Publicidad

The Tallest Man On Earth, Joy Eslava, Madrid (08-02-2016)

Autor:

Estoy mayor, vaya eso por delante. Ya tengo esa edad en la que uno asume que hay cosas que no entiende ni entenderá nunca. No me quita el sueño. Aún así reconozco que no estaba preparado para lo acontecido el pasado día 8 de febrero en la madrileña sala Joy.

Que Kristian Matsson (nombre real de quien se parapeta tras el nombre artístico de The Tallest Man On Earth) agotara todas las entradas un par de semanas antes de la fecha del concierto me pareció curioso (no se trata de un artista que haya tenido mucha promoción en nuestro país y el neo-folk de/para barbudos hace ya tiempo que dejó de ser “the next big thing” (además el precio de las entradas tampoco era muy low-cost). Por supuesto me alegré por él. Ya haciendo cola para entrar en la sala me percaté de que casi nadie de los presentes parecía superar la veintena. Aunque el hábito no hace al monje no es menos cierto que todos los monjes visten hábito, y partiendo de esa premisa los que me rodeaban tenían más pinta de ser de los que conocen de sobra la Joy en su modalidad de discoteca que de indies o hipsters (que era el tipo de público que esperaba encontrar, más por supuesto los inevitables despistados que no saben dónde se han metido).

Aún así lo que me encontré durante el concierto no podía haberlo imaginado nunca. Hubo un telonero, un amigo de Matsson de cuyo nombre soy incapaz de acordarme, que armado solo con una guitarra acústica tocó unas canciones de aires folkies no especialmente memorables. Poco más que decir al respecto.

Lo que vino luego fue algo que aún sigo sin explicarme. No he estado nunca en un concierto de esos que dan los grupos especialmente diseñados para el público juvenil, pero imagino que debe ser algo parecido a lo que “disfruté” la pasada noche. Gritos de “guapo”, ovaciones y aplausos para cada pequeña cosa que aconteciese en el escenario, euforia nada contenida, y sing-along (mucho).
Para mí, más que concierto fue un gran desconcierto, no sabía qué estaba pasando a mi alrededor. Una jauría de casi adolescentes cantaban a grito pelado las letras de canciones sobre rupturas sentimentales y divorcio que un pequeño sueco, con un timbre de voz parecido al de Bob Dylan, iba desgranando en el escenario. No le lanzaron ningún sujetador, pero según como estaban las cosas me hubiese parecido muy lógico. No tengo ni idea de qué tipo de público tiene en su Suecia natal o en el resto de Europa, pero él parecía estar como pez en el agua. Bromeaba, saltaba, gesticulaba, y se mostraba más “pizpireto” y teatral de lo que en un principio su música podría hacer pensar. Durante todo el concierto una sola cosa ocupaba mis pensamientos: ¿Cómo?
¿Cómo ese desenfrenado público post-adolescente había entrado en contacto con esa música? ¿Cómo la habían hecho suya siendo, en principio, algo tan alejado de lo que suele interesar a la mayoría de los jovenzuelos patrios? Misterio.

Por supuesto estar rodeado de tal grupo humano dejó innumerable número de bonitas anécdotas. El corrillo de niñas pijas hablando sin parar sobre sus cosas, el pánfilo que tiene que intentar hacerse el gracioso cada 5 minutos, el mismo pánfilo que ameniza la velada pasando de un lado a otro de la sala continuamente molestando lo más posible, y por supuesto “joyas” entre los comentarios de los asistentes: “¿Porqué cambia tanto de guitarra? ¿Es que suenan diferente?”. Señor dame paciencia (me repetía a mí mismo).

El concierto en sí (algo en lo que no pude concentrarme todo lo que me hubiera gustado dado lo “hostil” del entorno), no estuvo nada mal. De hecho estuvo bastante bien. Tanto arropado por su banda de multi-instrumentistas (entre cuatro músicos se repartieron guitarra eléctrica, violín, bajo, batería, teclados, y steel guitar) como solo con su guitarra, Kristian demostró ser un intérprete y un frontman más que solvente (incluso mostró algún ademán de aspirante a estrella que yo desde luego no esperaba). En el repertorio elegido para la noche incluyó canciones de sus cuatro discos publicados, y curiosamente (otra sorpresa más) la “chavalada” que abarrotaba la sala recibió con más emoción los temas antiguos (más propiamente folk) que los del último disco (con más arreglos y un sonido bastante más pop).
Si tienes una canción titulada “King Of Spain” y tienes un concierto en Madrid es casi obligación tocarla. Y lo hizo, con las luces de la sala en modo “disco” y con el consiguiente subidón hormonal por parte del respetable (si hubieran caído globos y confeti del techo hubiera sido como una versión reducida de un concierto de Coldplay). Breve retirada del escenario, vuelta para los bises, última gran ovación, y baja el telón (literalmente hablando).
Los fans (es la palabra más apropiada) dejan la sala con cara de satisfacción (“salgo enamorada”  le decía una chica a sus, seguramente también enamoradas, amigas). Yo salgo sin saber muy bien que ha ocurrido.

Damien Rice y Mark Lanegan tienen ya fechas para tocar próximamente en Madrid. Me da un poco de miedo ir y encontrarme adolescentes con carpetas forradas con fotos del ex Screaming Trees.
Ya he dicho que estoy mayor, ¿verdad?

To Top