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Ley de VIDA: Lo pequeño se hace grande

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El Vida es un festival que triunfa porque la letra pequeña es lo más destacable del cartel. Eso es lo que debería seguir cuidando, además de reforzar los cabezas de cartel, sin excesivo postín pero si con la suficiente capacidad de convicción. Al éxito también le ayuda el entorno ideal. Pese a que el espacio se vea cada vez más lleno y empiece a dar señales de masificación

Con el paso de los años uno se da cuenta de su capacidad cada vez más limitada para estar en todas los lugares donde uno quiere estar. Aún no carecemos del don de la ubicuidad, mal que nos pese. Desgraciadamente tenemos que elegir y eso impide verlo todo. Y en el caso de un festival, ver las propuestas que nos llaman la atención por su diversidad y su contraste. Elegir entre lo que se solapa, entre cenar o pedir una bebida o tomar posiciones en un escenario. Y eso pese a que el Vida festival no es un festival donde todos los grupos coinciden a la misma hora, como ocurre en otros festivales. Pero igualmente la medida para ver que un festival ha crecido es la coincidencia de actuaciones, y el enorme trasiego de público. El Vida ha crecido y en su cuarta edición se ha hecho mayor.

El mérito de un festival pequeño está en elegir el cartel. Y el Vida, acierta de pleno en los nombres pequeños. No tanto en los cabezas de cartel que acaban siendo un plato necesario pero sin el empaque rompedor que nos gustaría a muchos. Y todo eso pese a que gustaron Fleet Foxes y sobre todo Devendra Banhart, especialmente para el que esto escribe porque era la primera vez que le veía, pese a que su rollo hippie y happy agrada, pero sus largos discursos pueden llegar a saturar. The Flaming Lips, sorprenden al que les ve por primera vez pero no nos engañemos ofrecen más espectáculo que música: Wayne Coyne sigue con sus numeritos con muñecos gigantes o montado en un unicornio, y su interacción con el público dentro de una enorme pelota transparente cantando el “Space Oddity” de Bowie. Eso sí dejan un poso de buen rollismo acabando con esas letras gigantes anunciando el LOVE y rematando con una de sus grandes canciones “Do you realize?”. Phoenix ofrecieron más de lo mismo, con saber hacer pero sin salirse de sus cánones más previsibles (sonaron el singles “J-Boy”, y las clásicas “Listzomania” y “1901”). En los escenarios nos gustaron bandas en segunda línea pero con mucha calidad, especialmente Real Estate y Dr. Dog. Que practican un pop enérgico y vitalista. Y presentaban respectivamente nuevos discos ambos de 2017, el logrado ‘In Mind’ y ‘Abandoned Mansion’. Las chicas de Warpaint me decepcionaron un poco, quizás porque iba con más expectativas, y eso pese a tener actitud pero en disco sus canciones me resultan más robustas. No me llegaban. Me faltó algo, y no sé muy bien el qué. Jagwar Ma animaron pero nos parecieron lineales, esos graves al máximo petaban, pese a un vocalista resuelto y unos ritmos y melodías por momentos bordadas. Luego está el momento de animar a las huestes con los djs del final, Erol Alkan, John Talabot y The Magician, que mantienen la fiesta hasta el amanecer.

El Vida festival ha ampliado la horquilla, más allá del folk-rock-indie clásico para introducirse en el electropop (Chico y Chica, La Casa Azul), en el tropicalismo (Zulu Zulu), el jazz-funk, el funk electrónico (Tversky), el garage (Favx), el punk (Las Odio), el blues-rock (Guadalupe Plata), el rock-funk (Fumaça Preta) o incluso abrazar la psicodelia y el post rock (My Expansive Awareness) y la electrónica oscura (Anímic). Faltan géneros, sí, pero es una buena muestra de pluralidad sonora. Eso es el punto fuerte del Vida. Y deberían seguir cuidándolo. Al final mucha gente me han dicho que les gustaría comprar el abono de El Vaixell, La Cova y La Cabana, en referencia a los nombres de los escenarios pequeños. Muestra de que una parte del público degusta al máximo las propuestas de esos escenarios.

Variedad musical, sumada al plus de contar con un entorno tan agradable y acogedor como la Masia d’en Cabanyes, con los dos escenarios principales en una explanada. Y al lado de un pequeño bosque con tres escenarios satélites. Más un aledaño escenario de djs. Un público mayoritario ubicado en la franja de la mediana edad, los 30 y los 40, como si de los nuevos 20 se tratara. Sorprende el atractivo y las actividades dirigidas a niños, por eso es notable la presencia de público con niños, y también el número de gente joven y de extranjeros. Originando una amalgama de públicos muy variopinta.

En lo musical, pudimos ver múltiples pinceladas con buena técnica y mucho colorido. Otro punto a favor del festival es que cuida con mucho mimo la rica escena local: la escena catalana es prolífica y bien avenida, y está muy bien representada en el Vida. Desde los grandes nombres (Mishima, Enric Montefusco, Miqui Puig), los que ya llevan carrera (Pau Vallvé, Anímic, La Iaia) o los que van creando escuela (Rosalía y Raül Refree, Les Sueques, Las Bistecs, y los colindantes (valencianos como Senior, Gener o Tórtel, o los mallorquines Joan Miquel Oliver y Zulu Zulu). Aportaron mucha riqueza. A nosotros nos entusiasmaron entre otras actuaciones, Anímic y no entendemos que no estén en más festivales, flipamos con Guadalupe Plata, nos gustaron mucho Los Punsetes, nos reímos con el directo de Las Bistecs, estuvo genial Pau Vallvé con homenaje incluido a Pink Floyd en “Nem fent i endavant”, la sutileza de Marem Ladson, el pop reivindicativo de Lídia Damunt, el tono aflamencado de Rosalía o el tropicalismo de Zulu Zulu.

Parcels sin proponer nada nuevo agradan con un pop electrónico muy fresco y muy bailable. Triunfaron la noche del jueves y el sábado a mediodía en La Daurada Beach Club. También lo hizo el dúo barcelonés Tversky con una propuesta heredera de St. Germain pero actualizada, jazz funk electrónico (mucha base grabada, teclados con saxo alto y flauta travesera en directo), y con un directo muy potente. Bigott gustó mucho, presentando sus temas nuevos de ‘My friends are dead’ (2016), y con una estupenda versión del “10:15 Satuday Night” de los Cure y rematando su concierto con “Cannibal Dinner” con el público coreando entre ‘ooohs y ooohs’. Esos conciertos de día dan la vida.

El cierre fue en La Daurada en ‘petit comité’ con el concierto sorpresa de Josh Rouse, con un cancionero exultante. Y el remate final de Miqui Puig espléndido, repasando su carrera en solitario y presentando ‘Escuela de capataces’ (2017): demostrando su estilo propio y su eclecticismo dentro del pop. Puesta de sol incluida. Y luego sesión dj para cierre con música negra y clásicos incontestables de Gloria Gaynor, Lipps & Inc., Kool & The Gang y también France Gall o el “Mais que Nada” de Sergio Mendes. Un colofón en pequeña escala ideal para un festival que gana en los detalles, y que creció a partir del Faraday como ilustre faro que iluminó el camino.

Foto: Mika Kirsi

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