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Nudozurdo, El Sol, Madrid (17-04-2015)

Autor: | @Forjanes_AS

El mileniarismo va a llegar, decía Fernando Arrabal cargado de alcohol hasta las trancas. Y si le hacemos caso, la banda sonora será Nudozurdo. El trío madrileño, vehículo para las obsesiones de Leo Mateos, reforzado ahora por Ricky Lavado (pedazo de batería de los no menos potentes Standstill), se ha consolidado como un directo ineludible. Para almas sensibles, para amigos de los futuros distópicos, para apocalípticos variados.

La excusa esta vez fue la presentación de su nuevo álbum, Rojo es peligro (Everlasting Records), con un doble concierto (viernes y sábado) en la madrileña Sala El Sol. Mejor dos dosis en intimidad que buscar aforos mayores. Se agradece. Este Rojo es peligro ha supuesto una gira de tuerca casi natural hacia el nuevo lado electrónico de Leo Mateos en su proyecto en solitario, Acuario. Como allí, vuelca su habilidad para la melodía en ritmos cifrados en clave casiotone y sintetizador analógico. Las referencias religiosas, a Philip K. Dick y los textos de amor sintético siguen ahí, por supuesto. En su conversión al directo los adelgaza en un pregrabado que adereza con su guitarra y el resultado es una transición sedosa entre Sintética, Tara Motor Hembra y su último trabajo. Desde el salvaje puente que va de ‘Ha sido divertido‘ a ‘Prometo hacerte daño’ y el que sigue siendo su himno, ‘El Hijo de Dios’, dedicado a “nuestro querido amigo Rodrigo Rata”, desembocando en ‘El Grito’, el primer avance de ‘Rojo es peligro’. Un adelanto que dejó con el culo torcido a más de uno. Pero que se expande con cada escucha, apegado a estos tiempos de incertidumbre. “¿Cómo van a controlar a este grito tan gigante?/ ¿Quién quiere manejar estados? Que aprenda a trucar los dados…”. Ese amor turbio, triste y con un punto sórdidamente autodestructivo típicamente Nudozurdo estuvo reflejado en esa preciosidad que sigue siendo ‘Dosis Modernas’ y su equivalente, menos siniestro y más pop, ‘No siento el amor y tu amor es falso’.

Leo Mateos es cada vez menos Ian Curtis, aunque se altere espasmódicamente en ‘El hijo de Dios‘, y un poco más Robert Smith, sin cardado ni manierismos, con ‘Bucles Dorados’ como vínculo más patente al legado cureniano. Incluso se permite alguna sonrisa sobre el escenario. Destellos en la oscuridad.

Nudozuro_1

Nudozurdo_2

 

 

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