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Mishima, Auditori, Girona (13-04-2012)

Autor: | @indienauta

mishimagirona

Afirman Mishima en Guspira, estel o carícia que cuando el ángel de la musa nos inspira, podemos ser el aliento de un ejército divino. Fue sin duda este espíritu el que el pasado viernes dio alas tanto a la formación catalana como a la multitud expectante que se congregó en el Auditori de Girona, concretamente en una sala sinfónica de la que se tuvo que ampliar el aforo para poder dar cabida al público que esperaba escuchar por primera vez las canciones de L’amor feliç.


David Carabén, la (muy potente) voz cantante del grupo, nos contó la semana pasada en una entrevista que la gira que arrancó el viernes se ha pensado específicamente para teatros y auditorios. Y desde el inicio del concierto quedó claro que ésta no fue una declaración vana, dado que se buscó aprovechar al máximo todos los recursos escénicos, tanto visuales como sonoros, de este tipo de escenarios. Y el Auditori de Girona, a menudo tildado de ser una plaza un tanto fría, rugió con entusiasmo y como pocas veces a la entrada de los cinco músicos que integran la formación actual (el mentado Carabén, Marc Lloret a los teclados, Dani Vega a la guitarra y Alfons Serra a la batería).

La presentación de los nuevos temas se hizo de rogar, y hasta la sexta canción no se abrió la caja de L’amor feliç; no obstante, el primer bloque sirvió para lucir composiciones ya clásicas de Mishima con vestidos totalmente distintos a los habituales. Así La forma d’un sentit, Una cara bonica o la citada Guspira, estel o carícia sonaron con mayor cuerpo gracias al empuje eléctrico y musculoso de la guitarra de Vega, y siguiendo la sonoridad brillante y puntiaguda de la que Paco Loco ha impregnado el nuevo disco de la banda. 

La propuesta de repertorio optó por no mezclar en exceso los temas de estreno y los antiguos, y afrontar la presentación en sociedad de L’amor feliç en bloque. Precisamente, tras acometer Els crits (probablemente, la composición más sobresaliente del reciente trabajo), Carabén se dirigió al público preguntando qué opinión les merecían las nuevas piezas. Poco antes, había pedido que se abrieran las luces para contemplar “el precioso auditorio”, y la audiencia que lo abarrotaba hasta los palcos superiores.

Se abría en ese momento un paréntesis lleno de la honda gravedad característica de los Mishima más existencialistas. Así fue como dotaron Deixa créixer l’estrany de arreglos de sonoridades western, y a L’ombra feixuga de una pálida tristeza, bañada de gotas de lluvia percutidas a seis manos al teclado. Como sólo lo hacen los grandes, como Los Planetas, sus composiciones cantan al oído y remueven algo íntimo: aunque se escuchen por primera vez parece que formen parte de nosotros desde hace largo tiempo. La voz de Carabén en Ningú m’espera, la declaración de amor y de principios que cierra L’amor feliç¸se resquebraja justo cuando se nos rompería a nosotros si fuéramos capaces de escribir algo tan hermoso y desgarrado como “he menjat foc, he begut pluja, només de sentir-te dir que no” (“he comido fuego, he bebido lluvia, sólo con escucharte decir que no”). Y sentirlo en directo es, extrañamente, tan doloroso como curativo.

Pero los catalanes también saben hacer algo más, que es bascular entre “seny i rauxa”, entre lo humano y lo divino, y pasar con facilidad de la oscuridad a la aparente ligereza de temas como Ossos dins d’una caixa: .Con ese Tiziano crápula, que “es follava tot el que podia”, se encaraba una recta final que invitaba a la comunión; con guitarras surferas, de ecos “à la” Beach Boys, el tradicionalmente encorsetado Auditori se puso en pie con Miquel a l’accés 14, Qui n’ha begut y La última ressaca, single de presentación del nuevo trabajo.

A partir de ahí, la apoteosis festiva: es un repertorio al alcance de pocos el que puede permitirse un final con La tarda esclata y Tot torna a començar. Ahí aulló Carabén y aulló el público, que no dejó de hacerlo ni cuando la banda dejó el escenario. Los bises arrancarían con el homenajeado en el título de L’amor feliç, Georges Brassens (¿quién hubiera dicho que la muchachada indie terminaría cantando una versión del chansonnier?), con otro potente solo de Vega en la línea de vibrante electricidad que caracterizó las guitarras de la noche. Y como los coros “arcadefirescos” de No obeir lo ponen  fácil y se prestan a la libre repetición, el público continuó cantando hasta que Mishima volvieron a salir para cerrar definitivamente la noche al ritmo de los coros sesenteros, burlones y autoparódicos de El camí més llarg

Fueron ellos quienes cantaron que “qui n’ha begut, en tindrà set tota la vida” (“quien ha bebido, tendrá sed toda la vida”). Seguramente hablaban del amor al escribirlo, pero esa noche la avidez que el público sentía era la de volverles a escuchar en directo. Afortunadamente, sabemos que la del sábado no será la última resaca: a partir de ahora tendremos multitud de nuevas veladas en las que dejarnos acariciar gaznate y alma, gota a gota y canción a canción. 

 

Foto: AnioL Resclosa 



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