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Daft Punk, “Random Access Memories” (Columbia Records, 2013)

Autor:  | Google+ | @curtillo

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No sé si os acordáis de aquella fantástica película de Spike Lee titulada  25th Hour (creo que aquí se llamaba La Última Noche), en la que Edward Norton pasaba su último día en libertad antes de ingresar en la cárcel. En una escena de la película, una adolescente Anna Paquin se colaba en la sala VIP de la discoteca donde estaban haciendo la despedida de Norton, y comentaba emocionada que Daft Punk habían estado allí. Esto da una idea de la locura que hay con el dúo francés en EEUU, y de por qué han hecho un disco tan absolutamente americano. Y es que como bien decía James Murphy (LCD Soundsystem), el primer trabajo de Daft Punk supuso toda una revolución en su país (él lo comparaba con la repercusión que tuvo “Screamadelica” en Europa), y cambió unas cuantas cosas en las pistas de baile americanas. Por eso mismo, no extraña que la abrasiva campaña de marketing se haya centrado en los Estados Unidos, con anuncios en el Saturday Night Live o antes de una actuación estelar en el festival Coachella. No hace falta decir que el mercado americano es el que manda ahora mismo, y la fiebre por Daft Punk se ha contagiado por todo el mundo. Lo malo que tienen estas cosas es que, cuando saturas al público con algo, necesitas que sea bueno, y “Random Access Memories” no está a la altura de la campaña de marketing que se ha creado alrededor de él.

Tiene su punto que Thomas Bangalter y Guy Manuel de Homem-Christo hayan querido rendir un homenaje a la música disco, y que para ello hayan reclutado a dos de sus mayores genios. Lo que no tiene gracia es que, tanto Nile Rodgers como Giorgo Moroder, sean dos meras marionetas y que su presencia sea casi una anécdota –muy bien publicitada, eso sí–. En el caso del líder de Chic se reduce a tocar los mismos acordes en tres imitaciones de sus propias canciones de los setenta. No están mal, pero para eso me pongo Good Times o Everybody Dance. Mucho peor es la colaboración de Giorgo Moroder, al que le rinden un homenaje que empieza bien, con un monólogo suyo emocionante, y que acaba en un desvarío de estilos en el que encontramos guitarras de hair metal y un ligero toque de jazz que no pinta nada. Para colmo, es excesivamente larga y la línea de sintetizador termina cansando a cualquiera. Y es que, esa es otra, es un trabajo repetitivo hasta decir basta, y son capaces de hacer el mismo estribillo treinta veces (Get Lucky o Doin’t it Right son los mejores ejemplos), o de saturar al personal con el vocoder y el autotune.

Otra cosa que no entiendo es cómo nadie les ha quitado de la cabeza la idea de hacer baladas con voces robotizadas. Estos temas no tienen ningún sentido y aburren una barbaridad. Principalmente porque no tienen alma y no emocionan (algunos dirán la tontería de que los robots no tienen sentimientos y no son capaces de transmitirlos). Además, son más largas que un día sin pan. De hecho, la única canción que funciona en este sentido es Instant Crush, donde Julian Casablancas pone la voz (con bien de vocoder, por supuesto). Y tiene gracia que se critique a Casablancas por esto último cuando lo hace con The Strokes y se le alabe cuando lo hace con Daft Punk.

No todo es un despropósito en “Random Access Memories”. Tiene unas cuantas cosas que funcionan: la voz de Pharrell Williams en Get Lucky y Lose Yourself To Die, el duelo con Panda Bear (a pesar del repetitivo estribillo robótico) o ese temazo funky llamado Fragments of Time, en el que Todd Edwards pone la voz. Además está el desenfrenado final que se marcan con Dj Falcon en Contact, que es el tema que más recuerda a sus épocas pasadas. Prácticamente todas las buenas canciones están en la segunda parte del disco, que es infinitamente superior a la primera. Pero ninguna de ellas supera a esa inmensa Touch, donde retratan a la perfección el disco más melancólico, cuando se encienden las luces y sabes que la fiesta ha terminado. Una vez más, es un tema donde se olvidan de su rollo robot y consiguen que la voz del cantautor y actor Paul Williams emocione (algo que pasa en muy contadas ocasiones en este disco). La música disco transmitía emociones y, en muchos casos, era triste y melancólica. Y ahí es donde fallan. El problema grave de “Random Access Memories” es que muy pocas veces te saca una sonrisa o una lágrima. Y no, no vale lo de que los robots no tienen alma.

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