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St. Paul & The Broken Bones, TClub, Madrid (16-03-2015)

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El soul es un estilo musical que está siendo reivindicado bastante últimamente, y cada vez son más los adeptos a este tipo de música incluso en un país como este (cada cual que interprete esto como quiera). St. Paul And The Broken Bones, septeto proveniente de Bimingham, Alabama, tocan soul clásico, clásico de verdad. Estos sureños no pertenecen a ese grupo de artistas que han edulcorado el género hasta convertirlo en la banda sonora ideal para gente a la que nunca le ha gustado realmente la música.

Las referencias musicales son tan obvias como indispensables: Ottis Redding, Sam Cooke, Wilson Pickett, Motown, Stax. Y puestos a rendir pleitesía a los grandes, tras lo musical viene lo estético y la actitud. Siete personas encima del escenario (incluyendo pequeña sección de viento), todos trajeados, y un vocalista que se une a esa tradición de cantantes conscientes de que al público hay que entretenerlo (el término showman sería lo más adecuado sin menospreciar en absoluto su gran capacidad vocal).
Paul Janeway (apodado St. Paul desde que cantaba en el coro de su iglesia), además de la necesaria voz para cantar este tipo de música como es debido, tiene una actitud en escena que remite directamente a James Brown (solo que en blanco y entrado en carnes). Janeway es gesticulante, teatral, histriónico, excesivo y (por qué no decirlo) un poco “locaza”. Baila, salta, increpa al público, bromea, se contonea, golpea el suelo con un zapato (literal), incluso tiene un guiño al mencionado Brown arrodillándose y aparentando un pequeño desmayo para después volver a retomar la canción brincando (la tradición de “falsos finales” también estuvo presente).

El concierto empezó con la banda interpretando un tema instrumental con un ligero aire funky (una banda que brilla por si misma pero muy consciente de quién es el objeto de las miradas y los comentarios), para ir calentando motores y dar paso luego a Janeway. Vestido con traje claro, camisa roja, y zapatos blancos, el orondo vocalista arrancó una ovación (antes de poder abrir la boca) que se repetiría una y otra vez a lo largo del concierto. Teniendo en cuenta sus gestos de asombro, y pese a haber tocado el día anterior en Barcelona, Paul y los suyos no deben haberse acostumbrado aún a lo caluroso (casi eufórico diría yo) que puede mostrarse el público español cuando algo le gusta (y a los presentes les estaba gustando y mucho).

Teniendo un único disco largo en el mercado el repertorio a tocar era bastante previsible, las sorpresas vinieron con las versiones. A las obvias para rendir tributo a los maestros (la trotona “Shake” de Sam Cooke, o la maravillosa “I’ve Been Loving You Too Much” de Otis Redding), se sumaron las que sorprendieron a más de uno (una irreconocible “Fake Plastic Trees” de Radiohead, o “Moonage Daydream” de David Bowie).

Dejaron su casi hit “Call Me” para los bises, y cerraron con otra versión de Redding: “Try A Little Tenderness”. Éxtasis general de músicos y público, y tras la última gran ovación de la noche el grupo se retira.

Sonaron como debe sonar un grupo de soul: potente, nítido, delicado a ratos, absolutamente épico casi siempre. Y con la gran voz  de Paul como elemento aglutinador.

Supongo que podría tildarse de simple revival, pero si se hace con esta calidad y esta convicción a mi me vale. No van a cambiar el mundo de la música, ni seguramente la vida de nadie, pero parafraseando al propio Janeway: “Creo que vamos a pasar un buen rato”. Lo hicimos, sin duda. Y algunas veces eso es suficiente, otras es casi lo único.

Alimenten su alma señoras y señores, háganlo.

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