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Crónica San Miguel Primavera Club

Autor: | @indienauta

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Dos ciudades, cinco días, 13 escenarios, 60 grupos, 120 conciertos. Éstas son algunas de las cifras que nos deja la pasada edición del San Miguel Primavera Club, que recaló en Madrid y Barcelona con el orgullo del sold out en la Ciudad Condal en el año de la crisis. Y es que una vez más, se ha demostrado las ganas del público de poder disfrutar de la música en su hábitat natural (como nunca nos cansaremos de repetir, las salas de conciertos), y su fidelidad hacia el criterio programador del festival. Aunque obviamente siempre existan luces, sombras y criterios diversos. De ello trataremos de dar buena cuenta en una crónica que ha sido casi tan agotadora (y placentera) de elaborar como los cinco días de Primavera en otoño en Barcelona.


Tras el arranque con el power trio británico Little Barrie, y para empezar con buen pie este Primavera Club, el miércoles nos deparaba uno de los conciertos que más nos apetecía de antemano: el de Veronica Falls. Y no solamente a nosotros, sino que en una edición donde a pesar de haber agotado abonos los aforos han sido más cómodos que nunca (se nos pone la piel de gallina al recordar la aglomeración para ver a Devendra Banhart en 2009), La [2] se quedó pequeña para recibir la propuesta shoegazer de los londinenses. Guitarras rotas y dulces harmonías vocales para una propuesta donde la pureza pop parece brillar por encima del ruido, aunque en algunos momentos – especialmente en los temas nuevos que presentaron – la energía distorsionada fue en aumento. Los aplausos en temas como Bad Feeling o Come On Over demostraron que, cada vez más, el público del Primavera Club hace los deberes, y que el programar la formación para la próxima edición del Primavera Sound ha sido todo un acierto. Si os los perdisteis y os gustan Dum Dum Girls, unos Camera Obscura algo más oscuros (valga el juego de palabras), las melodías y estribillos bien trabados y las referencias vocales retro, la cita del Fórum con ellos es obligada.

La atmósfera de La [2], protagonista del jueves

El jueves había dos tendencias estéticas (o quizá, incluso éticas): lanzarse al desmadre con JEFF The Brotherhood y seguir con el revival post – punk de The Pop Group (por cierto, único grupo que repitió en Barcelona en esta edición) en Apolo, o empezar algo antes en La [2] con la lentitud narcótica y ruidosa de Pure X, empalmándose luego en la corriente dopante Sleep ? Over. Nosotros optamos por esta última, y no nos arrepentimos; más todavía, por el placer que supuso ver ambos conciertos en primera fila, con una sala sorprendentemente vacía para la cantidad de abonos vendidos. Los ex Pure Ecstasy sumieron La [2] en un fumadero de opio, tanto por el humo grueso que los envolvía como por la atmosfera que supieron crear; es la suya una propuesta monótona, en el buen sentido de la palabra – si es que tal cosa existe -, donde no hay grandes disonancias ni altibajos energéticos; se trata simplemente de dejarse llevar por esas gruesas capas guitarreras, sus melodías en zumbidos fluidos y constantes y esa voz – eco como surgida del fondo de un pozo. A todo esto, valga aquí un comentario que puede aplicarse a toda esta edición del festival: por fin, hemos tenido la sonorización en la sala pequeña de Apolo que el recinto se merece. Aplauso pues, merecido y muchas veces no explicitado, a unos técnicos de sonido que supieron exprimir las posibilidades del recinto. Entre el concierto de los de Austin y el de Sleep ? Over tuvimos la oportunidad de hablar con la vocalista de esta formación, que toda simpatía nos preguntó por la traducción al español del saludo que quería usar sobre el escenario; esa misma amabilidad la demostró durante todo un concierto breve, con teclados de marcado tono ochentero y voz limpia, que siguió la estela de la  formación anterior.

Después de haber disfrutado tanto en estos dos conciertos, el “sabíais a lo que veníais” con que nos obsequió R. Stevie Moore no fue el mejor cierre de la noche. Supo ponerse al público en el bolsillo con los primeros trallazos guitarreros y su aura de padre del lo – fi, extravagante y libre (sin duda dio LA foto del festival, apareciendo con su sempiterno pijama de corazoncitos), pero verle tirando de Ventolín para poder aguantar el concierto causa más angustia que ganas que éste prosiga. Hoy en día, sin duda le funciona mucho mejor el cerebro que las cuerdas vocales (las pullas contra Jack White y Kate Bush, y las bromas sobre la publicación de su álbum 500 en Bandcamp lo demuestran), y por eso precisamente sabe acompañarse de una banda solvente. Y es que tras abandonar el escenario a los escasos 20 minutos y volver para afrontar un tema en solitario, quedó claro que esa no era la mejor opción; la independencia es hacer lo que te venga en gana y sin duda Moore sabe mucho de eso, pero se corre el riesgo que el público no te entienda (o aun entendiéndote, decida que lo que está pasando en el escenario no le interesa lo más mínimo).

