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Cineplexx, “Espejos” (Jabalina, 2016)

Autor: | @laura_guillen_

Si un ser humano caminase por las calles de Viena, un plan natural de domingo sería ir al Cineplexx, una sala multicines. Fuera de las fronteras austriacas y por pura casualidad, Cineplexx es el invento de Sebastián Litmanovich, el alias del artista argentino creador de Espejos, donde el amor se hace música.

Radicado en Madrid, Litmanovich acaba de lanzar un álbum exquisito por dentro y por fuera. Desde el diseño con mimo hasta la producción brillante, pasando por lo vivo de su composición, corren a cargo del propio músico. Sólo así, se puede alcanzar la esencia del significado de indie: autónomo, a su manera. Bajo el sello Jabalina Música, Espejos va más allá de lo conceptual; es un proyecto de pop electro-romántico que perfila lo variopinto del amor canción a canción con la gracia de un dibujante de cómics. Se trata del décimo trabajo discográfico en su diversa trayectoria musical que entraña, desde la psicodelia sesentera hasta el pop más etéreo, pasando por los cimientos del disco-funk y el engalanado brasileño.

Mimosa es el primero de sus reflejos y el “espíritu narrativo del álbum” en palabras del propio autor en una entrevista radiofónica. Un tema bailable y veloz acerca del deseo y la seducción que le obliga a una a llevar una falda de vuelo con un par de volantes (por lo menos) en la pista. Retazos españoles, como la estrategia donjuanesca del muro y el verso en la letra, se entrelazan con la canción latina de Sandro o Leonardo Favio para dar una pincelada sofisticada a los sintetizadores, siempre presentes. Yanara Espinoza (Papaya), colabora en este primer sencillo con su personalísima voz a los coros y la guitarra eléctrica. El voseo (Pero si sós mimosa) y la fina pronunciación argentina, (ʃa [ya] no te escapes) en el estribillo incorporan la pizca justa de alegría.

Le sigue Espejos, irresistible anzuelo del disco. Esta delicia tecno cantada a dúo con Linda Mirada invita a la adicción al botón Repeat y al patinaje. Parece que las bases se hubiesen pulido con esmero y chocaran contra las teclas y la percusión; como si también, en ese suelo, las voces de los protagonistas –muy armoniosas y engarzadas– pasasen distraídas y (casi) sin tropezar sobre la fisura chiquitísima de la duda amorosa.

Hipnotizado tiene ritmo funk discotequero. Más lento, sencillo y directo que los anteriores temas, plantea el momento posterior a la sacudida que sufre el corazón tras el enamoramiento. Treinta días, más o menos, o eso dicen los que señalan que durante el primer mes no se sale con la pareja sino con su representante. Luis Valentín (Bairoa, Buscabulla) colabora a los teclados en este corte elegante y magnético. Muy recomendable para embelesarse en ese primer mes mágico.

El éxtasis romántico llega con Manipulador, destello fulgurante del LP. Capa tras capa, Cineplexx construye un sonido espectacular, colmado de atenciones, como quien pinta una marina. En primer plano, una melodía de sintetizador horizontal y espesa. A media distancia, la voz se le arrima acaramelada y una guitarra bailotea en solitario. En lontananza, los coros de Elsa de Alfonso –figura a la última del pop barcelonés–, sublimados hasta el infinito. Y lo mejor de todo: el despertar de la guasa. La letra de Manipulador, especialmente cínica, (y si no entiendes algo, te lo explico yo) rompe el lienzo de parte a parte y contrasta con la finura instrumental; un recurso hábilmente empleado por los grandes maestros del romance. A Julio Iglesias en Lo mejor de tu vida y a Roberto Carlos en Detalles, les salió de maravilla.

Pero la seducción mediterránea siempre gana. Tanto tiempo evoca al italo-disco más fresco y soleado de principios de los ochenta. Un estribillo contagioso, el efecto astuto del vocoder en el tratamiento de la voz, los teclados nada sutiles y un tema de enredo (el perro del hortelano, que ni come ni deja comer) convierten a este “balli da discoteca” en el único truco para despejar de nubes toda playa, nórdicas incluidas.

El Amor es el álbum en pequeño y el primer tema que se dio a conocer de Espejos allá por abril de este año. Profundo y misterioso como aquella demo, el corte rebosa elegancia y aire; aire en los coros, en la guitarra rítmica y sobre todo, en las pausas. Esta maravilla electrofunk trata el sentimiento amoroso en sí, en abstracto, y concentra los talentos de Sebastián Litmanovich para la producción: delicadeza, imaginación y sentido del humor.

La cara B de Espejos se abre con Nube de Deseo, la faceta más tórrida del disco. Un corte lento y romantiquísimo cuya sinestesia desborda con imágenes apenas esbozadas, silencios más que estimulantes y eso que llaman groove, difícil de explicar pero primitivo en el sentir: gozo rítmico supremo. Castañuelas y palmas, maracas y guitarra española, se suman a la buena onda y desempolvan la estampa de la Madonna morena, la de La Isla Bonita.

Escuchando Besos, a una se le ocurre es la canción que siempre ha perseguido George Michael. Sin saxo ni chica en traje de baño con los huesos de las caderas al aire, pero sí con el toque papayesco de Yanara Espinoza, una mezcla de culpa y descontento brota por primera vez en esta (desde ahora nuestra) historia de amor. La líder canaria del grupo revelación Papaya, y del que Litmanovich es también miembro y productor, pone guitarra y coros de nuevo en este tema.

El registro va avanzando mientras el amor se enmaraña sin remedio. Sin Control se sitúa fuera del eje del protagonista, en una tercera persona femenina, y navega sobre la esencia impulsiva y cobarde de la relación amorosa. A medio tiempo, este tema crece de a poco hasta llegar al pico de sesión, animando al más perezoso a presumir de pasos naturales en la pista de baile como los de un Travolta amateur.

Cariño huele a tormenta. No sólo por los relámpagos y aguaceros que rompen sobre la melodía sino por la infelicidad que cae sobre el romance como chuzos de punta. La confusión y el querer-de-más se rebajan con un golpe de barrio en los sintetizadores, que suenan más “a-Camelados” que nunca.

¡Atención!: (se acerca lentamente el Gran Dolor). Con este breve y bellísimo bolero, Cineplexx recorre el abecé del amor y da por terminada su aventura por medio de una melancolía insondable. Hermana menor de Manipulador por su sonido excelente y suave, Gran Dolor se demasía en esa pena enorme que llamamos duelo y calma el desamor con el lirismo de un baile apretado aunque sea con uno mismo.

Muchos dicen que no soportan las despedidas, como si hubiese alguien que sí encontrase deleite en ellas. El remate se amarra del todo con Así, así, una composición que Litmanovich creó para la cantante mexicana Thalía y que finalmente, tras el descarte, se consigue colar en la fiesta sin esfuerzo. De nuevo, se revuelve lo sufrido “typical Spanish” con Rafaella Carrá y resulta esta canción juguetona, ligeramente ebria, sobre sentimientos contradictorios. Novedad es el toque andino en la guitarra, cuyo compás nos balancea las caderas y nos insta a salir requetealegres del local.

Llega la ocasión de decir adiós, sí; a nadie le gusta, pero ésa es la buena noticia: del manglar amoroso se sale y se entra cada dos por tres. Si hay un elepé en el que la fantasía del amor se encarna, se viste de frac y habla de vivir juntos es Espejos de Cineplexx, donde la música se hace amor.

Valoración: 8,9

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