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Christina Rosenvinge, Lo nuestro (El Segell 2015)

Autor: | @sergiomiro

Christina_Lo_nuestro

Que el tiempo ya transcurrido desde la publicación de este Lo nuestro no nos haga olvidar su categoría de disco a tener en cuenta en las inminentes recapitulaciones de lo mejor del año. Christina Rosenvinge hace tiempo que dejó de tener que justificarse como artista. Su pasado asociado al pop chicloso y, admitámoslo, pequeños reductos de machismo social que también en la música moderna imponen cierto “techo de cristal” a la hora de valorar con justicia a las creadoras por su mérito artístico, pueden haber hecho que tardemos más de lo necesario en reconocer que esta mujer lleva ya años olfateando caminos fascinantes hacia los que orientar su música, en más de una ocasión adelantándose a su tiempo. Ella es nuestra PJ Harvey, nuestra Aimee Mann, una artista que ha roto moldes y gracias a la cual disfrutamos con sana normalidad las aportaciones de otras poderosas mujeres como María Rodés, Maika Makovski, o Ainara Legardon.

Lo nuestro es su enésimo salto mortal, más atrevido si cabe, ya que en esta ocasión se ha impuesto una serie de cambios respecto a la línea marcada por los fantásticos Tu labio superior (2008) y La jóven Dolores (2011), reconocidos como consolidación y madurez en la carrera de Rosenvinge.

El co-responsable de este nuevo crisol musical no es otro que Raül FernandezRefree”, con quien Christina ya llevaba tiempo queriendo sellar algo en estudio. No es que los cambios sean radicales y abrumadores, pero sí se trata de un disco más áspero de entrada, donde el preciosismo quebrado marca de la casa también muestra cierto colmillo (el muy comentado punto kraut de La muy puta) y hasta desgarro agónico (esos gritos “yoko-onianos” al final de La tejedora). En cada uno de esos momentos cabe destacar el nivel que ha alcanzado Christina como cantante, con un registro y una expresividad muy por encima del mero “encanto indie” en el que a veces se la encasilla.

Evidentemente, el disco da numerosos respiros y concesiones a esa belleza que tan bien sabe invocar nuestra protagonista, como La absoluta nada o El pequeño Nicolás, o al pop impecable del estribillo de Lo que te falta, un hit en potencia entre fans.

Otra novedad son los floclorismos latinos y tribales, mezclados con coros infantiles en Alguien tendrá la culpa, un tema que también llama la atención por ser de los primeros en los que Rosenvinge se muestra abiertamente política y social (en el pasado evitaba este tipo de temas porque no le gustaba el tono obvio y demagógico que le salía, algo que aquí ha evitado elegantemente con su habitual buena pluma).

El resto de las letras son generosas en “christinismos” (carismáticos giros linguísticos donde queda patente el sentido del humor y la personalidad de la autora), ya sea para adentrarse en densas aguas temáticas como la maternidad opresiva (La tejedora, inspirada en la obra de Louise Bourgeois) y la muerte (La muy puta, repleta de auto-referencias a la propia Rosenvinge, o a la imagen que muchos pueden tener de ella); o para hacer un exhaustivo y (casi) cariñoso repaso a todos sus amores (Romeo y los demás).

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