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Crónica Faraday Tardor 2011

Autor: | @indienauta

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LOS FESTIVALES NO SON (SÓLO) PARA EL VERANO

 


“Qui n’ha begut en tindrà set tota la vida”. Así reza una de las canciones más populares de Mishima, un grupo que pasó por el festival Faraday en el 2008, y también podría ser el motivo que justifique la aparición, como deliciosas setas, de diversas ediciones otoñales de algunos certámenes de verano. Y es que si bien es cierto que el grupo catalán seguramente hablaba del amor en esta canción, la música también es un tipo de amor, en estado muy puro: así que quien ha bebido de ella, tendrá sed durante todo el año. Y cuando viene el frío, es momento de dejarse de cervezas en la playa y dedicarse a degustar cócteles “delicatessen” en copa de balón (aunque a pesar del símil, e invariablemente, sean las marcas cerveceras quien patrocinen tales eventos).

Esta ha sido la filosofía del primer hermano pequeño del Faraday de Vilanova i la Geltrú, celebrado los días 4 y 5 de noviembre: una carta nacional seleccionada con gusto y gracia, para degustar a sorbos arropados por la impecable acústica del auditorio Eduard Toldrà. La primera de las jornadas arrancó, en un más que estricto horario europeo que nos impidió llegar a tiempo para el pistoletazo de salida, con Anímic. La formación presentaba en directo Hannah, el proyecto creado conjuntamente con el tejano Will Johnson por encargo de otra de las (ya no tan pequeñas) perlas del panorama festivalero catalán, el popArb; aunque en esta ocasión, ya sin la voz profunda de Johnson en el escenario.

Quien les tomó el relevo fue un buen amigo suyo: Pau Vallvé, que precisamente estuvo con ellos en la presentación del disco el pasado junio en el Heliogàbal de Barcelona. Personalidad hiperactiva como pocas en el panorama alternativo catalán, Vallvé presentaba en el Faraday (nada menos que) su sexto disco firmado con nombre y apellidos, al margen de los trabajos realizados con u_mä o bajo el “alter ego” de Estanislau Verdet (de los cuales también repasó temas como L’all ho és tot per als anglesos o la delicada Ni tu ni jo). Disculpándose por una gripe que, dijo, le había tenido en casa durante toda la semana (y que su voz en directo no acusó lo más mínimo), usó precisamente este instrumento tanto para cantar como para disparar con balas de plata contra casi todo: prensa musical incluida. Se lo disculpamos porque si alguien es el principal objeto de sus afiladas burlas, es él mismo: si durante la hora que duró el concierto anunció alguna canción como “la buena”, fue únicamente al versionar a Radiohead. Habría atacado otra buena canción (siempre a su irónico entender), si la falta de tiempo le hubiera dejado presentar en directo la hermosa versión del All is full of love de Björk que incluye su último trabajo; pero con espacio solamente para un tema más, dejó escoger al público, que prefirió “la mala”, es decir, su Molt Bé. Acompañado por su amado “looper” y una banda de grandes (su inseparable Maria Coma, de quien ha producido el último trabajo que recomendó en directo; Jordi Casadessús al bajo y xilófono; y el estupendo Nico Roig que improvisó un peculiar “slide” con un destornillador), fue una de las más agradables sorpresas del festival. A pesar de su propia opinión respecto consigo mismo, su repertorio le confirma como un músico con gusto, sensibilidad y sentido del humor; lo que no es precisamente poco.

Quien también sorprendió a algunos al presentarse en solitario fue una personalidad sin la cual sería imposible comprender la actual escena catalana, si es que algo como eso puede definirse como un conjunto: el galáctico Jaume Sisa. “El fill del mestre” consiguió abarrotar el auditorio de un público de trentaytantos o veintimuchos, que posiblemente tuvieron a sus padres en el Canet Rock de 1975 prohibido por el franquismo. Hoy en día, es probable que lo único que tenga para ofrecer Sisa sea el mito; más aún, al aparecer solamente armado con una guitarra y vaciando de melodía canciones como Maniquí o Maria Lluna. Su propuesta, en la que repasaba el cautivador Qualsevol nit pot sortir el sol, es ahora algo más parecido a un recital teatralizado que a un concierto al uso, lo que sin duda nos desconcertó a unos cuantos; pero siempre nos quedará el cierre con la canción homónima y el poder pegar en nuestro particular álbum de “Artistas vistos” su cromo. Aunque sea en su faceta de cuentacuentos.

La propuesta noctámbula se trasladaba del Eduard Toldrà a un envelado que acogió las sesiones de Fish & Rocks, Love of Lesbian DJs y DJ Delafé. Precisamente este último nos merece una mención especial, porque a pesar de las reticencias con las que (confesamos) habernos acercado a su propuesta, demostró no solamente técnica sino un gran y desacomplejado criterio de selección: del “reggae roots” al funk, pasando por una gamberra maleta noventera para cerrar festivamente la primera noche.

 

Sábado de desgarro y despedidas

Siguiendo la tónica del día anterior, el Faraday no dio concesiones a los crápulas nocturnos y arrancó su segunda jornada a las seis de la tarde con los más jóvenes del cartel: los mallorquines The Marzipan Man. El proyecto de Jordi Herrera ha evolucionado desde el tono íntimo de The Marzipan Man Stories (2007) a una propuesta a caballo entre psicodelia, garaje y shoegaze que le ha llevado incluso al Festival de Benicàssim. Con algunos problemas de sonido a sus espaldas, intentaron suplir con descaro y actitud lo que probablemente solamente conseguirán con el tiempo: tablas. Acompañados de unas imaginativas proyecciones de marcado tono onírico, quedó claro que la insultante juventud no siempre puede con todo cuando Herrera confesó “tener vergüenza de cantar” antes de atacar a todo gas Mi próximo movimiento, de los mexicanos Él mató a un policía motorizado. Los gurús londinenses de Rough Trade han avalado con elogios este Adventure al que vale la pena no perderle el ojo, pero por ahora sus directos se quedan en un “apuntan maneras”.