Viernes de delicadeza, guitarras y “amour fou”

Si el día anterior había sido el de los triunfos en La [2], el escenario que mejor sabor de boca nos dejó el viernes, sólo arrancar la tarde, fue el de L’Aliança del Poble Nou. Teníamos ganas de ver a Still Corners, que venían avalados por el sello de calidad de Sub Pop que les ha editado su debut, Creatures Of An Hour. La de Greg Hughes y Tessa Murray no es, de buenas a primeras, una propuesta sencilla ni un disco al que sea fácil de engancharse a la primera escucha: pero como con tantas otras cosas buenas de la vida, es difícil entrar pero más difícil todavía es salir. A pesar de algunos problemas de sonido que se registraron en directo, el concierto fue ganando poco a poco en compacta delicadeza, gracias a la voz y presencia etéreas (casi espectrales) de Murray y la construcción de unas melodías subyugantes. Buena prueba de ello es que a pesar de lo pronto que se les programó, la sala estaba ya llena con ellos, y antes que saliera a escena una de las cabezas de cartel de esta edición (si es que un concepto parecido vale para un festival como el Primavera Club): St. Vincent.

Vaya por adelantado que quien suscribe estas líneas no es (perdón, era) una gran seguidora de Annie Clark; una falta de fanatismo que en todo caso, sólo sirve para subrayar que lo que ofreció la multiinstrumentista en L’Aliança fue una auténtica exhibición. Si queda alguien todavía que crea que el rock es cosa solamente de hombres, es que no ha visto a la señorita Clark, guitarra eléctrica en mano, dispuesta a romper amplificadores a base de riffs. Nos consta que a algunos seguidores acérrimos de la cantante el giro que dio a muchos de los temas sobre el escenario no les terminó de convencer; pero objetivamente, al directo le pega ese punto de locura, de trallazo, con que transforma las melodías más candorosas (Marrow, Cruel o Surgeon fueron un buen ejemplo de ello). Annie no quiere ser una Cheerleader y así lo aulló, dejando claro que la dicotomía entre su voz delicada y su actitud de auténtica punk pueden convivir en un solo cuerpo. Sin temor a la proximidad al público, o a romper el ritmo del concierto, se prodigó en anécdotas personales de sus anteriores viajes por motivos familiares a nuestro país, y se arrancó con una versión atronadora de The Pop Group, malévola imitación a Mark Stewart incluida. Así que a pesar que estuviera arropada por una banda de lo más solvente, no hubo miradas para nadie más que para ella y su engañosa dulzura.

Fue en este punto donde se produjo el solape más doloroso (o quizá el único realmente lamentado) en esta edición del Primavera Club: seguir sentados en el Poble Nou y esperar a comprobar qué tal defendían en directo Girls su nuevo trabajo, o levantarse buscando guerra con la complicidad de los Handsome Furs. Los ganadores fueron estos últimos, y a pesar de las buenas críticas que nos llegaron sobre la actuación de los de Christopher Owens, no nos arrepentimos en absoluto de habernos trasladado a La [2] a disfrutar del directo más espídico de este año. Lo del matrimonio formado por el Wolf Parade Dan Boeckner y Alexei Perry es “amour fou” en toda regla, es el romanticismo en tiempos de la electrónica y a las tantas de la noche (aunque lamentablemente, en esta ocasión no les vimos tan tarde como los ritmos sincopados de Memories of the Future o When I Get Back le pedían a nuestros cuerpos). Contando anécdotas, aceleradísimos en temas como Damage y pidiendo fiesta, la complicidad de ambos es total: sintetizadores y samplers ella, guitarra él, unieron sudor y zapatilla en un concierto que queremos (¡exigimos!) ver repetido en el cierre del próximo Primavera Sound.

