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Pet Shop Boys, Poble Espanyol, Barcelona (7-07-2009)

 

Veinticinco años son muchos años, especialmente en un mundo tan volátil y competitivo como es la música pop. Y Pet Shop Boys, clásicos indiscutibles que ya hace mucho que trascendieron la etiqueta synth pop, tienen muy bien aprendida la lección de que ni siquiera con una ingente cantidad de hits como la que ellos atesoran es fácil llenar un escenario con dos personas, y han optado por enriquecer sus presentaciones enmarcándolas en un formato mucho más cercano al teatro musical que al concierto pop.


Planteado como lo que parece un viaje, la obra se inicia con montañas de cubos blancos formando dos muros. Suena por fin la intro. Dos coloridas coristas cabecicúbicas comienzan a tocar simultáneamente el teclado al ritmo de "Heart" y empieza la representación. Las proyecciones diluyen el estatismo y la monocromía del poliédrico escenario, pero no los eliminan y, como trasladado a lo musical,  las canciones nuevas del apreciable "Yes" triunfan gracias a estar arropadas con imaginativos visuales ("Love etc." a la cabeza) allí donde no lo hacen clásicos quizá demasiado contenidos.

Como trasladados a un nuevo Berlín, los muros tiemblan y caen en pedazos al grito de un "Go west" algo falto de épica pero que igualmente nos llevó, deconstrucción de los cubos del escenario mediante, a un occidente inevitablemente neoyorquino, siguiente parada del viaje.

La ilusión de la liberación (esos edificios danzantes) se difumina y Tennant viste su traje de noche. Nacen escaleras en una New York convertida en un club exclusivo, y suenan con elegancia temas lentos (magnífica "Jealousy" con el apoyo de una excelente performance de danza moderna).

Es a partir de aquí cuando comprobamos que el viaje exterior es más una metáfora del interior, cuando tras la contención, la liberación y el desencanto llega la aceptación y la celebración de la vida, puntuado por una bromista revisión de "Viva la vida" de Coldplay. Una celebración que explota en bailes y color con una enorme "Suburbia" y ya no para hasta el exceso. Y el exceso es pecado, nos recuerdan en "It's a sin", entre cubos del escenario volando al cielo y bailarines blancos en torres blancas como ángeles acusadores. Un montaje imaginativo y fantástico en su simplicidad (sólo cubos, proyecciones y cuatro bailarines) para una actuación que pasó minuto a minuto de correcta a excelente en lo musical y que concluyó en forma de esplendoroso bis con "Being boring" y "West End Girls". Contención, liberación, melancolía, celebración, exceso... al fin y al cabo son el color, la vida; nunca nos aburrimos. No con ellos.

 


Fotos: Pili Pérez


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