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Janelle Monáe, The Electric Lady (Atlantic 2013)

Autor: | @sergiomiro

janellemonaeelectriclady

Ella es diferente, y disfruta restregándolo en la cara de todo el que se acerca a sus discos. Porque de lo que vamos sabiendo de Janelle Monáe hasta este punto de su carrera, todo tiene que ver con una excéntrica manera de presentar y adornar su obra.

Aquí no hablamos de los trajitos de Lady Gaga, ni de Beyoncé inventándose el alter ego de Sasha Fierce. No, Monáe quiere ser la más lista de la clase, sin importarle si se pasa de frenada en su ambición artística. Lo suyo entronca con el retrofuturismo de la Mothership connection de Parliament, una rama del “black power” que parecía enterrada hoy en día con la excepción de algunas de las locuras de Outkast (no es de extrañar que Monáe surgiera como protegida de Big Boi y acabase participando en el último disco conjunto del dúo de Atlanta).

En sus tres pasos en solitario hasta el momento, se ha puesto en la piel de una androide llamada Cindy Mayweather para narrar a lo largo de siete “suites” sus desventuras en el año 2719. Todo esto está muy bien, y seguro que mantiene entretenido a más de uno que se sienta con las letras a descifrar cada una de las referencias a la supuesta macro-historia. Pero he de confesar que a mí ni me importa demasiado, ni me afecta a las escuchas de sus discos. Lo que a mí me llega es la inventiva, el talento y la originalidad de la candidata número uno a desafiar a cualquier popero engreído que diga que la música negra de hoy en día es toda igual y no tiene ángel.

Para muestra, el primer botón que sobresale de este The Electric Lady. Ni más ni menos que Prince -tan poco dado él a los “featuring” con artistas que no sean estrictamente de su escudería de Paisley Park- se asoma para poner voz y guitarra a la fantástica Give em what you love. Lejos de amilanarse ante semejante presencia, Monáe parece encontrarse muy a gusto intercambiando versos con su Majestad Púrpura y compartiendo protagonismo sin llegar en ningún momento a renunciar a su rol como auténtica y única estrella de esta película.

Tres cuartos de lo mismo sucede con Erykah Badu en Q.U.E.E.N. (sustentada por un gran riff de raíz rockera), y con una Solange a la que Monáe acaba comiéndose en el tema que da título al disco.

Los otros invitados lustrosos son Miguel, dando un toque algo baboso a Primetime (una pieza que en sus mejores momentos tiene algo de las mejores baladas de Prince en los 90), y una dulce Esperanza Spalding que se marca uno de sus impagables scats en la muy “steviewonderiana” Dorothy Dandridge Eyes.

De vez en cuando nos topamos con algún interludio musical que, lejos de resultar el tipo de prescindibles skits a los que nos acostumbran los artistas de hip hop y R&B, son sugerentes piezas entre la big band y lo sinfónico que refuerzan la idea de “gran musical” que tiene Monáe en mente.

Para intentar repetir el tipo de éxito que consiguió en la pista de baile Tightrope –del anterior disco- tenemos la contagiosa Dance apocaliptic, una especie de mezcla entre funk, mambo y música Charleston al son del rasgueo de… ¡un ukelele! Si no lo han visto, les encomiendo buscar la interpretación de este tema en Saturday Night Live, para que comprueben el tipo de fiesta que puede montar esta chica.

En el saldo negativo, únicamente se me ocurre señalar el carácter prescindible de algún que otro medio tiempo en la recta final del disco, y los solos de guitarra “santanesca” que estropean algunas de las excelentes interpretaciones del disco.

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