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Bombino, Azel (Partisan 2016)

Autor: | @sergiomiro

Si damos por buena la visión colonialista de que el éxito de un músico africano se ha de medir por su impacto en el mundo occidental, habrá que admitir que OmaraBombinoMoctar está al frente de la revolución rockera que nos llega desde la cultura Tuareg. Basta con ver la cantidad de músicos de ayer y de hoy –desde Robert Plant hasta Dan Auerbach, que produjo su disco Nomad, de 2013- que se han prestado a colaborar con él, un elemento de glamour extra que le puede haber ayudado a llamar la atención de nuevos públicos, pero que en ningún momento ha adulterado su propuesta.

Para este nuevo trabajo, ha sido David Longstreth (líder de Dirty Projectors) el que se ha ganado el sillón de productor. El sonido es potente y claro, equivalente al de cualquier producción rockera de postín (la grabación se realizó en Nueva York), sin que la esencia difiera en demasía de lo que ya puede intuirse en discos anteriores de Bombino. Parece ser que la mayor aportación de Longstreth ha estado en las armonías vocales, donde se esmeró añadiendo voces y colores. Es una perspectiva nueva para el de Benin, pero no esperen aquí las cabriolas vocales propias de Dirty Projectors, sino más bien una versión ligeramente pulida de los tradicionales cantos y respuestas de la música del desierto.

La guitarra de Bombino vuelve a ser protagonista absoluta. Nuestro hombre tiene todas las hechuras de un “guitar hero”, escupiendo riffs a medio camino entre oriente y occidente con una eléctrica de sonido atronador. Las piezas acústicas también ocupan un lugar importante en el disco, con una delicadeza marcada por las cuerdas de nylon y por unas percusiones que sustituyen a las punzantes y precisas baterías de los temas eléctricos. Se configura así una estructura en el álbum que evoca a la del legendario III de Led Zeppelin, con similar convivencia entre la contundencia rockera y la liviandad de las piezas acústicas. A caballo entre ambas tendencias encontramos Ivat Ninhay/Jaguar, un auténtico tour de force que va cambiando marchas a lo largo de sus seis minutos de duración, convirtiéndose en la canción-emblema del disco.

Justo en uno de los pasajes de ese tema, se evidencia un jugueteo con los ritmos del reggae que también se deja caer en otros momentos y que representa otra de las novedades del disco. Bombino lo llama “tuareggae”, una combinación entre su música de toda la vida y lo que él ha digerido de las músicas jamaicanas que confiesa haber amado desde su adolescencia. Es un elemento que ya formaba parte de sus directos, pero que ahora aparece registrado en estudio por vez primera.

Por lo demás, sin novedad en el desierto. Y eso no es mala noticia.

 

Valoración: 8,1

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