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Crónica del SOS 4.8 2012

Autor: | @indienauta

sospulp

Hay quien rige el paso del tiempo por los cumpleaños; habrá todavía algún último romántico (quizá) que se fije en la eclosión de ciertas flores; algunos cuentan los meses con un ojo puesto en el calendario escolar; y hay unas 30.000 personas que cada año se dan cuenta que han pasado 365 días cuando vuelven a entrar al recinto de La Fica que acoge, y ya van cinco ediciones, el SOS 4.8 de Murcia. Un festival que si bien dio sus primeros y tímidos pasos más por las ganas de festivalear de la hibernada concurrencia que por cartel, en esta edición ha plantado cara con orgullo hortelano a grandes y veteranas propuestas del panorama nacional. No en vano, los grandes cabezas de cartel de esta edición lo fueron el año pasado de algunas de las citas más y mejor consolidadas de nuestro país.


Las puertas se abrieron a las seis de la tarde (aunque ya sonaban sesiones de DJs desde el mediodía) y los encargados de comenzar a darle color a la tarde fueron los chicos de Perro, ganadores del concurso TalentoSOS, lo que les aseguraba su presencia sonora en esta edición. Pese a que la hora no acompañaba, no fueron pocos los que se dieron cita en el escenario Jägermeister para dejarse llevar por la conjunción de pop melódico, sutiles letras y por supuesto, el espíritu punk que tanto identifica a su sonido. Es notable la evolución musical de los ex Vida de Brian, palpable en su EP Alhabama, con temas como Terrorista del zapping o Popera que tanto hicieron moverse al personal. Su actuación supuso la confirmación de que la huerta de Murcia no sólo produce buenas verduras. El gen pop se traspasa a ritmo de epidemia y sobre todo, a base de mordiscos de estos canes con insaciable apetito.

Bocado muy distinto era el que esperaba el Auditorio: el de Matthew Herbert y su One Pig. Cuando uno se enfrenta a Matthew, aconsejan los facultativos que se haga dejando los prejuicios en casa. Y eso hicimos, tomando asiento temprano en un concurrido auditorio que viviría allí uno de los momentos más especiales de esta edición de SOS. Bajo una espectacular puesta en escena, el británico explicó con sonidos el ciclo de vida de un cerdo, desde su nacimiento hasta que es engullido por los comensales. Y lo hizo a base de precisos samples de tinte electrónico, profundas percusiones y atmósferas infinitas, todo ello de la mano de un cuarteto de científicos cuyo fin era examinar cada beat y experimentar con ellos hasta la extenuación. Ni mucho menos supuso un concierto más, sino que fue una renovación conceptual de la palabra “música”. Nos dejó perplejos a la par que satisfechos, y con la seguridad de que estas propuestas son necesarias para que SOS 4.8 crezca y no sólo se centre en los ritmos más comerciales.

Dice el tópico que a Nacho se le exprime mejor en escenarios pequeños e intimistas. Es cierto. Pero eso no anula que, con su vasto repertorio, pueda adecuarse a un festival de gran tamaño y salvar dignamente el corte. Y es lo que hizo. Suyo fue el honor de abrir la primera actuación de renombre del SOS 4.8 2012. Ante un público aún poco comunicativo reunido ante el escenario Levante, afiló sus elegantes composiciones apoyado en el sempiterno Abraham Boba al teclado. Empezó rayando alto con La gran broma final y tiró del Cómo hacer crac. Momentazos líricos con Perdimos el control y La noche más larga del año. Antes de retirarse, soltó una perlaza: “Dicen que el rey del pop era Michael Jackson. Para mí, es Stephen Merrit, y está tocando ahí enfrente…”. ¿Maldiciendo que le tocase solaparse con los Magnetic Fields? Chi lo sa…

Con The Kills no sabes a qué atenerte. Si a la contundencia de su sonido y la calidad vocal y escénica de la diosa indie multiteñida Alison Mosshart, o al tufillo a parafernalia prefabricada que despiden a veces. Sí, nos referimos a esos cuatro percursionistas autómatas disfrazados de bandoleros macarras que trajeron a Murcia. Esta vez, su blues-rock oscurillo fue más rock que blues, lo que en un concierto de formato reducido y con la gente aún cargada de pilas (tocaron a las 20:45h.) fue de agradecer. No wow y My heart is a beating drum abrieron hueco al dub violento de Satellite o la sensual Black Balloon, antes de que apuntalar una actuación muy sólida con la salvaje Fuck the People y la píldora relajante de Monkey 23. La Mosshart, una tigresa sobre fondo de leopardo, sacó el sobresaliente pese a su manía de soltar lapos. Jamie Hince estuvo convincente aunque calzase chupa de cuero con chorreras. Hasta los cuatro tamborileros chungos le dieron un toque casi salvajemente cavernícola al show. El contenido primó sobre el continente. Conciertazo.

