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Gregory Porter, Teatro Nuevo Alcalá, Madrid (14/09/2015)

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El elogio de lo orgánico

El concierto que ofreció en Madrid Gregory Porter fue sublime, pura magia musical. Una de esas veladas memorables, en las que la música te transporta, te hace viajar.  Todo sucedió en un lugar idóneo como el Teatro Nuevo Alcalá (su anterior vista a Madrid fue en Clamores, un sala más cercana y con mucha solera), donde el jazz se encuentra a sus anchas.

Porter es un vocalista excepcional. Maneja su voz a sus anchas, con esa profundidad, llegando a los rincones más inaccesibles, y haciendo cualquier tipo de modulación sin despeinarse. Su jazz vocal es de alto vuelo, de gran calidad. Y luego tiene presencia, con buen porte y altura, con ese gorro inconfundible que le aporta la magia y la sencillez de un niño, muestra sentido del humor, transmite gratitud y alegría. Y todo eso es un ingrediente de lujo que fortalece y hace más creíble sus canciones.

Basó su concierto en ‘Liquid Spirit’ (2014), aunque hubo guiños a sus discos ‘Be Good’ (2012) o ‘Water’ (2010). Solos ‘a capella’. Canciones de amor y de desamor, todo cargado de energía, de humanidad, de buen hacer. Delicias como “No Love Dying”, “1960 What?”, “Painted On Canvas”, “Pretty”, “Musical Genocide” o “Wolfcry” entre otras.

Menudo cuarteto que lleva (piano, contrabajo, saxo y batería), un combo de virtuosos: con esos guiños graciosos del piano a la BSO de “Star Wars” o al riff del “Smoke On The Water, un contrabajista y un baterista soberbios y un pedazo saxofonista, que se iba a lo libre y crecía y crecía en sus solos, jugando con escalas, exprimiéndolas al máximo, rompiendo moldes cual Ornette Coleman.

Fue un concierto de casi hora y media, pero ya se sabe que lo bueno si breve dos veces bueno. Los bises se ganaron el broche, con ese “Quizás quizás quizás” o el final con “Free” abandonando cada músico el escenario por orden. Una lección magistral del poder de lo orgánico y de la grandeza del jazz.

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