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Cat Power “Sun” (Matador – Pop Stock! 2012)

Autor: | @indienauta

catpowersun

¡Toma giro artístico! Muchos pensábamos que Chan Marshall andaba acomodada en el formato de indie-soul intenso y emocional en el que se había terminado de consagrar con The greatest (2006).


Pero claro, los seis años transcurridos desde aquel trabajo (su último disco de temas propios hasta ahora) conformaron un periodo lo suficientemente convulso para esta artista, musa de la independencia. La hemos visto sufrir pánico escénico, abrazar las versiones introspectivas, hacer de it-girl para Kart Lagerfeld, y –finalmente- retirarse para abrazar la vida familiar y hacer de dedicada madrastra (consecuencia de una relación sentimental con el actor Giovanni Ribisi que acabó saliendo rana y hundiendo a Marshall en una crisis anímica que también influyó en el proceso creativo del disco que ahora nos ocupa).

Tantas cosas han cambiado en su vida, que hasta resulta natural que haya plasmado sus nuevas inquietudes en las canciones y el enfoque sonoro de este Sun, por mucho que nos cueste inicialmente hacernos a la idea. De hecho, nuestra primera reacción al hacer sonar el disco, podría ser la de coger la carcasa del CD, a ver si no nos hemos equivocado y cogido por equivocación algún hipotético disco extra de remezclas o algo así.

La ya característica voz de Marshall (un sonido que merecería etiqueta de denominación de origen) nos llega multiplicada en numerosas armonías, como si le diese un extraño pudor mostrarse a solas en este momento de su vida. La rodean sonidos de sintetizadores y una serie de ritmos programados de carácter primitivo, todo ello a años luz del absolutismo orgánico por el que antes parecía regirse su carrera.

Pero que nadie se imagine que Sun simboliza el salto de Cat Power a la electrónica. Aquí no está la mano de algún productor de moda especializado en actualizar el contador de artistas perdidos. Es la propia Marshall la que se ha encargado de jugar con todos esos instrumentos, y juntarlos en múltiples capas que conforman algo sin muchas similitudes con lo que pudiera sonar en los circuitos comerciales de hoy en día.

Tan solo en Ruin se deja acompañar por algunos músicos expertos, y de ahí que ese tema sea el que arranque algunos de los ritmos más convencionales y pegadizos de todo el disco. Se agradece, y sirve de evidente single-lanzadera, pero el resto de composiciones nos ofrecen un paisaje mucho más fascinante en el que, tras un par de escuchas, da gusto perderse.

El gran tour de force del disco, y la piedra filosofal que acaba resumiendo su verdadera personalidad, se encuentra en la recta final, en los 10 minutos que dura Nothin but time. Tomando como molde los acordes -y alguna cosa más- del Heroes de Bowie, la canción se convierte en una especie de mantra en el que Marshall incita a su ex hijastra (y tal vez a ella misma) a salir adelante en la vida. En la recta final de la canción, aparece un Iggy Pop luciendo sus tonos más graves y señoriales para rematar el mensaje en medio de una curiosa catarsis musical.

Así es como se ha de terminar un disco, pero ni en eso quiere ser lógica y predecible nuestra protagonista, por lo que decide colar una canción más cuando ya nadie lo esperaría. Se trata de la obsesiva Peace and love, con su fraseo extrañamente cercano al hip hop. Es el enigma final de un disco que esconde mucha más miga de la que aparenta, y que vuelve a confirmar a Marshall como una voz única (en muchos sentidos) dentro del panorama musical. 

 

 

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