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Christina Rosenvinge “La Joven Dolores” (Søster/Warner, 2011)

jovendolores

Pocos discos nacionales han sido esperados tan ansiosamente como La Joven Dolores. Tres largos años que se han hecho eternos, desde aquel magnífico Tu Labio Superior (Søster/Warner, 2008). En lo estrictamente musical, sus seguidores de siempre queríamos comprobar si el excelente nivel demostrado por la Rosenvinge en Tu labio superior, encontraría continuidad en este disco, mientras que en otro orden de cosas sus nuevos seguidores ansiaban letras con rastros de su tormentosa historia con Nacho Vegas. Digamos que todos hemos salido satisfechos.


La Joven Dolores era el nombre del barco de madera que en los años 80 unía Ibiza con Formentera, un barco con muchísima historia, en el que han nacido niños e historias de amor. Toda una leyenda en Ibiza que se coló en el alma de la madrileña, hasta el punto de bautizar con su nombre un disco, cuyas canciones se han parido casi en su totalidad en Formentera.

La Joven Dolores es a la vez un disco oscuro y brillante, tenebroso y satinado de color, cubierto con esa fina película de polvo, marca de la casa. Un disco de autoayuda y autodestrucción, compuesto por algunas de las mejores canciones de la extensa carrera de Christina Rosenvinge y marcado por la tristeza. La historia mitológica contada en "Canción del Eco" (mi favorita del disco), tiene ecos metafóricos sobre su relación con Nacho Vegas, siendo casi susurrada con una preciosa y afectada voz y con unos inmejorables y oníricos coros. "Mi vida bajo el agua" es una canción rocosa cuyos riffs han sido sustituidos por una distorsionada línea de bajo, cadenciosa y sensual. La maravillosa "Jorge y yo", es un ejercicio de regresión a su adolescencia y un guiño a Los Planetas, quizás por aquella fallida colaboración en el último disco de los granadinos, que acabó protagonizando La Bien Querida.

La Joven Dolores es un disco sublime, de esos cuyas canciones se cuelan en tu alma convirtiéndose en una obsesión. Solo deseemos no tener que volver a esperar tres años, para degustar algo tan delicioso.

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