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The Goo Goo Dolls, La Riviera, Madrid (21-07-2018)

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Como el fantasma de las navidades pasadas, Johnny Rzeznik y Robby Takac llevaron de la mano a un público sonámbulo (por ende poco crítico) desde una sala La Riviera a medio aforo hasta aquello que fueron en un momento muy determinado de mediados de los 90. Señalando con el dedo los recuerdos de los asistentes y con un “Ven, acércate. Esta fue tu vida, ¿lo hiciste bien?” consiguieron una capacidad de regresión asombrosa. Se levantaron de su tumba fantasmas que creíamos olvidados: bandas sonoras de películas de Meg Ryan (todos las veíamos), sintonías de spot de tu primer coche, títulos de crédito de taquillazo de Ethan Hawk. Fantasmas aterradores, al fin y al cabo, pero de una época con grandes ventajas. En efecto, antes del pensamiento Mr Wonderful y de la ultramotivación de red social, uno podía permitirse ciertos lujos hoy impensables como tener un mal día solo por el placer de tenerlo, mirar al infinito con afectación, decir frases grandilocuentes pero de poco calado, o ponerse el Slide de Goo Goo Dolls en cassette tras un pequeñísimo desengaño.

Fuera de ese sueño, la banda paga muy caro el tributo a su época. Encontramos profesionalidad y oficio, sí. También entrega (dentro de un orden), presencia escénica y la seguridad de quien lleva muchos años en esto. Pero, ay, esas letras pretenciosas que pasan por todos los lugares comunes nos dejaron cierto desasosiego. Las introducciones de Rzeznik a “canciones que hablan de darse una segunda oportunidad en la vida” aplanan aún más el discurso. Lo que sí hay que mencionar (para bien) es el valor de Robby Takac en su papel de bajista/animador y contrapeso cómico al intenso vocalista. Y el sonido, que fue más que aceptable para las características de La Riviera.

El repertorio recorrió todos los imprescindibles de la banda. Un temprano y efectista Slide para levantar al público, fue seguido de otros éxitos como Name o Black Balloon. La versión acústica del Sympathy sirvió para sacar emociones de los asistentes y mecheros de los bolsillos. Y el colofón llegó con un coreado Iris, con los móviles del público en alto. La orgía de melancolía nineties se esfumó con una versión acertada del Give a little bit de Supertramp, sin duda lo más atemporal/actual de toda la noche. También se escucharon canciones de su último álbum Boxes (2016), más que correctas y bien encajadas dentro del repertorio. El final del concierto quizás fue demasiado abrupto, con una despedida algo fría seguida de decenas de técnicos retirando equipo, antes incluso de que el público empezara a desfilar hacia las puertas.

En un momento del taller de regresión en que se convirtió La Riviera, miré al público y me pareció ver a la lánguida Winona, melancólica y abrochada, intentando salir de entre la multitud entre los acordes de Iris y entonando el “I just want you to know who I am” con una lágrima en la mejilla. Solo pensé: “Generación X; ¡cuánto sufrías y qué favorecida salías! Por favor, no vuelvas.”

Fotos: Adolfo Añino 

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