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Invisible Harvey, La puerta giratoria (El Genio Equivocado 2016)

Autor: | @Bloodbuzzedtwit

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Hay una manera muy particular de entender el pop. Una línea, un camino, un arco musical —también narrativo— que va de Vainica Doble al Niño Gusano, y que tras el parón indefinido de Astrud, nos dejaba a Parade, mis queridas Pauline en la Playa y, más recientemente, esa joya llamada No son tu marido de Hazte Lapón como prácticamente únicos exponentes en el siglo XXI. Una forma libre, idiosincrática, audaz, alquímica, marcada por la amplitud de miras estilística y el humor, dispuesta a imaginar y poner letras y melodías a universos paralelos propios. Ahora podemos sumar a otro nombre a esa singular tropa de agitadores del pop. Se trata de Dimas Rodríguez, agazapado tras el cinematográfico nombre de Invisible Harvey y su delicioso debut La puerta giratoria, que acaba de publicar El Genio Equivocado. Sí, todo encaja y tiene un componente mágico. Así debería ser la música ¿no?

Dimas, músico en La Banda Municipal del Polo Norte, guionista y director de cine, se ha lanzado a la aventura en solitario armado con un tonelada de romanticismo, un arsenal de ironía, surrealismo e «ilustración», que va de la obvia referencia al film protagonizado por James Stewart a Lewis Carroll y su Alicia a través del espejo, pasando por las bandas sonoras de Burt Bacharach y Jon Brion. Y, acompañado por un reducido escuadrón de músicos —el dúo de cuerdas Joan Gerard Torredeflot y Núria Maynou, junto a Cristian Pallejà y Ferran Resines, que además producen el disco—, evidentes cómplices en la trama, ha pergeñado una obra que puede disfrutarse como una colección de relatos suntuosamente musicados. Pero que gana aún más degustada en su conjunto. Como una película, enrevesada y, sin embargo, accesible e hipnótica, con un ambiente ensoñador y un protagonista, sin duda un músico quebradizo, inseguro y fantasioso, descubriendo a los que le rodean —sobre todo, a esa «ella»— a medida que se descubre a sí mismo.

La puerta giratoria se abre con El hijo del hombre bala se va de vacaciones y Águilas en tus versos, dos maravillas donde Nick Drake y el mencionado Bacharach van de la mano. La primera, perezosa y templada antes de dejar entrar las segundas voces y la rica instrumentación. La segunda, más barroca, mecida por el chelo y los celestiales arrullos del violín, con un fascinante pasaje instrumental. Encontramos caimanes por cazar que en realidad se encuentran en la ropa, y águilas escondidas en versos, prestas al ataque rampante. Camuflando el daño emocional para el romántico y melómano incurable.

Más directa, abiertamente pop, con un estribillo y cadencia contagiosos, nos encontramos con la canción titular del disco, La puerta giratoria —sencillo impepinable como, de hecho, igualmente podría serlo la mitad del LP—, anticipando la algarabía de la trotona La culpa y su capacidad de evaporarse, que concluye en una divertida fanfarria que es también un festín instrumental.

Cambio de tercio con La noche de fin año somos arte funerario y su atmósfera nocturna, íntima, una invitación a un baile privado dirigido por un melotrón y, en la que a la voz de Dimas se le suma la de Núria Maynou, hasta alcanzar ese clímax mayúsculo, trompeta en mano. Le sigue, como si el día de Año Nuevo se hubiera apropiado, cruelmente, de las expectativas de la noche anterior, Una canción es una emboscada (aunque ellos te digan que es un bosque encantado). Melancólica y paciente, contiene una de las mejores letras del disco, en la que nuestro protagonista, ese pobre compositor frustrado por «Hipsterlandia» finalmente adquiere la fuerza y la resolución —¿quien no se armaría de valor si alguien te dice al oído «Que yo soy tu cancionero»?— de dejar oír su voz. Memorable conjunción de fondo y forma.

Más letras metamusicales en Yo toqué en aquel disco, donde las dudas regresan en una pieza de brumosos aires psicodélicos, nuevo feliz maridaje entre letras y música. Más expansiva y jovial resulta Experto en mirar techos, en la que recuperamos los aromas de la primera parte del disco, aunque con un ritmo más marcado, apuntalado por sencillas líneas de guitarra y otro hermoso viaje final cortesía de las cuerdas.

El teclado y la guitarra más vigorosa de todo el disco marcan Credibilidad callejera, donde nuestro cantautor muestra que bajo su arrebatado y politizado mensaje —«Y fingiré/ Que muero cosido a balazos»— se halla un tipo asustado y descreído —«Tengo que decirte que nunca/ Daremos un golpe de estado»—. Finalmente, Vuelve la canción protesta de Los Planetas tiene un compañero de aventuras. Muy grande.

Entramos en la parte final de La puerta giratoria con Lenina FM, la que podríamos calificar como la balada del álbum y, sin duda su canción más dramática. Dos personas, dos voces —Núria Maynou compartiendo otra vez el protagonismo vocal con Dimas— entablando un diálogo a través de las ondas de una emisora pirata, poniendo en común la profunda pena en directo. Un aire a derrota elegido por Invisible Harvey que se refuerza con El año dormido, una especie de tenue, fúnebre oda de orquestación singular —cuerdas acompañadas por una adormilada percusión electrónica— a lo que está por venir entre una pareja… no demasiado optimista. Remata el disco la híper-breve Tengo voz de canción número 12, folk desnudo en la que Dimas juega por última vez con la letra metamusical, como diciéndonos que, al final, el factor más inesperado —la canción que no se interpreta nunca— puede ser la que te robe el corazón.

Mejor guión, dirección novel, interpretación… y, por supuesto, banda sonora. Invisible Harvey merece llevarse un póker de premios con su debut. Luces, cámara y… ¡música!

 

Valoración: 8,5

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