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Vinicio Capossela, Teatro Calderón, Madrid (27-10-2015)

Autor:

La fiera colosal

Era la primera vez que veía a Vinicio Capossela, nacido en Hannover, pero italiano de los pies a la cabeza, un italiano del sur. Un italiano atemporal, de esos que tienen mucho de otras épocas, que se empapan de otras culturas: no es casual que invite al escenario a los Mariachis Mezcal mejicanos o que en su banda esté el excelente guitarrista Víctor Herrero.

Y lo que ofrece en vivo este maestro de lo inútil, de lo inquisitorio, del amor y de la fiesta cantinera…. es canela fina, es colosal. Tras dos horas de espectáculo puedo decir que sus conciertos son un torbellino, un tornado de sensaciones. Desde ese momento en el que apareció ataviado de una máscara diabólica, en una especie de exorcismo rock. Y sale Tonino Carotone, el navarro, vestido de torero atípico y hace como si matara a la bestia. Y aparece Capossela.

Capossela impresiona, porque es un animal de escena, porque consigue que su banda te atrape en sus directos (dos guitarristas, contrabajo, baterista, theremin / xilófono / percusiones, efectos, y Capossela a la guitarra, voz y piano de cola), con esas luces, que van de lo cenital a la energía más caótica, del minotauro a la calma, de sus sombreros de mormón a los de bobby, en una especie de ceremonia surrealista y libertaria, que recorre la música latina, hasta la mediterránea, el rebetiko griego, el blues, el jazz. de Un italiano que lleva una banda de Mariachi en su gira, los Mariachi Mezcal, que versiona a Atahualpa Yupanqui (“Los Ejes de Mi Carreta”), que toca la “Canción de las cosas Simples”, que recupera a Matteo Vicento o deja que los Mezcal recuerden “La golondrina”.

Canta a la luna (“Signora Luna”), a la chulapa emperatriz de Lavapiés (“Con un rosa”), al mar (“Polpo d’amor”), o al  siempre con el amor sostenido, sosteniendo el conjunto (“Che Cossé l’Amor”), o deshaciendo el todo, cavando en la pena (“Pena de l’Alma”) o en el abandono (“I Pianoforte di Lubecca”). Se inspira en el ‘Viaje al fin de la noche’ del escritor francés Louis Ferdinand Céline para componer “Descervellamento”. O critica al poder en “Marajà”. Todo asombroso, colosal, un vendaval de emociones y de sonoridades diversas y dispersas, de distintas latitudes. Porque la música atraviesa fronteras. Su género, transfronterizo, atraviesa, llega para quedarse, para agitarte, para hacerte bailar o para reflexionar y sentir hondo. Algo colosal. Algo libre e inclasificable, como la vida misma.

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