Diecisiete

Hermanos

Hay ciertos prejuicios que me gustaría desmentir sobre el cine, que creo se pueden aplicar a una película como Diecisiete. La primera es que se confunda la sencillez con la simplicidad. Daniel Sánchez Arévalo construye un relato lineal, cotidiano, basado en la narración visual primero -la presentación del personaje de Héctor (Biel Montoro)- y en la confrontación de personajes después -la relación de Héctor con su hermano Ismael (Nacho Sánchez)- que demuestra un dominio de sus habilidades como cineasta que le permiten ir a lo esencial sin apelar a trucos, estrellas o a lo espectacular. Esa sencillez, esa modestia, creo que es la gran virtud de esta película, que también puede ser (mal) entendida como una obra menor en la filmografía de su director por su estreno, casi inmediato, en Netflix. Otro mito: la plataforma es capaz de producir grandes obras cinematográficas, como Roma o lo último de Martín Scorsese.

Hay falsa apariencia más que crea la propia estrategia de venta de la película: el trailer puede llevarnos a entender que estamos antes una incursión de Sánchez Arévalo en el cine social, con un protagonista juvenil recluido en un centro de menores, en la línea de Los 400 golpes (1959), El niño de la bicicleta (2011) de los hermanos Dardenne y hasta Ken Loach. No es el caso, porque esta primera trama desemboca en las habituales preocupaciones del autor de La gran familia española (2013) y descubre que el conflicto principal es familiar, antes que social. Así, Sánchez Arévalo reincide en temas como el regreso al pueblo de los orígenes, la confrontación con el pasado, la búsqueda de la verdadera identidad personal y el trance de madurar. Héctor, que parece ser el protagonista de la historia se convierte en el catalizador de un cambio en su hermano, que resulta ser el personaje principal. Asimismo, ese perro que servía de detonante acaba siendo un McGuffin para contar cosas, en principio, de mayor calado, en lo que acaba siendo casi una road movie. Con interpretaciones solventes, Diecisiete parece una película honesta, que no carga las tintas -elude evidenciar el probable síndrome de asperger del protagonista- y desactiva con el humor el ‘buenismo’ sentimental que suele lastrar las películas de Sánchez Arévalo.

Veo en Diecisiete un paso interesante en la filmografía de un director de éxito que vuelve, como sus personajes, a sus preocupaciones esenciales, a formas más sencillas, y se libera de la tiranía del éxito comercial.