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Christina Rosenvinge, “Un hombre rubio” (El Segell del Primavera, 2018)

Autor: | @sergiomiro


Cada nueva obra de Christina Rosenvinge –y sobre todo las últimas que lleva firmando en una impecable racha que cada cual puede situar donde quiera y que yo remontaría a “Tu labio superior (2008)- es tan rica en matices, lecturas y ambiciones, que tan sólo escribiendo una parrafada meditada y profunda podría acabar con una reseña que hiciera justicia a la magnitud de su propuesta.

Como estas líneas llegan unos días después del lanzamiento del disco, cuando ya hemos podido escuchar muchos de esos argumentos, cuando los fans han aullado con justo entusiasmo el discazo que se ha marcado esta mujer, y sobre todo cuando hemos tenido oportunidad de leer y escuchar con sus propias palabras de dónde viene el universo de “Un hombre rubio, prefiero no gastar ni mis esfuerzos ni el del siempre inteligente lector de indienauta, y me limitaré a dejar un par de apuntes fundamentales que sirvan para corroborar lo que ya se está diciendo y para convencer a incrédulos de que no pueden perderse a uno de los mayores talentos del pop de este país.

Por un lado, aunque la oscuridad sigue siendo un elemento que se deja pasear a menudo (sobre todo en la inicial ‘La flor entre la vía’, con ese ritmo en 5/8 de marcado carácter tribal y obsesivo), este nuevo disco parece dejar de lado las “nanas siniestras” que la propia Rosenvinge confesó haber estado perfeccionando en sus obras anteriores, quizás condicionada por una maternidad aún reciente. Aquí hay hueco para la contundencia, los atisbos de rock macarra (las estrofas de ‘Niña animal’), el “motorik” reinventado (la excitante ‘Afónico’) y el instinto puramente pop, aunque a veces sea tan solo para coronar luminosamente canciones que parecían ir por otros derroteros, como ‘Ana y los pájaros’ (restando gravedad a frases tan demoledoras como la del estribillo: “cuando acabe el mundo, que se acabe aquí”).

Esto da por resultado, pese a la complejidad de muchos de los temas planteados, el disco más accesible que ha firmado la artista en tiempo, algo que queda subrayado por una impecable autoproducción, limpia y punzante, que no tiene nada que envidiar a lo que en su día hicieron con su música algunos de los colaboradores de postín que la han rodeado, y que saca todo el lustre posible a sus impecables músicos. De hecho, en cuanto a arreglos y sonidos, no parece que estemos escuchando a una solista junto con un grupo de solventes sesioneros, sino a una banda que ha aprendido a cohesionarse quemando escenarios.

Para finalizar, las letras de Rosenvinge son capítulo aparte. Hablamos de carga poética real, no la mera unión de ideas y palabras que puedan quedar más o menos resultonas. Y eso, en un disco como este, que podría sostenerse ya solo por sus méritos musicales, es la línea que separa lo bueno de lo realmente grande. Mucho se ha hablado del juego con los géneros y la reivindicación del masculino –ya desde el mismo título-, con lo que se añaden muchos matices nada obvios al ahora tan manido tema del lenguaje inclusivo y de la necesidad de feminizar todo lo que se nos ponga por delante; o de ese romance dedicado a su padre con el que empezó el camino de este trabajo; pero aquí hay mucho más, tantas capas como escuchas podamos irle dedicando. Baste como ejemplo ‘El pretendiente’, donde Rosenvinge usa las cartas de la baraja española en una historia sobre inmigración y refugiados sin caer en el panfleto ni en (comprensibles) lugares comunes.

Hay tanto por descubrir y disfrutar que sólo puedo aplicarme el juego a cuenta del vals en ‘La piedra angular’: “Un, dos tres, un, dos, tres, vuelta a empezar”. A poner el disco de nuevo.

Valoración: 9

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