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Savages, Sala Shoko, Madrid (20-02-2014)

Autor:  | Google+ | @curtillo

En la entrada de la sala había un cartel en el que las inglesas Savages pedían al público que, por favor, se abstuviera de grabar y sacar fotos de su concierto con el móvil. La excusa que ponían era que un concierto es una experiencia que hay que ver a través de los propios ojos y no en la pantalla de un teléfono. Estamos completamente de acuerdo con ellas, pero también es cierto que, si tachas tu espectáculo de experiencia,  tienes que poner todo de tu parte para que ese espectáculo se convierta en eso: en una experiencia. Las Savages solo lo consiguieron a ratos.

Las británicas lo tuvieron muy fácil para triunfar, pero se quedaron a medias. Aunque se mostraron impecables encima del escenario, y en eso no se les puede poner ninguna pega, los fallos de la sala ensombrecieron el resultado final. Por un lado no les consiguieron pillar bien el sonido –en muchas ocasiones sonaba todo como enmarañado–, pero peor fue juego de luces –no llevan técnico y confían en el de la sala–. Aquello fue un sin sentido: los focos iluminaban la tarima y las dejaban a ellas a oscuras, o directamente no iluminaban nada y pasábamos minutos mirando un escenario en negro. Un absurdo.

Lo importante es que estas chicas, musicalmente, lo tienen todo. Técnicamente son excelentes (sobre todo la sección rítmica, que a un servidor le dejó impresionado), y prácticamente no tienen fisuras. Además, su actitud sobre el escenario, a simple vista, no parece impostada. Jehnny Beth, su cantante, tiene carisma y sabe cómo estar sobre las tablas. Sí, es cierto que muchas de sus poses y su forma de cantar recuerdan a la Patti Smith de “Horses”, pero ¿quién no pilla un poco de aquí y de allá cuando monta un grupo? Lo que está claro es que su hype está más que justificado, y que el público conecta con ellas.

Las de Londres están llenando en toda su gira europea, y en Madrid no fue diferente. La sala Shoko estaba a reventar cuando a las 21:45 salieron al escenario tras una cortina de humo que fue el suplicio, junto con las luces, de los fotógrafos y del público del fondo. Estuvieron un poco frías en las dos primeras canciones (I Am Here y City’s Full), o por lo menos el público no terminó de entrar del todo. Pero lo solucionaron con She Will, el primer cañonazo de la noche, que despertó a más de uno. Fueron muchos los que corearon eso de “She Will, She Will”. Tras ella, vino la primera de un par de canciones nuevas que nos presentaron. I Need Somenthing You es un tema largo, demasiado denso, que no llegó a funcionar del todo. Quizá, en otro momento del concierto, hubiera conectado un poco más con el público, pero tras el calentón de She Will, fue un poco bajón. Y Strife y Waiting For a Sing, dos de sus canciones más oscuras, siguieron por los mismos derroteros. Pero tras este bajón, llegó la mejor parte del concierto.

Con un solo trabajo que no llega a los 40 minutos, en los conciertos tienen que tirar de versiones, y este no fue la excepción. Su revisión del Dream Baby Dream de Suicide fue maravillosa. Su hipnótica base rítmica y la delicadeza con la que tocaron hicieron que se convirtiera en un uno de los dos grandes momentos del concierto (el otro vendría al final). Además, fue el preludio perfecto a los quince minutos de post-punk agresivo que vendrían después. Nada más y nada menos que Shut Up, No Face, Husbands y Hit Me del tirón. Aquí sí que se pudo ver a las Savages que han recibido elogios por sus directos. En este tipo de temas son como una máquina perfectamente engrasada que suelta contundencia a chorros. Nada falla y, aunque parezca mentira, logran sorprender con algo tan manido como el post-punk.

El otro gran momento del concierto llegó justo al final y, curiosamente, fue con una canción nueva. Fuckers es el tema con el que están cerrando sus conciertos estos últimos meses, y la verdad es que es una elección acertada. Quizá se pasan con la duración (se suelen ir al cuarto de hora), pero pocas pegas más se les puede poner. El tema empieza con un bajo y con Jehnny Beth soltando lo que se le ocurre en el momento. Hasta ahí nada especial (incluso se hace un poco pesada), pero, casi sin avisar, entra la batería, el bajo va cogiendo un ritmo cercano al de un tema disco y la intensidad de la canción va subiendo y subiendo, hasta acabar en una orgía de distorsión bailable. Hasta la propia Beth se desmelena encima del escenario y, como si estuviera poseída, se echa unos buenos bailes mientras sus compañeras maltratan sus instrumentos. Una muy buena forma de acabar un concierto que no fue perfecto, pero sí muy entretenido.

Fotos: Adolfo Añino

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