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Flo Morrissey & Matthew E. White, “Gentlewoman, Ruby Man” (Glassnote, 2017)

Autor: | @sergiomiro

Puede parecer extraño que el segundo paso discográfico de Flo Morrissey, tras presentársenos hace un par de añitos como una etérea folkie a medio camino entre Vashti Bunyan y Lana Del Rey, sea un disco de versiones nada folkies compartidas a dúo con un cantante masculino. Pero es que su compañero de cartel no es un cualquiera, y sus labores al micrófono son lo de menos. Hablamos de Matthew E. White, imponente compositor, arreglista y productor. Es más, me atrevería a decir que, pese a que esto puede parecer un proyecto caprichoso y esporádico, haría bien Flo en quedarse con algo del “mojo” soul que le ha aportado esta sociedad, salvándonos así de la languidez excesiva de su debut.

Británica y norteamericano cruzaron sus caminos en un concierto de  tributo a Lee Hazlewood y congeniaron hasta el punto de acordar un número de canciones molonas de ayer y de hoy en las que dar cabida a la tropa del colectivo Spacebomb (músicos y arreglistas a las órdenes de White que enriquecen cada una de sus producciones).

Sin ser portentos vocales (sobre todo él), ambos encuentran su punto justo en cada una de las tonadas elegidas, cantando a turno o al unísono (a menudo compartiendo melodías con una octava de diferencia, más que armonizando). El material es bastante variopinto, y entre lo más inesperado encontramos a bandas contemporáneas como Little Wing (con el precioso ‘Look at what the light did now’, que también habíamos escuchado en voz de Feist, aquí reconvertido en febril tema de soul), o aquel ‘Heaven can wait’ que Beck hizo para Charlotte Gainsbourg (y que curiosamente aquí llega a sonar aún más sexy), o temas de nuevas figuras de la música negra y/o electrónica como Frank Ocean o James Blake (impresionante el oro que han sacado de una canción como ‘The colour of anything’, cuya versión original apenas tiene ritmo que la sustente).

Más consecuente con el estilo de los discos de Matthew E. White es la elección de setentadas en el filo del horterismo que ahora cobran marchamo de buen gusto gracias a la perspectiva de “lo vintage”, como el ‘Grease’ que sonaba durante los créditos animados del clásico de Travolta y Newton-John, o el clasico chill-funk  de Roy Ayers, ‘Everybody loves the sunshine’ (quizá una de las versiones más fieles).

El cierre del disco puede ser su único real paso en falso, ya que se trata de un caprichoso rescate de uno de los cantos espirituales que George Harrison compuso inspirado en la música tradicional hindú. ‘Govindam’ es, en realidad, una preciosa melodía repleta de sinceridad y devoción por parte de su autor, pero en este disco, más allá de la reivindicación de melómano (imagino que cosa de Matthew E. White, auténtico arqueólogo de rarezas discográficas), acaba rompiendo la tónica general del disco, sobre todo en unos repetitivos tres minutos finales que más que llevarnos al nirvana, nos lleva a darle al botón de stop antes de que la canción pueda llegar a su final. Una conclusión un poco injusta para un disco tan edificante como este.

Valoración: 8

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