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Flamaradas, Pasaje entre las cañas (El Genio Equivocado / Producciones Doradas 2015)

Autor: | @sergiomiro

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Afirma Daniel Magallón (el “señor Flamaradas”) que no tiene muy claro qué lugar le toca ocupar dentro de una industria actual a cuyas puertas, finalmente, se ha decidido a tocar (su disco de debut lo publicó a punto de cumplir los 40, y ahora ya ha cogido carrerilla con la más sólida continuación que nos ocupa). Lo que queda claro desde la primera escucha –y a poco que uno profundice en su discurso- es el espacio en el que habitan sus canciones, esas periferias que no llegan a ser urbe ni tampoco campo.

La singularidad del proyecto ya le estaría garantizada tan solo por el hecho de erigirse en cantautor oficial de lo que Solá Morales definió como “terrain vague”, y por unirse –voluntaria o involuntariamente- a la reivindicación del eminente arquitecto sobre los valores implícitos en tanta aparente ruina e improductividad. Flamaradas nos invita a adentrarnos en esos “pasajes entre las cañas”, donde el ojo apenas repara, o por donde los coches pasan silbando, siempre con destino a otro lugar.

Pero es que, más allá de las localizaciones entre las que se mueve la peculiar poética de este disco, el paisaje musical resulta igual de notable y original. De voz recia, con un deje un tanto “chinarresco”, Daniel invoca a los trovadores españoles y catalanes de los 60, a los cantantes de la música popular más rancia, y al mismo tiempo deja miguitas de exquisito pop y rock -sobre todo en los seductores órganos Farfisa de Raúl Navas– para hacer que hasta la más chirriante de las influencias se convierta en un remate excelso a un sonido único.

Así, nos resulta inevitable dejarnos llevar por el pulso de rumbita que se adivina en el tema titular, con esos irresistibles coros “sibiribiribiribiri-dan dan” de la sección final (atención a la labor esencial de las coristas, o “llamitas”: Lorena Álvarez –sí, la de la Banda Municipal– y Eli Lloveras), o por esa actualización de los poetas de la transición en El puño piensa (hermosa estampa en torno a los revolucionarios-perdedores de puño en alto, originalmente compuesta para la Fundación Robo).

El toque solemne de la mayor parte de las canciones se rompe de vez en cuando con algún arrebato enérgico, como el crescendo de Los amigos de la plaza (a modo de un Elvis de Las Vegas, según reza la nota de prensa), o la sorpresa garajera de Pararrayos.

Y es que a todos nos ilumina un sol diferente”, reza uno de los momentos más cinemáticos de este gran disco; solo cabe desear que no sea tan solo su propio sol, sino también el foco de la atención mediática lo que desde ya mismo ilumine a Flamaradas. Bien lo merece.

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