Fue una pena que el buen sabor de boca de esta búsqueda del “pop retro futurista perfecto” del que hacen gala los canadienses no siguiera con otra de las propuestas a la que le teníamos ganas: la bailabilidad de Givers. Su disco In Light venía con la carta de presentación que suponen hits instantáneos como Up Up Up o Ripe, capaces de hacer bailar a cualquiera con su combinación de folk rítmico y pop con un punto tropicalista; y también les precedían las estupendas críticas de su actuación en Madrid. Quizá hubo demasiadas expectativas puestas sobre ellos, y aunque Apolo entera terminara bailando, se podía pedir bastante más de una propuesta que, al fin y al cabo, el único objetivo que persigue (o debería, vistas las armas que esgrime) es divertir al respetable.

John Maus: y con él llegó el escándalo

Nos despertamos el sábado con las jugosas informaciones que llegaban desde Madrid: escándalo, indignación y movida 2.0 a raíz del concierto del siempre sorprendente John Maus, que venía precedido por su fama de artista conceptual, su participación en bandas como Animal Collective o Ariel Pink’s Haunted Graffiti y un nuevo disco bajo el brazo que merece estar en las listas de lo más destacado de 2011. “Playback”, “gritos y golpes” o “tomadura de pelo” fueron algunas de las expresiones más leídas;  pero aun así, o quizá precisamente por comprobar con nuestros propios ojos (y oídos) si era tan fiero el león como lo pintaban, fue uno de los conciertos al que acudimos con más ganas. Y a tenor del aforo registrado en l’Aliança, no fuimos los únicos.

Vaya por adelantado que efectivamente sí, Maus ataca los conciertos con la misma rabia con la que se ataca a sí mismo; que hay buena parte del material pregrabado; y que de ningún modo es un concierto al uso. Pero en pleno siglo XXI, calificar de estafa una propuesta como la suya parece algo retrógrado; como incalificable (sin insultos de por medio) el hecho de terminar lanzándole un vaso de cerveza. Abel González publicó un texto en el blog oficial del Primavera Club donde comparaba la propuesta a la indignación que causó el primer concierto electrificado de Dylan, o las roturas de costuras que supuso el punk. Como sea, y salvando las distancias con comparaciones de tan alto nivel, el concierto del autor de Believer se ha querido polarizar a posteriori con dos tendencias reduccionistas: si te gustó es por pura pose, por actitud gafapasta o por llevar la contraria a quienes se indignaron en el Círculo de Bellas Artes; si lo odiaste, por incapacidad de comprender la propuesta o de asimilar nuevas tendencias musicales más experimentales.

Así pues, atacados los dos sectores por igual, nuestra opinión es que lo de John Maus es un directo en toda regla; en principio, la pulsión principal a la hora de acudir a un concierto es, o debería ser, encontrar a un artista que nos ofrezca algo de sí mismo sobre el escenario, y aun mejor si la experiencia estética o conceptual es completamente distinta de la escucha del disco en casa. Bajo esa premisa, lo de Maus es un live en toda regla, sin cortapisas. Y en un festival como el que nos ocupa, donde muchas de las propuestas son todavía poco conocidas y toca hacer deberes a la hora de escoger qué ver y cuándo, no sería raro pensar que muchos habíamos visto ya algunas de sus anteriores actuaciones, aunque fuera a través de YouTube, y que no difieren en absoluto de las ofrecidas en esta edición del festival. Siendo éste un “one man stand”, es lógico pensar que se van a ofrecer muchas cosas pregrabadas; de haberse parapetado detrás de un sampler y haberlo camuflado, quizá la indignación hubiera sido menor; pero a nuestro entender, la sinceridad y el puñetazo directo siempre serán la primera opción.

Con la sensación que en Barcelona se había disfrutado de la propuesta (no en vano fue el concierto donde más personas obviaron las sillas de l’Aliança para bailar en primera fila), tocaba volver a propuestas de corte mucho más clásico en Apolo; tanto, que el término “noventómetro” fue el más adecuado para medir el pulso de la noche. La abrió el espíritu adolescente y skater de los Mazes, armados de melodías de entrada instantánea (y por desgracia, salida igual de rápida). Si bien divierten con sus aromas a lo Pavement y A Thousand Heys está repleto de melodías adictivas en disparos de dos minutos como Go Betweens o Most Days, sobre el escenario parecen no aportar lo suficiente todavía; entran en el saco de “formaciones de escandalosa juventud” y todavía les queda largo recorrido, pero por ahora su directo es demasiado tibio para la temperatura a la que quieren llegar. Y más aún, teniendo en cuenta a quienes les tocó telonear: a los siempre inmensos Superchunk.