Los Friendly Fires fueron una piruleta que supo bien, pero a poco, especialmente por el horario en que se programaron. Poco beneficiados de un entorno solar y por las ganas del respetable de ver a Jarvis Cocker y a los suyos, seguramente la propuesta hedonista y festiva de Ed Macfarlane hubiera sido mucho mejor bienvenida con plena nocturnidad; más aún, teniendo en cuenta que una de las opiniones mayoritarias, al cierre de este SOS, fue que la calidad y variedad de la propuesta en horario canalla habían bajado respecto ediciones anteriores.

Disquisiciones estratégicas al margen, los “fuegos amigos” supieron sobreponerse por calidad a las adversidades del hábitat y alzar el escenario Levante por primera vez en esta edición: la energía desbordante y contorsionismo de Macfarlane son, como poco, infecciosas. Los ritmos sincopados de temas como Paris y el groove inyectado en sus composiciones más funk tuvieron rápida respuesta entre el público. Olas bailarinas, manos alzadas y cánticos. ¿What else?

A esta pregunta sólo se puede responder con un nombre: Jarvis. Y es que con puntualidad tan british como su atuendo, y tras ser anunciado a golpe de neón en las proyecciones que enardecieron durante unos minutos la expectación de la audiencia, el líder de los Pulp saltaba al ruedo cumpliendo el deseo de muchos que no le habían visto más que en vídeos. Aunque adjetivos como “carismático”, “elegante”, “teatral” o “irónico” se le hayan aplicado ya más de un millón de veces, podrían seguírsele dedicando hasta la extenuación sin perder su sentido. Con un repertorio muy similar al del pasado Primavera Sound (en el que constó Like a friend como nueva, y muy agradecida, incorporación), esa posible comparación fue el único punto negativo de un concierto sin ningún “pero” para quien nunca hubiera gozado de la “experiencia Pulp”: pese a un ramillete incontestable de hits (si arrancar con Do you remember the first time no garantiza el éxito, nada lo hará), parecía que el público no estuviera
lo suficientemente conectado. Aun así, Disco 2000 o el éxtasis de Common People podrían alzar hasta a los muertos, y sin duda el de los británicos quedará marcado en la memoria de muchos como uno de los conciertos del año.

Y si bien la jornada nos dejó un estupendo sabor de boca en los escenarios Levante y Jäger, mucho se ha hablado en esta edición de las anulaciones de última hora detrás de los platos, y de la ausencia de representación indie en la faceta más noctámbula del festival. De este modo, quedaría como una de las presencias destacables de esa noche la de de Eme dj, que amplió su horario debido a la ausencia de uno de los más esperados de la noche, SebastiAn; y de los siempre efectivos Buffet Libre. Aunque el DJ más sorprendente de la primera jornada de festival fue John Talabot, quien con sus ritmos más cercanos al house y al disco puso el toque elegante a una noche de lo más pistera.

Sábado: del éxtasis post – rock a la parafernalia psicodélica

Nos permitimos un arranque de la segunda jornada avanzada ya la tarde y de la mano de los londinenses Yuck, que se convirtieron para muchos despistados en una de las más gratas sorpresas de esta edición a golpe de guitarra y nostalgia. Tan disfrutables en directo como en sus discos, la potencia de temas como The Wall o Get Away sonó vibrante en escena, y consiguieron que incluso la lluvia pareciera bendecir la melancolía de sus temas más lánguidos. A tenerles muy en cuenta (almas sensibles, abstenerse o tomar en pequeñas dosis).

Los organizadores plantearon la difícil disyuntiva de elegir entre Bigott y Antònia Font y a los mallorquines que nos fuimos. Su propuesta es luminosa y el cielo murciano decidió pasarla por agua. Pero no se dejaron. Me sobren paraules (con su “esternocleidomastoideu”) y Coses Modernes de primeras, para calentar, y el primer contacto con el público fue con la animalada de Islas Baleares y su última parrafada metalera con el bajista de Entropía. A esas alturas, y con Alegria, el público ya coreaba en catalán las canciones, con Pau Debon desatado. Subidón maximizado con el ritmillo techno de Wa Yeah!. Se marcharon con la mágica Calgary 88 y sus técnicos pinchando el temazo de Modern Talking del estribillo. Como por magia, Antònia Font hizo desaparecer los paraguas…

Por desgracia, las almas que decidieron quedarse en el escenario Jägermeister a gozar de la delicadeza de las canciones de los discos de Klaus & Kinski no la encontraron en directo. El debate sobre la solvencia de Marina Gómez sobre el escenario es ya tan largamente cacareado (incluso por ella misma, con gran sentido del humor, a través de las redes sociales) que ya no sorprende que sus exquisiteces pop se pierdan en el directo. Jugaban en casa, eso sí, y gracias a eso la vocalista se atrevió a admitir que pese a no disfrutar normalmente del directo, esa tarde quería invitar al respetable a “su verbena”. De nuestra parte, nosotros preferimos quedarnos con el Herreros y Fatigas sonando en los altavoces de nuestro comedor.

