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Thurston Moore Group, Sala Copérnico, Madrid (22-11-2017)

Autor:  | Google+ | @curtillo

Una de las cosas que hace grande (a parte de su estatura) a Thurston Moore, es que, tras cuatro décadas en el mundo de la música, todavía sigue siendo capaz de sorprender. Y no digo que sorprenda a una persona que se lo encuentre por primera vez en directo, porque aquí, un servidor, tiene una decena de conciertos de Sonic Youth a sus espaldas, y otros tantos con sus diferentes bandas de los últimos años, y volvió a dejarme a cuadros. Y es que, si había algo con su mítica banda y que no ha perdido en su nuevo camino, es la compenetración con sus compañeros. La otra noche, muchos, tuvimos la sensación de ver a una maquina perfectamente engrasada, en la que nada falló en la hora y media que duró el concierto.

Abrió la noche el madrileño Javier Diez Ena, que ha pasado por grupos como Dead Capo, Ginferno y Forastero, y que desde hace un tiempo va por libre. Además, lo hace con una propuesta un tanto arriesgada, porque el gran protagonista de su música es el Theremin, un instrumento un tanto difícil, con el que Diez Ena sorprendió al público. Su show apenas duro veinte minutos, pero le dio tiempo a tocar cuatro canciones propias, y una particular versión del ‘Caravan’ de Duke Ellington. Todo regado con unos cuantos loops, y unos vídeos que le había hecho una amiga para lo ocasión. Curioso cuanto menos.

Sobre las 21:30h salieron al escenario Thurston Moore, Steve Shelley, Debbie Googe y James Sedwards, dispuestos a desgranar parte del nuevo repertorio del norteamericano. Como pudimos ver en su presentación en acústico de hace unos meses, casi la totalidad del concierto se basó en “Rock N Roll Consciousness”, el cual cayo entero. Aunque sí es cierto que, la primera bofetada sonora, llegó de la mano de ‘Cease Fire’, esa canción dedica a Trump que no llegó a entrar en su último disco. Aquí ya pudimos ver por dónde iban a ir los tiros a lo largo de la noche. Y es que, por un lado, vimos la compenetración de Moore y Sedwards, que, con sus guitarras bien afiladas, y sus escalas imposibles, dieron un auténtico espectáculo. Incluso contaban con lo que podríamos llamar una especie de coreografía, en la que se acercaban al borde del escenario cada vez que tocaba una tormenta sonora. Sin embargo, por el otro, teníamos a Shelley y Googe, la base rítmica perfecta y absolutamente compenetrada. Y es que, aquí, las tablas y los años de experiencia entraron en juego.

La larga duración de sus canciones, hace que su repertorio no pase de los diez temas, pero se podría decir que esos temas están compuestos de muchas partes. A excepción de ‘Cusp’, que debe de ser uno de los temas más pop de su carrera, todas las demás canciones son de largo desarrollo. Y si a eso a le añadimos alguna que otra especie de jam session de puro ruido, nos encontramos con una autentica catarsis sonora. Así, uno se puede ir quedando con cachitos del concierto, como el arrebato acelerado de ‘Turn On’, que es puro Sonic Youth, o la delicadeza de ‘Smoke of Dreams’. Aunque nada como la pelea de instrumentos que precede a la parte más acelerada de ‘Exalted’, con la que dejaron sin tímpanos a más de uno. Y eso que el sonido rozó la perfección. Con ella cerraron la primera parte del concierto, y se fueron al camerino por primera vez.

El bis se lo guardó para recuperar su faceta más reposada y amorosa, con la muy PavementHeavenmental’, un tema que primero sacó con sus Chelsea Light Moving, y que luego terminó editando en solitario. Pero también echó la vista mucho más atrás, concretamente a 1995 y a su disco “Psychic Hearts”, del que cayó la enorme ‘Ono Soul’. Eso sí, adaptándola a su nueva forma de hacer música, e incorporando una orgia ruidosa a mitad de canción. Dejando claro que, tras casi cuarenta años de carrera, cuando se trata de distorsión, no hay quién le supere.

Fotos: Adolfo Añino

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