Ellos sí, no fallan. Nunca. Que no se trata de una enésima maniobra comercial revivalista lo demostró la publicación del Majesty Shredding el año pasado; y que les queda cuerda para mucho rato (afortunadamente), el concierto ofrecido también el 2010 en el Primavera Sound. Y el de Apolo, el que sin duda generó más consenso entre el respetable: tanto quienes les recordaban en los noventa, como las generaciones de reciente incorporación al mundillo indie. Los de Mac McCaughan tienen la fórmula para incendiar recintos: eternos riffs de guitarra, ritmos constantes, saltos en el escenario, actitud vocal (aunque a final del concierto ya escaseara), y una limpia contundencia que nos hace creer que hay cosas que nunca pasarán de moda (aunque en el repertorio dieron buena cuenta de su último trabajo, más que regodearse con viejas glorias). Inicios como el de Slack Motherfucker, momentos íntimos como el de Like a Fool y Driveway to Driveway, y el tono general de regocijo en la Apolo (por parte de la banda, y entre el público) justifican sobradamente su condición de grandes cabezas de cartel. Un gustazo de concierto.

Largo domingo de otoño

Tras cuatro tardes y cuatro noches de festival, llegamos al domingo con las energías justas; pero todavía nos quedaba Primavera por exprimir en La [2]; no fuimos a ver a Vetiver y Fleet Foxes, pero el cierre que se nos había preparado en el centro de la ciudad fue de altura. Abrieron filas Autumn Comets, que nos sorprendieron agradablemente con sus hermosas melodías folk, sus riffs herederos del postrock (en algunos momentos, muy al estilo de Explosions in The Sky), y en algunos momentos, ritmos tropicalistas sorprendentes. Su condición novel se manifestó con algunos problemas técnicos que no tuvieron reparo en explicitar, así como con constantes bromas entre la familia bien avenida (y numerosa) que han creado sobre el escenario. Otro error de novato: no traer ninguna copia de su A Perfect Trampoline Jump; aunque el público era realmente escaso, desde aquí damos fe como mínimo una habrían vendido.

Les llegó luego el turno a las lolitas de esta edición del Primavera Club, a dos hermanas jovencísimas armadas una con descaro y con una guitarra la otra, al dream pop de baja fidelidad ochentero. O lo que es lo mismo, a Puro Instinct, el grupo de las angelinas Piper y Skyler Kaplan, que venían a presentar (apadrinadas por el antes mencionado Ariel Pink) su debut, Headbangers in Ecstasy, acompañadas por dos músicos también cuasiadolescentes al bajo y bases. El concierto, sugerente y dominado por la imagen entre aniñada, perturbadora y quizá excesivamente afectada de la rubia Piper, se centró en este primer disco y algunos temas todavía poco rodados en directo. Funcionaron especialmente bien temas como Silky Eyes o el cierre con Stilyagi, pero por ahora la propuesta resulta algo tediosa en un concierto completo. Sin duda habrá más oportunidades de ver su evolución en directo.

Y finalmente, quedaba ya sólo un nombre para poner el broche a cinco días de festival; y a priori, era uno de los que teníamos marcados en mayúsculas por lo apetecible de su Past Life Martyred Saints. Estamos hablando, claro está, de Erika M. Anderson, aka EMA. Pero si hablábamos antes de St. Vincent y de cómo nos conquistó en directo sin ser grandes fans de su propuesta, lamentablemente en el caso de EMA no se cumplió la misma premisa. Hubo mucha más postura que garra, más ganas que hechos, más querer que poder. Quizá fue el cuerpo, que nos pedía ya retiro, o haber leído comentarios más que positivos de su paso por Madrid, pero en una La [2] más que tibia a esas horas de domingo, la violencia, oscuridad y desgarro de su disco de debut se diluyeron bajo la atracción a medio gas que emana Anderson. Comparada con grandes damas del rock como PJ Harvey o Patti Smith, y siendo conscientes que el listón se le ha puesto muy alto, por ahora su propuesta nos convence mucho más desde casa.

Pasados ya unos cuantos días, y analizado con la distancia pertinente, nos quedamos en general con la sensación de haber vivido un Primavera Club que a pesar de no contar quizá con tantos nombres de relumbrón como en anteriores ediciones (con el permiso de Malkmus y Superchunk), ha sido uno de los más disfrutables en su esencia de festival destinado a descubrir música y degustarla en petit comité. Como debe, o debería, ser.

Foto: Primavera Sound (Dani Canto)

 

 

 

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