- dirá el oyente al llegar Ganivets i Forquilles ¿Canción feliz? Craso error. Más mala leche oculta en forma de caramelo dulce y aires playeros -ese xilófono- para tomarse la parte más dolorosa de las relaciones con -¿sano?- sardónico sentido del humor. Jota debería estar orgulloso.

Robot le sigue a continuación, siendo el tema más folkie del disco y otro de sus escasos borrones, al resultar bastante monótona, con Blanca cantando de forma excesivamente impostada. Afortunadamente, pronto llega Terrorista retomando el brío perdido. Haciendo uso del castellano, no tiene desperdicio: tensión, guitarras afiladas y otra letra para recordar -”adictos a trascender”-. Y si dejan al disco sonar pronto se toparán con el brevísimo tema oculto, o cómo transformar el inocente juego del “Un, dos, tres, pica paret” en un píldorazo estilo riot girl con muchas ganas de divertirse. Aseguramos que el oyente no va a quedarse al margen de esta fiesta tan particular -insistimos, no se las pierdan en directo-.

Ya tenemos otro motivo de peso para exiliarnos a Suecia.

 

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