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Junior Boys, Penelope, Madrid (21-12-2011)

Autor: | @indienauta

juniorboysmadrid El techno-pop es un estilo al que me suelo acercar casi con miedo cuando se trata de evaluarlo en directo. Porque la traslación al 'live' a veces deriva hacia dos extremos: antológico o ruborizante. En el caso del primer concierto en Madrid de los canadienses Junior Boys, entre la aristocracia de la electrónica de etiqueta y cuello alto, tenía casi pavor. Afortunadamente para ellos, lograron salir sin magulladuras. Pero tampoco con nota.


Las comparaciones Junior Boys-Pet Shop Boys siempre revolotean pero hay una diferencia de base. Los chicos de la tienda de mascotas cimentaron su fama como una máquina de parir hits de impacto directo, directos a la glotis. Junior Boys, los supuestos herederos, son más sotisficados, más de sofá mientras descorchas una botellita de vino (del bueno) para el ligue de turno. Y eso se pierde en su directo. Las pinceladas con matices dan paso a la brocha gorda, coronada con una paupérrima puesta en escena (especialmente el look pachanguero -por decir algo- de Jeremy Greenspan) que no pega ni con cola con la pulcritud musical del grupo en el estudio. Aún más. Los sutiles juegos minimalistas de Matt Didemus con el sintetizador se fueron al limbo en la Sala Penélope, un templo del sonido saturado. Y es que donde grupos como Cut Copy saben salir airosos de la doble pirueta del directo, los esfuerzos de Junior Boys por ser más ‘fiesteros’ no cuelan pese al buen hacer a los platillos de Dave Foster, el responsable de la batería en las giras.

En una Penélope con inexplicablemente tres cuartos de entrada, el dúo de Ontario cerró en la capital española una minigira europea de seis semanas para presentar su cuarto álbum, ‘It’s all True’ (Domino, 2011). Para abrir boca arrancaron con uno de sus temas fetiche, Parallel Lines. Las melosamente elegantes cuerdas vocales de Jeremy Greenspan, casi susurrantes, empezaban a seducir pero llegó la primera mala señal. Su micrófono decidió tomarse unas vacaciones y tuvo que buscar otro. Tres canciones más tarde, Greenspan bendeciría con un elocuente 'Fuck!' el descubrimiento de que tenía un pedal desenchufado. Didemus también se peleó con su sintetizador en varios momentos. Pese a esos condicionantes técnicos, hubo momentos a rescatar. De las nuevas canciones, sonó vigorosa aunque sin excesos Teach me how to fight, levemente funky You’ll improve me y algo sosa la divertida A Truly Happy Ending. Pero donde realmente llegaron los momentos brillantes fue con el material antiguo: Bellona, Work, la gélida Double Shadow y la nunca suficientemente ponderada In the Mourning. El ‘a, b y c’ de cómo gestar electrónica de quilates. Toda poderosa y sutil. El cierre sobrevino con Banana Ripple, el más claro hit de su último trabajo.  Diez minutos que dejaron la sala entregada a un Greenspan entonando infinitamente el “No you’ll never see me go” final. Una remontada para salvar los muebles y dejar claro a los que intentan compararles que Pet Shop Boys solo hay (y habrá) unos…

Fotos: Carlos Forjanes

 

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