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Kurt Vile, “Wakin On a Pretty Daze” (Matador Records; 2013)

Autor:  | Google+ | @curtillo

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Es casi una obviedad decir que Kurt Vile es uno de los mejores compositores de nuestros días. El músico de Filadelfia lo ha demostrado tanto con The War On Drugs, como con su carrera en solitario, que es donde más ha brillado. Sobre todo después de “Smoking Ring for My Halo” y “So Outta Reach”, dos discos –bueno, un disco y un EP– que fueron encumbrados a lo mejor de 2011 por casi todos los medios del mundo. Dos años más tarde vuelve con un nuevo largo –nunca mejor dicho–, en el que sigue con una formula que está muy lejos de agotarse. Rock, folk, algo de lo-fi y una pizca de pop, son los ingredientes más comunes en su música, y Vile sabe cómo emplearlos para obtener excelentes melodías. Si a esto le añadimos un punto de electrónica y ese sabor añejo que tienen sus canciones, estamos ante la receta perfecta. Algo de culpa también la tiene John Agnello, que aquí se ha currado una producción espectacular, llena de matices, al alcance de muy pocos.


Para los que no sean seguidores de los temas largos, “Wakin On a Pretty Daze” puede ser un pequeño problema. Kurt Vile es todo un aficionado a alargar las canciones, y no es raro que muchas sobrepasen los seis o siete minutos, e incluso más. Pero, al contrario que otros, él no aburre. Si una canción dura nueve minutos, es porque el tema lo requiere –casi siempre, porque a veces también se equivoca–. Wakin On a Pretty Daze, el tema que da título y abre el disco, son diez minutos dylanianos que no cansan, sino todo lo contrario. Esa psicodelia rockera que envuelve todo el tema, te atrapa y, cuando te quieres dar cuenta, ya estás escuchando la siguiente canción, que es nada más y nada menos que KV Crimes. Este es un tema que sorprende por su contundente toque de rock setentero; sucio y brillante a parte iguales. Quizá, en este trabajo no encontramos un hit pop al estilo de Jesus Fever. Lo más parecido pueden ser los siete minutos de Was All Talk –y un tema que encontramos más adelante–. Aquí saca la caja de ritmos de paseo, y nos entrega una maravilla pop donde la melodía ensoñadora del teclado se alía con su guitarra. Ni siquiera necesita un estribillo rompedor para que la cosa funcione. Y es que Vile prefiere dejar que las canciones se vayan diluyendo por sí solas, y en muchas de ellas no resulta necesario ningún tipo de concesión o artificio. Girl Called Alex es de las canciones más flojas del álbum y, aunque lo arregla a guitarrazos en la parte final, no deja de ser un poco sosa. No pasa nada, porque inmediatamente nos encontramos con Never Run Away, el último single, que es una preciosidad (el vídeo con su hija no tiene precio). Pure Pain empieza muy bien, con chulería y contundencia, pero la canción cambia a partir del segundo minuto, y Vile se equivoca de pleno –también es humano– alargándola más de lo necesario. Le pasa lo mismo en Too Hard (ya van dos), provocando así un pequeño bajón en el disco. Afortunadamente, vuelve a lo más alto con el rock de Shame Chamber (el grito del estribillo me tiene fascinado), y con el pop de Snowflake Are Dancing. Esta es una de esas canciones de pegada inmediata, donde todo cuadra. Una vez más, utiliza  unas guitarras cristalinas y una  la línea de teclado de lo más psicodélica, pero esta vez también le añade un ritmo de lo más contagioso. ¡Chapó! Además, sigue en racha, y vuelve a utilizar la electrónica para sacarse de la manga otro gran tema como Air Bud. Seis minutos de pura delicia. Pero todavía hay más, ya que para el cierre se reserva el tema más largo del disco: Goldtone. Son más de diez minutos de pura psicodelia que, al igual que el primer tema del disco, funcionan de maravilla. Quizá es un disco un pelín inferior a “Smoking Ring For My Halo”, pero no cabe duda de que ha vuelto a dar en la diana.  
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