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Foals “Holy Fire” (Warner 2013)

Autor: | @sergiomiro

foalsholyfire

Esta es la historia de una banda que empezó haciéndonos creer que aspiraban a conquistar el trono del “math rock”, combinándolo el tipo de guitarras africanistas que estaban tan en boga cuando se publicó su disco de debut, Antidotes (2008). Por confundirnos, hasta se nos podía excusar si pensábamos que esos pálidos chicos de Oxford eran otra banda más de Brooklyn (la producción del miembro blanco de TV on the Radio, Andrew Sitek, invitaba a tales presunciones).

Ahora esos tiempos quedan muy lejanos. La banda parece hasta avergonzada de aquellos primeros pasos y reconoce que un hit como Cassius induce más al dolor de cabeza que al baile. Y ¿quién sabe? Quizás han hecho muy bien en evolucionar hacia un sonido más épico y expansivo, porque el peor de los escenarios les podía deparar un destino parecido al de Futureheads (¿Alguien se acuerda de ellos? ¿Alguien tiene ganas de pinchar algo suyo, más allá de aquella divertida versión de Kate Bush?).

El paso decisivo ya lo marcaron con su segundo disco, Total life forever (2010), y este Holy fire no hace más que apuntalar las nuevas bases y hacerlas más grandes y directas. El inesperado éxito de Spanish Sahara, del anterior trabajo, hacía temer por un exceso de piezas atmosféricas, pero el single de adelanto de este tercer asalto, Inhaler, desmontó a todos con su combinación de funk pop ultra-preciso y ese arrollador estribillo de neo-grunge. Si un festival quería programarlos en su hora estrella, no habría nada que temer, porque ya Foals tenía garantizado ese momento impepinable en con el que enloquecer a las masas y con el que invitar al técnico de luces al lucimiento personal.

De hecho, todo el disco parece una carta abierta a los promotores de grandes eventos, llegando al punto de abrir fuego con Prelude, un instrumental desinhibidamente diseñado para el comienzo de un show de altura.

Flood y Alan Moulder, dúo de lujo donde los haya, aunque sus hitos empiecen a quedar demasiado anclados en los preceptos del rock 90´s, se ocupan de que todo suene grande –perdón, ENORME-, incluso en piezas donde las guitarras y las baterías se toman un descanso, como esas Moon Stepson que marcan el final a la baja del disco.

De por medias, sin llegar a ser un trabajo redondo, Holy fire nos regala grandes momentos, como esa My number, que certifica que, si quieren, pueden resultar bailables y hasta sexys; o el estallido emocional a base de cuerdas en Milk & Black Spider (¡minuto 3:45, por Dios!); o la rave rockera en la segunda mitad de Providence.

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