Surgidos no de las Baleares, sino de pisos particulares y azoteas, les siguieron 4t 1a: un grupo que inició su singladura folk actuando en domicilios, y al que el beneplácito de una ávida parroquia nacional y numerosas emisoras de radio patrias les están facilitando una intensa gira, ahora ya también en escenarios al uso. Por ahora, las composiciones de su EP El Capità Poc i altres herois urbans se defienden mejor en “petit comité”, pero como en el caso de The Marzipan Man, deberíamos dar algo de tiempo al tiempo. No por algo el Faraday ha elaborado su cartel dando un voto de confianza a nombres emergentes.

Pero como no solamente con promesas se llenan los auditorios, los de Vilanova guardaron para el final los grandes nombres; al terminar los 4t 1a, muy pocos se movieron de sus asientos esperando la aparición del aclamado Nacho Vegas. Al margen de lo estrictamente musical, es de justicia comentar aquí que un error en la página web del festival causó que no pocos creyeran que era el turno de Astrud (quienes en realidad clausuraban el encuentro), perdiéndose al de Gijón. Si bien la organización procedió de inmediato a la devolución de la entrada para los que llegaron tarde, pudimos ver algunas (y más que comprensibles) caras de decepción en la entrada.

Ciñéndonos ahora al escenario, era precisamente del tipo que mejor le sientan a la voz rasgada de Vegas: distancias cortas y espacios cercanos para sentir sus canciones (y dolerse con ellas). Precisamente, a medio repertorio (que inició con su versión de El extranjero de Leonard Cohen) puso de manifiesto lo que muchos pensábamos: “Mola mucho escuchar música sin estar en un pedregal”. Así fue como recordó su paso por el primer Faraday, allá por el 2004 y presentando su segundo disco, y manifestó haber crecido paralelamente a un encuentro que también ha confiado en él en su primera edición de otoño. Con una puesta en escena muy íntima, en acústico y con la compañía impagable de Abraham Boba (teclados, acordeón y coros) y Xel Pereda (guitarras, banjo y mandolina), se centró especialmente en su nuevo trabajo, La zona sucia, brillando especialmente en temas como Cuando te canses de mí o la muy intensa La gran broma final. Y es que desengañémonos, todos los fans de Vegas recurrimos a él precisamente en nuestros momentos más bajos (“¿estamos tristes porque escuchamos música pop, o escuchamos pop porque estamos tristes?”, que nos plantearía Nick Hornby). Se oyeron aplausos espontáneos al arranque de Días extraños, y de triste complicidad cuando el asturiano anunció que su mini LP Cómo hacer crac, del que adelantó el tema homónimo, se publicará el 21 de noviembre, “día en que todos celebraremos que hemos perdido una vez más”.

Pero si bien es cierto que las incursiones de tintes reivindicativos de Vegas siempre son bienvenidas y celebradas por su público, lo que realmente se espera de él es su desgarro compartido; así pues, de este concierto íntimo y tremendamente disfrutable (dentro del placer por el dolor) las cotas de mayor intensidad se alcanzaron con Canción de palacio #7 y una maravillosa interpretación de Ocho y Medio que cerró una actuación memorable, en un formato en el cual (por desgracia) Vegas no se prodiga tanto como sus seguidores desearíamos.

Si creíamos que con Astrud el nivel emocional decaería, nos equivocábamos; y no solamente porque el abrigo del Col·lectiu Brossa le dé una dimensión completamente distinta a las composiciones de Manolo Martínez y Genís Segarra, sino porque este concierto supuso el adiós (como mínimo, durante dos años) del dúo barcelonés. Y es que en esta ocasión y sin que sirva de precedente, El hombre que lo hace todo en España, ese “gilipollas que reparte las becas”, ha querido repartir con tino y le ha otorgado una a la voz de Astrud, que se traslada a Nueva York durante este periodo de tiempo.

Lejos de convertir su adiós en melancolía, el dúo hizo gala de su habitual sentido del humor con Genís como maestro de ceremonias, y a menudo a los virtuosos del Col·lectiu como víctimas de sus pullas. Con acordeón, cello y vibráfono, piezas como Lo popular o “crowd pleasers” (en palabras de Genís) como Miedo a la muerte estilo Imperio se transforman hasta lo indecible. Y tras un año de rodaje de este peculiar proyecto, la máquina está más que bien engrasada, incluso para conseguir espacio en Vertedero de Sao Paulo para un solo de viola de rueda, o para dejar boquiabierto al personal con la delicadez de Minusvalía.

Se acercaba el final del que fue el concierto más largo del festival cuando Genís hacía la segunda referencia del día a las elecciones del 20 de noviembre, ironizando con el hecho que “Manolo nos deja con Mariano”; quedaba tiempo todavía para hits como Noam Chomsky o el Todo nos parece una mierda con que iniciaron los únicos bises que se permitieron en esta edición del Faraday. Y aunque el concierto estuviera teñido del habitual tono irreverente de los Astrud, que no dejó lugar para las sensiblerías, al cierre sí se vieron unas más que comprensibles lágrimas en el escenario: en los días posteriores al festival, éstas también se han dejado sentir por parte de sus seguidores. A Astrud les añoraremos seguro, a la espera de saber si lo del pasado 4 de noviembre fue un “adiós” o un “hasta pronto”; lo que esperamos es no tener que echar de menos próximas ediciones del Faraday Tardor, porque cuesta muy poco acostumbrarse a lo bueno.

Fotos: Festival Faraday Tardor

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