Pero lo que vendría a continuación tiene que verse, vivirse, en directo. Al SOS llegaron el Ruido y la Furia, fuerzas atávicas encarnadas en siluetas iluminadas por la enorme luna llena. Descendieron (o se alzaron) los Mogwai. El post – rock es una experiencia unitaria e íntima. Introspectiva. Y con tal mantra afrontó el público, más respetuoso que nunca en esta edición del festival, el vendaval de belleza y fuego que supone ver a los escoceses en directo. Como en sus anteriores conciertos en nuestro país, afrontaron la primera parte de la ceremonia con el Hardcore Will Never Die, But You Will como piedra de toque (algunos desajustes técnicos a punto estuvieron de privarnos de Rano Pano, extrañamente cortada en una primera acometida), pero tal es la cadencia melódica del grupo que no sentimos ansia de grandes titulares antes de hora. Se trataba de disfrutar, y de dejarse llevar por el tsunami sónico: como lo ha sido siempre. Sabíamos que llegarían, tarde o temprano, I’m Jim Morrison, I’m Dead, Haunted By A Freak o esa bestialidad que se llama Mogwai Fear Satan. Stuart Braithwaite rasgando tímpanos, rompiendo almas. Nos entristecimos estando felices; fuimos felices sintiéndonos tristes. “Long live, Mogwai”.

Les seguirían otro plato fuerte de este año: The Flaming Lips. A la hora de afrontar una actuación de los de Oklahoma, afecta en demasía el hecho de si anteriormente se les ha visto o no. Y decimos esto porque la que arman sobre el escenario, con psicodélicas visuales y un nutrido grupo de danzantes caracterizados de El Mago de Oz y otros filmes, impresiona hasta al más pintado. Ahora bien, si se ha tenido el placer de degustarlos en otra ocasión, resulta algo cargante toda la parafernalia de su performance que por momentos, deja a la música en un segundo plano. Pese a este dato, si nos ceñimos a la música siguen rayando a un nivel altísimo, y cuando tocan para finalizar la increíble Do you realize?, uno siente que por mucho que la puesta en escena sea discutible, jamás dejarán de ser eternos.

El Columpio Asesino es uno de los grupos más en forma del país. Una especie de Muhammad Alí depravado y puesto hasta las cejas que te pican como una avispa enrabietada con guitarrazos y sintetizadores en lugar de puños. A los pamploneses los tocó el coqueto escenario Jägermeister y mientras Wayne Coyne le daba al confeti, Álvaro Arizaleta y su prole escupieron veneno. Empezaron agresivamente con la anorexia, grasa de cerdo y perros reventados en el arcén de Floto. Luego diseccionarían su último trabajo (Diamantes) y brillarían inquietantemente con Un arpón de grillos. Pero algo no iba bien. Entre el público se oía: “Están más paraditos que de costumbre”. Incluso en Toro, con Common People la canción más esperada del festival, sonaron poderosos pero menos convincentes. Se les notó algo incómodos y hurtaron cinco minutos al respetable (chaparon el tenderete a las 1:10 horas y el planning les programaba hasta y cuarto). Triunfadores, pero no olvidamos ese pequeño coitus interruptus…

Superadas las inclemencias meteorológicas y bien entrada la madrugada, era el momento exacto para recibir las dosis de endorfinas que Guille Milkyway se encargó de mandar al público a través de unas sorpresivas proyecciones (¡Nina Simone!), y con el repertorio de todos sus conocidos éxitos, como “Colisión Inminente o Superguay, que no por obvios dejan de ser efectivos. El momento cumbre llegó con La Revolución Sexual, siendo muy pocos los habitantes del escenario Jäger que no acabaron con una sonrisa en la cara y con la sensación de que habían hecho lo correcto no acudiendo a Love of Lesbian, que actuaban a la misma hora.

Aunque para ser honestos, la misma premisa podría aplicarse a los que optaron por los de Santi Balmes, que se dieron (con permiso de los Pulp) el baño de masas más meritorio de esta edición del festival: cantando con “eñe”, fueron los únicos que se alzaron al olimpo de los cabezas de cartel. Y es que tanto los miembros del club de fans de John Boy, como los escépticos que se acercaron a escuchar las composiciones de su nuevo disco, tuvieron su ración de mainindiestream esa noche.

La noche la redondearía Matthew Herbert, que en su faceta como DJ hizo gala de su eclecticismo musical y su peculiar forma de entender el amplio campo electrónico; y Brodinski, sin duda el más contundente de todo el festival, supo aunar el techno más oscuro con los nuevos ritmos cortados que dominan Europa. Y a partir de ese cierre, que soplen velas, que corten flores o que pasen hojas del calendario los que midan así el paso del tiempo; en Indienauta, lo que hicimos esa noche fue poner el contador a cero para empezar un nuevo año de festivales.

 

 

 

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