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David Bowie, “Blackstar”, (Sony, 2016)

Autor:  | Google+ | @curtillo

Blackstar_cover

No, no es nada fácil hacer una crítica de un disco de un artista que acaba de morir. Más si hablamos de un artista único e irrepetible como David Bowie. Pero bueno, la casualidad (o no) ha querido que la muerte del británico casi coincida con la publicación de su último trabajo. Por eso mismo ahora es imposible dejar de ver dobles lecturas en las siete canciones que lo conforman, y tener la sensación de que este trabajo es una despedida calculada del que fuera uno de los artistas más importantes e influyentes (¿el que más?) de las últimas cinco décadas.

Centrándonos en lo meramente artístico, nos encontramos con que “Blackstar” es un trabajo rico y lleno de matices, pero a la vez también es un tanto extraño y sombrío. Y, desde luego, poco tiene que ver con “The Next Day”, su resurrección de 2013. Aquí nos topamos con el otro Bowie, el que tenía (que pena hablar en pasado de él) ganas de experimentar, hacer cosas nuevas, y no quedarse estancado. Es un álbum ecléctico, en el que la sombra del free-jazz planea durante todo el disco. Pero no se queda ahí, la electrónica más minimalista, o el rock áspero también tienen su protagonismo. Como prueba está el tema que le da título al álbum, diez minutos en los que pasa absolutamente de todo, y donde todo encaja. Una canción que de la que se podría decir que está divida en dos partes; una rara, extraña y un tanto escurridiza, en la que la electrónica se fusiona con el jazz, y otra resplandeciente, en la que aparece el Bowie más amable y luminoso. Toda una lección de genialidad.

Bowie tenía claro hacia donde quería llevar estas canciones, y dejar que la influencia del jazz se apoderara de ellas. Para ello contrató a una banda que ha dado una vida diferente a su música. Los dos mejores ejemplos son ‘Tis Pity She Was a Whore’ y ‘Sue (Or In A Season Crime)’, las dos canciones del álbum que ya habían sido editadas, y que aquí suenan completamente diferentes. La primera la volvió a grabar con la banda al completo – la versión original la hizo él en su casa -, dando fuerza a las baterías, metiendo un saxo y una trompeta, que parece que van a lo suyo, pero en realidad todo está perfectamente medido. Y es que, la melancolía que rezuma la voz de Bowie, contrasta con la locura jazzística, dando así una nueva visión a un tema que no estaba suficientemente aprovechado. En la segunda es el rock el que toma la voz cantante, en una carrera entre unas guitarras crudas y secas, y unos ritmos jazz de lo más acelerados. Quizá sea peor que la versión original, pero está encaja mejor dentro del contexto del disco. Sólo hay que escuchar ‘Girls Loves Me’, el tema que viene a continuación, en el que también hay una buena dosis de crudeza, y ninguna concesión al pop.

Si hay dos temas que dan pistas de lo que, tristemente, iba a suceder dos días después de la publicación de este disco, esas son ‘Lazarus’ y ‘Dollar Days’. En las dos baladas del álbum hay continuas referencias a la muerte, y ahora mismo resulta sobrecogedor escuchar ese “I’m trying to, I’m dying to” al final de ‘Dollar Days’. Aun así, aunque ahora resulte duro ponerse con ellas, son dos de las gemas del disco, y dos de las mejores canciones de su discografía de los últimos años. Al igual que la melancolía sedosa y electrónica de ‘I Can’t Give Everything’, donde parece que quería dejar claro que había perdido la batalla con la que llevaba luchando casi dos años.

El Duque Blanco se ha ido para, pero ha tenido el detalle de dejarnos un regalo, y no uno cualquiera, sino su última obra maestra. Descansa en paz, genio.

 

Valoración: 9

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