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Brodka, “Clashes” (PIAS, 2016)

Autor: | @sergiomiro

A pesar de que estamos en un mundo globalizado, me atrevo a afirmar que pocos de nosotros estaremos familiarizados con el gran papel televisivo que llevó a Monika Brodka a convertirse en triunfadora del programa de talentos Idol en su Polonia natal. De esto han pasado ya 12 años, aunque Brodka sigue siendo una artista joven y con mucho por demostrar. De momento, en su país, los tres discos cantados en polaco cumplieron la doble función de consolidarla como estrella más allá de la televisión, y de al mismo tiempo dejar claro que la chica alberga veleidades artísticas que la diferencian del tipo de máquinas comerciales y vacías que suelen surgir de este tipo de productos.

Ahora le toca subir la apuesta y encarar el mercado internacional. La adopción del inglés para las letras era casi obligada, y se ha realizado con esmero y habilidad. Habría que tener mucha oreja para detectar que no estamos ante una nativa angloparlante.

También este “Clashes” representa un salto en lo musical. Es su disco más atrevido, sugerente y original; un asalto a los cielos de las artistas más singulares del mercado, de Björk para abajo. La propia ambición de la propuesta ha sido tal que, casi inevitablemente, Brodka da la sensación de quedarse a unos cuantos pasos de la grandeza a la que aspira.

Estamos ante un disco repleto de buenas ideas, y cantado con versatilidad y carácter muy por encima de la media, pero no siempre llega a tocarnos la fibra. Y claro, si la fiesta a la que nos invitan es de lujo superior y dentro de un palacio, nuestro nivel de exigencia va a subir y no nos vamos a conformar con que nos agasajen con unos canapés cualesquiera.

Con todo, algún temazo como ‘Horses’ merece figurar en cualquier playlist de pop de alta gama que se precie. Y ninguno de los temas que lo acompañan llega a desmerecer en demasía, a pesar de un tono irregular que -en lo estilístico, al menos- la propia artista afirma haber perseguido deliberadamente. Así, pocos nexos encontraremos entre la sensualidad atmosférica a lo Kate Bush en ‘Mirror Mirror’, y la punkarra ‘My Name is Youth’; o entre el pop descarado de ‘Up in the Hill’ (con silbidos incluidos) y la épica orquestada a lo Woodkid de ‘Can´t Wait for War’.

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